POR FRANCESC JOSÉ GÓMEZ NÚÑEZ, CRONISTA OFICIAL DE PLASENZUELA (CÁCERES).
Aquí no encontrarás colosales catedrales góticas ni fastuosos palacios renacentistas. La joya local es la Iglesia de San Andrés Apóstol, un edificio barroco del XVII cuya sobriedad exterior esconde un retablo mayor del XVIII que brilla con columnas salomónicas como si fueran un guiño barroco a la teatralidad de Bernini. Y, sin embargo, lo más cautivador no está entre muros sagrados, sino en las calles: fachadas blancas, portadas de granito, techos que conservan el sello mudéjar y restos de molinos que aún murmuran historias junto al arroyo de Santa Ana.
Siguiendo mi periplo por los lugares que por mi labor periodística he visitado, encontré un pueblo a tan solo 45 kilómetros de Cáceres y acunado entre las estribaciones de la Sierra de Montánchez, llamado Valdemorales. Un pueblo diminuto en el mapa -apenas 9,9 kilómetros cuadrados de extensión y poco más de doscientos habitantes- un pueblo que encarna la esencia de la Extremadura más auténtica. Su nombre evoca un pasado frondoso, un «valle de los morales», aunque su apodo y el gentilicio de sus gentes, «corcheros», revelan su verdadera alma, forjada en el arduo y ancestral oficio de la saca del corcho. A primera vista, Valdemorales se presenta como un remanso de paz, un caserío de arquitectura tradicional que desciende por la ladera de un valle sereno, casi oculto a los ojos del viajero apresurado. Sin embargo, esta quietud es el velo de una historia densa y una identidad cultural resiliente. Aquí el tiempo no corre, transita despacio, como las ovejas que durante siglos atravesaron este corredor natural.
Subir al cerro de El Castilijillo es como hojear una enciclopedia escrita en piedra, se trata de un castro o recinto fortificado situado en un cerro a unos 500 metros de altitud, al oeste del término municipal. Su importancia radica en su larguísima secuencia de ocupación, con restos que se remontan a la Edad del Bronce.
Enclave estratégico
Este enclave estratégico no fue abandonado, sino reutilizado a lo largo de los siglos. Sobre las antiguas fortificaciones prerromanas se construyó posteriormente un castillo medieval, lo que demuestra su valor defensivo y de control del territorio a través de diferentes épocas. Finalmente, este castillo fue demolido en el siglo XV. El Castilijillo también conserva vestigios de asentamientos árabes, como los restos de dos aljibes, sirviendo de puente entre la prehistoria y el periodo andalusí que dejo su huella más seductora. Basta entrar en una de sus casas para descubrir esas bóvedas de ladrillo visto, tan humildes como hermosas, que convierten a una bodega en una pequeña catedral doméstica. Una arquitectura nacida del mestizaje que convierte al pueblo en un museo habitable, sin taquilla ni horarios.
Valdemorales siempre fue eso: un cruce de caminos, un punto de paso. Antes lo transitaban mercaderes y rebaños de la Mesta; hoy lo surcan parapentes de colores que planean desde Cancho Blanco. Un cambio pintoresco: donde antes sonaban cencerros, ahora flotan alas de nylon. La topografía sigue siendo la misma, pero el uso ha pasado de la subsistencia al ocio. Ironías de la historia.
Aquí no encontrarás colosales catedrales góticas ni fastuosos palacios renacentistas. La joya local es la Iglesia de San Andrés Apóstol, un edificio barroco del XVII cuya sobriedad exterior esconde un retablo mayor del XVIII que brilla con columnas salomónicas como si fueran un guiño barroco a la teatralidad de Bernini. Y, sin embargo, lo más cautivador no está entre muros sagrados, sino en las calles: fachadas blancas, portadas de granito, techos que conservan el sello mudéjar y restos de molinos que aún murmuran historias junto al arroyo de Santa Ana.
El sabor de la cocina
Si la historia aquí se mastica en las piedras, la cultura se saborea en la cocina. Pocos platos hablan con tanta franqueza como la sopa de muñuelillos, que convierte unos humildes buñuelos fritos en manjar de identidad. O el caldo de poleo, una reliquia gastronómica que recuerda que hubo un tiempo en que el tomate aún no había conquistado la península.
Y claro, Extremadura sin migas es como Roma sin ruinas: imposible. Aquí se sirven con torreznos, contundentes, orgullosas de su origen pastoril. El cerdo ibérico, por su parte, no es solo alimento: es religión con denominación de origen. Y como todo culto necesita un rito dulce, en Valdemorales ese papel lo juega el piñonate, masa frita y miel que los vecinos preparan juntos en las fiestas. Un postre que sabe a comunidad, a manos que trabajan unidas, a tradición compartida.
El calendario de Valdemorales es un espejo de su alma. Octubre estalla en devoción con las fiestas en honor a la Virgen del Rosario, donde procesiones, verbenas y la subasta del piñonate demuestran que aquí la alegría es un asunto colectivo. Agosto, en cambio, se reserva para la Fiesta del Corcherito, que rinde homenaje al oficio que define a sus gentes: extraer corcho y que se celebraba a la vuelta de los corcheros al pueblo. Y entre medias, romerías, semanas culturales y celebraciones que, más que espectáculos, son recordatorios de que la vida en comunidad sigue siendo posible.
Un convite
El paisaje de Valdemorales es un convite para quienes prefieren el polvo del camino a la pantalla del móvil. Senderistas y ciclistas encuentran rutas como la de los Cinco Términos, 25 kilómetros de dehesas que parecen diseñadas por un pintor obsesionado con el verde y el oro. Y para los más atrevidos, el cielo: parapentes que planean sobre el valle como bandadas de aves improvisadas, pintando de color un horizonte que invita a mirar hacia arriba.
Además de su propio encanto, Valdemorales es una base ideal para explorar la comarca. Muy cerca esperan el castillo de Montánchez, los higos de Almoharín, los quesos de Valdefuentes y el jamón ibérico más famoso de Extremadura. La riqueza natural de la dehesa completa el cuadro: cigüeñas negras, buitres leonados y aves esteparias sobrevuelan los campos.
Valdemorales es un espejo de la España rural: pequeño en cifras, enorme en dignidad. Sufrió guerras, exilio de sus gentes y la amputación de su oficio tradicional. Y, sin embargo, como el alcornoque al que se le arranca la corteza, regenera su piel y sigue en pie. En tiempos de destinos marcados por lo que subimos a las redes sociales, Valdemorales ofrece otra cosa: autenticidad sin maquillaje. Es el lugar al que se viene a escuchar el silencio, a palpar la historia en las paredes de una bodega, a saborear un caldo con nombre antiguo. No pretende impresionar, y quizá por eso lo logra. Como los corcheros que dan forma a la corteza sin dañar el árbol, el pueblo enseña que la modernidad no está reñida con la raíz. Quien busca en Valdemorales un monumento colosal se irá decepcionado. Quien busca un pedazo de autenticidad, quedará encantado.
