DIEZ CALLES LLEVAN LOS NOMBRES DE ARMENTA Y LÓPEZ DESDE EL 31 DE AGOSTO DE 1884
Dic 30 2025

POR LA FEDERACIÓN NACIONAL  DE ASOCIACIONES DE CRONISTAS MEXICANOS.

Este último lunes del año 2025 quiero recordar a dos mártires —o héroes— de la Independencia nacional, considerados precursores del movimiento insurgente en Oaxaca. Estamos a dos días de su aniversario luctuoso: del 31 de diciembre de 1810 al 31 de diciembre de 2025 han transcurrido 215 años de su ejecución en las canteras de Ixcotel. Ese es el motivo por el cual comparto esta crónica de su muerte.

Después de derrotar al intendente Juan Antonio Riaño en la Alhóndiga de Granaditas, el 28 de septiembre de 1810, el cura don Miguel Hidalgo y Costilla —ya excomulgado por el obispo Manuel Abad y Queipo— continuó con el movimiento insurgente. Cuatro días antes de estos hechos, en su carácter de capitán, Hidalgo había concertado una reunión el 15 de octubre en el rancho “El Cacalote”, ubicado en Dolores Hidalgo. Ahí se entrevistó con don Ignacio Allende y don Juan Aldama, segundos al mando, así como con otros dos hombres a quienes otorgó grados militares: José María Armenta, de oficio sastre, de 35 años de edad, casado con María Regina Parra y originario de Puruándiro, Michoacán, entonces obispado de Valladolid; y Miguel López de Lima, de 38 años, arriero de oficio, casado con María Salvadora Díaz, a quien Hidalgo, como capitán general, nombró coronel.

Estos cuatro participaron el 19 de octubre en Valladolid, Michoacán, fecha en la que Hidalgo publicó su decreto aboliendo la esclavitud, para luego marchar con miles de hombres rumbo a la Ciudad de México el día 20.

Armenta y López también fueron testigos del encuentro de Hidalgo con José María Morelos y Pavón en Carácuaro, cuando el 25 de octubre comisionó al sacerdote para “insurreccionar y tomar el puerto de Acapulco”.

El 30 de octubre ambos participaron en la batalla del Cerro de las Cruces, donde Ignacio Allende tuvo un papel relevante al vencer a las fuerzas realistas comandadas por el teniente coronel Torcuato Trujillo.

Resultó inexplicable que Hidalgo no ordenara la toma de la Ciudad de México y, por el contrario, dispusiera el repliegue hacia Querétaro. En ese contexto, Armenta y López recibieron la orden de dirigirse a la ciudad de Antequera, hoy Oaxaca. El 2 de noviembre, Día de Muertos, emprendieron el viaje disfrazados de vendedores de yesca. El 1 de diciembre de 1810 ingresaron a San Juan del Rey (hoy San Juan del Estado), donde hicieron contacto con el guardacamino Francisco Calderón.

En Antequera gobernaba como intendente don José María Lazo Nacarino (1810-1812). A la altura de la Hacienda Blanca, en jurisdicción de Etla, soldados realistas detectaron a dos individuos con vestimenta inusual —propia de los chinacos del Bajío—, montando caballos con riendas de cordobán y espuelas de plata. Las sospechas llevaron a que Armenta, López y Calderón fueran remitidos al exconvento de Santo Domingo, ya convertido en cuartel realista, ocupado entonces apenas por cuatro frailes, pese a sus más de 40 mil metros cuadrados de extensión.

Mientras tanto, en Guadalajara, Hidalgo ordenaba a don Francisco Severo Maldonado publicar el primer número de “El Despertador Americano”, con el fin de explicar las causas de la insurgencia e invitar al pueblo a tomar las armas.

La imprudencia —o el engaño— de Calderón al sincerarse con el intendente fue aprovechada por Lazo Nacarino para conducirlos a la Sala del Crimen, ubicada en el convento del Carmen Alto, donde el 25 de diciembre fueron sentenciados a muerte y ejecutados el 31 de diciembre de 1810, último día de aquel terrible año.

