POR ANTONIO RAMIRO CHICO, CRONISTA OFICIAL DE LA PUEBLA Y VILLA DE GUADALUPE (CÁCERES)
Introducción: Hace ya algunos días varios vecinos de Guadalupe me preguntaron por una cruz de madera que cuelga desde hace varios siglos de la fachada de la casa, hoy propiedad de los herederos de Agapito Leza Baños y Faustina Enríquez González, situada en el número 26 de la calle Alfonso Moreno Collado, anteriormente denominada Barrero o Barrio de la Barrera del Tejar.
A pesar de haber consultados varias fuentes, tanto manuscritas y bibliográficas, sobre la historia, oficios y cartografía de la Puebla y Villa de Guadalupe, nada se recoge sobre este hecho que forma parte de la espiritualidad de las distintas cofradías o hermandades que desde la Edad Media se instituyeron en la Puebla en torno a su Santuario Nacional (1340) como lugar santo de peregrinación.
En Extremadura las circunstancias de la propia Reconquista condicionaron el desarrollo del propio gremio de los barreros o alfareros, debido en parte al empuje de los almorávides y almohades, verdaderos técnicos en el trabajo del barro. No será hasta la Edad Moderna cuando estos profesionales alcance cierta importancia en el desarrollo de los gremios.
En Guadalupe, dichos trabajadores desde el principio estuvieron bajo la tutela, en primer lugar, del priorato secular y del Patronato Real, instituido por Alfonso XI el 25 de diciembre de 1340. A partir de 1348, tras la concesión del Señorío temporal al prior sobre la Puebla todo el territorio quedará sometido exclusivamente a la autoridad eclesiástica y civil del prior, que será quien regule el funcionamiento de dichos trabajadores, lo que ocurrirá hasta las primeras décadas del siglo XIX.
Barreros, alfareros y olleros.
Todos estos profesionales eran trabajadores del barro, material imprescindible para el importante desarrollo que alcanzó el Santuario de Guadalupe en el siglo XV, su Puebla y granjas de esta empresa innovadora, que tenía regulado todas sus estructuras, como se puede colegir por el Libro de los oficios del Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe:
“Tejar. En este tejar labran quasy IIIIº meses: junio, julio, agosto y septiembre. Son menester aquí syete hombres. Dase a cada uno al mes LXXX maravedíes . Gástanse aquí II mil maravediés. Vale el millar de la teja a CCCXXX maravedíes. Sale el çiento a XXXIII e el X a III maravedíes i III dineros. Vale el millar de ladrillo a CCCCXL maravedíes, sale el C a XLIIIIº maravedíes, la dozena a IIIIº maravedíes e IIIIº dineros, II mil maravedíes”[1].
“Junio; 1. “Aquí se provea el tejar de gente para traer la teja”.
Fray Esteban de Horche narra también en su obra: Instrucción de un Passagero para no errar el camino la necesidad que tenía el Padre Mayordomo de poner todo su infjujo, para que todos los veranos se haga abundantemente: Teja y ladrillo, y que se haga bien, porque suele salir comúnmente por falta de cuidado unas veces crudo y otras por dar el fuego de prisa y arrebatadamente, quemada y derretida la obra, porque se necesita de que echen más tiempo que lo ordinario al darle fuego y dándosele al principio con mucho tiento, y con poca leñas y se ha de procurar que haya dos tendedores de tejas, porque no falten los dos hornos cada semana y desde luego ha de poner gran cuidado, en que de ninguna manera se venda uno, ni otro, porque de todo se necesita para el gasto de Casa y para la del Arca, que son muchas y todo esto es necesario para ocupar la gente y por falta de esta prevención suele faltar los materiales a la mitad del invierno·.
Barreros, eran los encargados de extraer el barro y de fabricar las tejas y los ladrillos, elementos imprescindible para la construcción del Real Monasterio, la Puebla y sus respectivas granjas. Alfareros, trabajaban el barro ayudados por el torno haciendo utensilios de cerámica y los famosos atanores vidriados, que desde el siglo XIV utilizaron en grandes cantidades para la cañería y conducción del agua a Guadalupe. Olleros, llamados así porque realizaban las ollas o vasijas, bien para el aceite, el vino o la miel. Todos ellos productos de primera necesidad para la vida del monasterio y sus peregrinos.
Hay dos obras que por su importancia y colosal infraestructura son fiel referente del trabajo que desarrollaron los “barreros” en Guadalupe:
La primera: La traída del agua desde el mismo nacimiento del río Guadalupe hasta el monasterio, realizada durante el priorato secular(1350_1367), en tiempo de Toribio Fernández de Mena-, en cuyos veinte mil pies se gastaron más de 30.000 doblas de oro.
La segunda: La construcción del Claustro Mudéjar con su singular templete, obra de Fray Juan de Sevilla. Levantado el claustro sobre la antigua Plaza de Armas, ocupa una superficie de 1680 metros cuadrados y su construcción se llevó a cabo durante el priorato jerónimo de fray Fernando Yáñez de Figueroa (1389_1410), en el que se utilizó principalmente ladrillo aplantillado y barro crudo, con mortero de cal.
El tejar
El Monasterio poseía un Tejar a las afueras de la Puebla, en el barrio de Arriba, al final de la barrera del Tejar, por debajo de la calle Matorral y por encima del actual centro de ASDIVI, en medio de dos huertas que poseía el Monasterio en aquella época, tal como recoge nuestro paisano José Antonio Jorge en el interesante mapa que elaboró de la Puebla de Santa María de Guadalupe para el siglo XVI, publicado en el anexo del libro El Arca del Agua, de fray Hipólito Ámez Prieto.
Enfrente de la puerta de entrada al tejar había dos hornos de teja y ladrillo[2], que se utilizaban para cocer dichos materiales de construcción, que junto con el horno de cal del Mato estaban principalmente destinado para cubrir las necesidades materiales de sus edificios, como los demás ingenios artesanales, estaban grabados con los censos perpetuos, por lo que su rentabilidad era muy alta, superior incluso, a la que producían los propios molinos del monasterio.
Solamente los hornos de teja estaban valorados en 2.000 reales anuales, a los que se debe sumar los 2,200 reales del honor de cal. Tanto en uno como en otro existían una serie de estructuras que se completaban con un número de edificios añadidos: 5 casas eran necesaria para almacenar el producto y las cuadrillas de trabajadores que se encargaban de los hornos, moraban cerca del lugar de la fabricación, principalmente en la barrera del Tejar.
La arcilla, según nos ilustra Jose-Carlos Salcedo Hernández en su tesis doctoral Urbanismo y Arquitectura de la Puebla de Guadalupe se obtenía de zonas arcillosa de los rellenos terciarios de derrubio de ladera dentro de su propio término. La arcilla de mayor calidad era la que se utilizaba para la formación de ladrillos, tejas y caños, previa cocción en sus respectivos hornos.
Los ladrillos fabricados en Guadalupe tenían un formato mayor a los ladrillos actuales (36 x 16 x 5 cms). También se fabricaban baldosas y azulejos, de formato cuadrado entre 2,5 y 3 cms, que por su bajo grado de cocción se empleaban siempre para interiores.
FUENTE: https://cronistasdeguadalupe.blogspot.com/2025/08/la-cruz-de-los-barreros.html?m=1
