POR LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN, CRONISTA OFICIAL DE CARTAGENA (MURCIA).

Las encañizadas del Mar Menor son una de esas ingenierías humildes que resumen mejor que cualquier tratado la relación del hombre con el mar. Laberintos de cañas y estacas clavadas en las golas que comunican la laguna con el Mediterráneo, un ingenio que permite a los peces entrar y ya no salir, conducidos por la corriente hasta el corral final donde los pescadores los capturan con calma, paciencia y oficio. No hay motores ni redes arrasando, solo la sabiduría transmitida de generación en generación que aprovecha los ritmos de la naturaleza. Y no hablamos de una moda medieval: en el entorno de Cartagena, desde los fenicios e íberos que instalaron sus factorías de salazones en nuestras costas hasta los romanos que convirtieron Carthago Nova en potencia pesquera del Mare Nostrum, ya se explotaban estos recursos. La continuidad es asombrosa.
En época andalusí se documenta con claridad el empleo de encañizadas en las bocas de La Manga, y a finales del siglo XV los Reyes Católicos tuvieron que zanjar con provisiones reales los pleitos eternos entre Murcia y Cartagena por el dominio de estas pesquerías. A partir de entonces, arrendamientos, concesiones, cuadrillas y pleitos han acompañado siempre a este arte, porque detrás había riqueza tangible.
En la ribera cartagenera, los pescadores mantenían la tradición: en invierno y primavera tocaba reparar estacas y cañizos, limpiar la gola y preparar la temporada; en verano se vigilaban los pasos y en otoño, cuando el Mar Menor ‘revolica’ y la corriente empuja con fuerza hacia el Mediterráneo, se producía la gran pesca. Doradas plateadas, mújoles, magres, lubinas, lenguado, los mismos peces que desde hace milenios llenan las mesas de Cartagena y sus alrededores. Los cargamentos iban a las lonjas de Lo Pagán o directamente a los mercados de la ciudad, sosteniendo una economía de cercanía y una identidad marinera tan arraigada como la vela latina o los laúdes. No es casual que estas instalaciones fueran objeto de disputas encendidas: eran un recurso de primera necesidad, una ‘fábrica’ natural de proteína fresca, mucho antes de que existiera esa palabra tan moderna de ‘kilómetro cero’.
Cartagena no puede entenderse sin esta doble cara del mar: la del gran arsenal y la del pescador que, con estacas de caña y manos curtidas, sabía domesticar los flujos de agua para atrapar el sustento diario. Las encañizadas representan esa otra Cartagena, popular, callada, pero igualmente decisiva en la historia de la comarca. Hubo cinco en La Manga: El Charco, La Torre, El Ventorrillo, El Estacio y Marchamalo. El desarrollismo turístico de los sesenta y setenta arrinconó a varias de ellas, se dragaron canales y se sacrificó patrimonio en nombre de la navegación y el ladrillo. En los años ochenta llegaron a cerrarse las últimas, pero a finales del siglo XX se impulsó su recuperación. Desde entonces, las dos que hoy permanecen en activo, La Torre y El Ventorrillo, han seguido demostrando que es posible mantener un sistema sostenible, selectivo y de bajo impacto, que captura sobre todo doradas y mújoles en tránsito, sin destrozar nada.
Para la ciudad y la comarca de Cartagena esta artesanía pesquera ha tenido múltiples efectos: Provisión de pescado fresco local para el consumo urbano: los pescadores de La Manga, del litoral cartagenero o de la ribera sur-norte del Mar Menor llevaban su producto a la lonja de Cartagena y sus mercados. Identidad costera: al igual que la vela latina o los laúdes, las encañizadas forman parte de la identidad marinera del Campo de Cartagena. Economía de cercanía: aunque no comparable a la gran industria naval de Cartagena, la pesca tradicional de encañizadas aportó empleo (patrón, cuadrilla, mantenimiento) y permitió una explotación respetuosa con el entorno. Patrimonio vivo: que una técnica tradicional continúe activa en el siglo XXI refuerza el valor turístico-cultural del territorio.
Y justo ahora, cuando el Mar Menor vuelve a ser noticia por el último episodio de eutrofización tras la reciente dana, con la posibilidad de encontrarnos otra vez a miles de peces agonizando en la orilla y aguas convertidas en sopa verde, las encañizadas cobran un valor aún mayor. Son la prueba viva de que existe otra manera de relacionarse con la laguna: aprovechar sus recursos sin aniquilarlos, trabajar con el mar y no contra él, extraer solo lo que el propio ciclo natural ofrece. Mientras algunos empeñan en asfixiarlo con vertidos, urbanismo y negligencia, este arte antiguo recuerda que la sostenibilidad no es un concepto moderno, sino una práctica de siglos.
Las encañizadas son al mismo tiempo arqueología viva, patrimonio industrial y memoria colectiva. Son la huella de un modo de vida que ha atravesado fenicios, romanos, musulmanes y cristianos hasta llegar a nuestros días. No son restos muertos, son patrimonio en funcionamiento. Cartagena, que tanto ha sufrido por su condición de plaza fuerte, puerto militar y frontera de imperios, debería también reclamar la defensa de estas artes como parte de su identidad. Porque en cada dorada de encañizada que llega a un restaurante de la ciudad se esconde una historia milenaria, la de un pueblo que aprendió a leer las mareas y a construir con cañas una trampa perfecta que todavía funciona. Y si queremos que el Mar Menor tenga futuro, quizá la lección está en mirar hacia atrás y entender que el progreso nunca estuvo reñido con el respeto.