Sobre estos hechos escribieron dos historiadores: el presbítero Antonio Gay Castañeda y don Manuel Martínez Gracida, quienes coinciden en su interpretación. Negado el indulto por el virrey Francisco Javier Venegas, la Audiencia confirmó la sentencia. Armenta y López fueron ahorcados en las canteras de Ixcotel, sus cuerpos descuartizados y enterrados en el campo santo del Carmen Alto, hoy plazuela José Vasconcelos. Sus cabezas fueron colocadas en jaulas de hierro en el camino a Etla. Martínez Gracida relata que Calderón, el tercero implicado, enloqueció tras un año de prisión en la torrecilla del convento de Santo Domingo.

Existen actas de defunción de ambos. La de Miguel López de Lima corresponde al número 545, firmada por el cura semanero Francisco Pérez Perzábal y Segura. La de José María Armenta es la número 546, donde se asienta que, al igual que López, recibió los sacramentos de confirmación, penitencia y eucaristía, lo que indica que fueron confesados y auxiliados espiritualmente por los dominicos.

En el libro “Oaxaca en el centenario”, editado por el gobierno de Emilio Pimentel en 1909 y recopilado por don Andrés Portillo Abascal, se narra este “acontecimiento sensacional”. La aprehensión y el juicio causaron conmoción entre los habitantes de la Nueva Antequera, ya alarmados por el levantamiento de Hidalgo meses antes. Muchos vecinos llevaron ropa y alimentos a los prisioneros; recordemos que Calderón era oaxaqueño y su vida fue perdonada.

El día de la ejecución, los condenados salieron caminando del Carmen Alto hacia las canteras, recorriendo las antiguas calles del Reloj (hoy Cinco de Mayo), de la Constitución, esquina con avenida Juárez, y la calle Pino Suárez, cruzando el río de Jalatlaco por el puente del Camino Nacional. Durante el trayecto fueron acompañados por dominicos —probablemente los seis frailes que aún habitaban el convento— y por una multitud que se unió al cortejo. Hombres y mujeres llevaron incluso a sus hijos para presenciar la ejecución y escuchar la exhortación posterior, dirigida a los padres para que educaran a sus hijos con temor al castigo impuesto a los criminales.

El patíbulo se levantó a unos cientos de metros del panteón de Tepeaca, pues el de San Miguel aún no existía. A corta distancia se encontraba la cantera, sitio preparado para la oratoria, ocupado por el canónigo doctoral don José de San Martín, encargado de dirigirse al pueblo.

Ferviente defensor del rey de España y elegido por recomendación del obispo Antonio Bergosa y Jordán —el mismo que excomulgó a Hidalgo y a Morelos—, San Martín habló extensamente en favor de Fernando VII, a pesar de que desde 1808 el monarca se hallaba prisionero de Napoleón, quien había impuesto en el trono a su hermano José Bonaparte.

Durante su discurso pronunció estas palabras:

“¡Oh vosotros, que ya estáis ante Dios, en la mansión de la verdad y de la eterna justicia! Decidle al pueblo aquí reunido, decidle al mundo entero, si es justa o no la guerra de la Independencia…”.
Tras unos instantes de silencio, un viento helado movió las calaveras expuestas, que parecieron girar y asentir con un gesto afirmativo. El orador, pálido y tembloroso, descendió del estrado y se retiró entre los gritos de espanto del público.

A partir de entonces, el canónigo San Martín cambió de ideas y, cuando Morelos llegó a Oaxaca en noviembre de 1812, fue uno de los que se acercaron a ofrecer sus servicios, al igual que Murguía, Bustamante, Quintana Roo y Manuel Sabino Crespo.

Las calles que llevan su nombre

Son diez las calles que llevan los nombres de Armenta y López desde el 31 de agosto de 1884. Antes se llamaron Primera de San Pablo y luego de la Palma; Segunda de San Agustín; y sucesivamente la Cadena del Credo, la de la Loca, del Cerrojo, de los Fieles, del Afán, mientras que las que cruzaban el periférico carecían de nombre.

Hoy, cuando todo parece estar de cabeza, espero que estos nombres de héroes se conserven y que el Ayuntamiento de nuestra ciudad recuerde a estos primeros mártires de la Independencia en su 215 aniversario luctuoso.

FUENTE:https://imparcialoaxaca.mx/arte-y-cultura/armenta-y-lopez-aniversario-luctuoso/#google_vignette

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