POR GOVERT WESTERVELD, CRONISTA OFICIAL DE BLANCA (MURCIA)
Este poema, titulado “Algarrobo”, se presenta como un himno aparentemente simple a una especie de árbol concreta. Sin embargo, al examinarlo con detenimiento, se despliega un texto complejo y estratificado que funciona como un cruce de culturas, disciplinas y épocas. Es un tratado botánico, una reflexión histórica, una meditación filosófica y un homenaje poético, fusionados en un todo coherente. El lector es invitado no solo a contemplar las propiedades físicas de la Ceratonia siliqua, sino también a escuchar las resonancias más profundas que este árbol evoca en la mente del autor y, por extensión, en una memoria cultural compartida.
La elección del algarrobo como motivo central no es en absoluto casual. Este árbol, profundamente arraigado en el Mediterráneo, constituye un vínculo vivo con el paisaje de Murcia y la época de esplendor de al-Ándalus. El poema emplea este árbol como un arquetipo, un portador simbólico de valores que son tanto atemporales como actuales. Las descripciones de su “poder inquebrantable”, sus “raíces profundas en la tierra” y su papel como “protectora en la adversidad” trascienden lo meramente botánico. Evocan una sensación de permanencia y resiliencia, cualidades que resuenan con la profundidad histórica de la región. El árbol se convierte en testigo silencioso de la historia, un ser que ha soportado los ciclos de civilizaciones —florecimiento, decadencia y transformación— al igual que los paisajes de Andalucía muestran las huellas de culturas sucesivas.
La influencia de la poesía árabe medieval, especialmente de maestros como Ibn Zaydūn e Ibn Khafaja, está profundamente entretejida en la estructura y la imaginería del poema. Esta tradición, en la que la naturaleza no es mera decoración sino un participante activo, casi humano, en la experiencia emocional y espiritual, encuentra un eco directo en la personificación del árbol. Este se convierte en “una gran amiga”, “fuente de consuelo”, una entidad con la que es posible dialogar. La comparación de los frutos maduros con “collares de oro” es una imagen que podría provenir directamente de la poesía árabe clásica, donde la descripción (waṣf) de la naturaleza suele estar cargada de intensidad sensual y emocional. Esta intertextualidad crea un palimpsesto rico: un poema neerlandés que adopta y asimila el alma y las convenciones de otra tradición literaria, generando una fusión cultural única.
Al mismo tiempo, el poema está impregnado de una precisión estricta, casi científica, heredada del trasfondo en horticultura, arquitectura del paisaje y fitoquímica. Las primeras estrofas se leen como un catálogo botánico, donde la taxonomía (“Ceratonia, primer nombre, / siliqua: dos”), la morfología (“llega incluso a los quince metros de altura”) y la reproducción (“conocido por su fertilidad”) se presentan con exactitud. Esta objetividad forma un contraste fascinante con las estrofas líricas y metafóricas que siguen. Es como si el autor primero quisiera establecer la realidad factual del árbol para luego adentrarse en el ámbito de la simbología y la emoción. Esta dualidad —entre lo empírico y lo místico, lo concreto y lo alegórico— constituye una de las líneas de fuerza del poema.
Esta mirada científica se prolonga en la extensa y casi enciclopédica enumeración de los usos prácticos del árbol (estrofas 13-24). El poema se dedica a los usos culinarios, agrícolas y farmacológicos con la dedicación de un monje que copia un manuscrito medieval de plantas medicinales. Este pasaje es mucho más que una digresión informativa; es una celebración de la relación simbiótica entre el ser humano y la naturaleza. El árbol no solo es admirado por su belleza abstracta, sino también por su utilidad esencial. Proporciona alimento (“bocado dulce”), beneficio económico (“más barato, útil en apuros”), transporte (“alimento importante para los burros”) y sanación (“contra la diarrea”, “úlceras estomacales”, “conjuntivitis”). En esta visión, la belleza está inseparablemente ligada a la funcionalidad y a la compasión. El árbol es un “símbolo / de fuerza, cuidado y esperanza” precisamente porque efectivamente provee cuidado y ofrece esperanza.
Esta sabiduría práctica se funde de manera natural con una capa filosófica más profunda. El poema introduce el tema central de la transformación, operando en múltiples niveles. En primer lugar, existe la transformación física del fruto: de la “amargura” a la “dulzura”, un proceso que “requiere tiempo” y “paciencia” (estrofa 6). Este proceso natural se convierte en metáfora de la existencia humana, del crecimiento interior necesario para transformar la amargura de la vida —simbolizada por “mucho dolor por la diosa del amor, / separación”— en algo rico y dulce. El poema no predica una redención inmediata, sino que enfatiza el valor de la lentitud y la reflexión: “reflexión imprescindible”, “Paciencia: colgar los platos”. El propio árbol encarna esta paciencia; su lento crecimiento y profundas raíces son condiciones para su fuerza y estabilidad.
Las estrofas finales consolidan estos significados en un conjunto completo. El árbol es “el verdadero refugio”, un lugar donde el alma encuentra descanso al “ver sus frutos”. Aquí resuena la experiencia del arquitecto paisajista: la conciencia de que un espacio cuidadosamente diseñado —un jardín— puede tener un efecto curativo y tranquilizador sobre la mente humana. Es un refugio donde “el tiempo y la paciencia olvidan el dolor”.
Finalmente, el poema funciona como un microcosmos de la biografía intelectual de su autor. Une la pasión por el lenguaje y la traducción, la rigurosidad científica de la botánica, el conocimiento práctico de la arquitectura del paisaje, la experiencia química de los extractos vegetales y la reflexión filosófica de quien juega a las damas, para quien una partida de cuatro a seis horas constituye un ejercicio de estrategia, paciencia y pensamiento profundo. Todos estos hilos convergen en la elección de este único tema. El algarrobo se convierte así en el vehículo perfecto para una visión de vida que es de síntesis: de Oriente y Occidente, de arte y ciencia, de utilidad y belleza, de firmeza inquebrantable y cuidado tierno y sanador.
Por lo tanto, el poema no ofrece una conclusión única al lector, sino un espacio de resonancia. Invita a la contemplación del mundo natural no como un decorado pasivo, sino como un maestro activo. Recuerda que conocimiento y belleza, utilidad y espiritualidad, no están separados, sino profundamente entrelazados, tal como las raíces de la Ceratonia siliqua están entrelazadas con la tierra de Murcia y la historia de al-Ándalus. Es un testimonio humilde pero poderoso de cómo un solo elemento de la naturaleza puede convertirse en el lente a través del cual se observa el mundo en toda su complejidad y riqueza.
Foto: Algarrobas
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