POR ANTONIO BOTÍAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
El presidente Hernández Ros impulsó sin éxito una granja en el Mar Menor para criar los sabrosos crustáceo.
La noticia hizo relamerse a muchos lectores de LA VERDAD, algunos disfrutando del verano a pie de playa, aquél domingo 20 de junio de 1982. «En diciembre, langostinos murcianos de granja», rezaba el titular. Además, serían los primeros que se criaran en toda España. La idea era cultivar la variedad local, cuyos progenitores se capturarían en Guardamar, y otra de Corea, con el fin de comparar resultados.
La granja, ubicada en el Mar Menor, tendría piscinas de cemento, con una superficie de cinco mil metros cuadrados. El diario anunciaba la participación del Instituto Español de Oceanografía. Y hasta ilustraban su noticia con una curiosa fotografía: un gallinero situado sobre una piscina. «Los excrementos de los inquilinos de arriba sirven de alimento a los de abajo», sentenciaba el rotativo.
Pero, ¿de dónde surgió tan estrambótica propuesta? De la mano del presidente socialista preautonómico Andrés Hernández Ros. El entonces Consejo Regional de Murcia, germen del actual Gobierno Regional, decidió unir a inversores filipinos y españoles para comercializar langostinos frescos criados en solares propiedad del Estado.
Para ello, el Consejo creó la empresa Muraqua, cuyo 50% estaba suscrito por Iberaqua, firma de la familia filipina Ramírez Ortigas, líderes en la crianza de tan sabroso crustáceo. De entrada, trincaban 20 millones de pesetas en concepto de «coste de la tecnología». Y otros veinte que se llevarían más tarde.
