POR AGUSTIN DE LAS HERAS, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIÉLAGOS (MADRID)
Alguna vez he oído que tener buena memoria es una característica apreciable en una persona, pero creo que no es más que una enfermedad cualquiera. Y si además se tiene una memoria eidética mucha parte de ella no es más que una colección de estampas que aún siendo fotos olvidadas hubiera preferido perder y no encontrar. Decía Borges, «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».
Por estas fechas siempre encuentro una estampa en blanco y negro frente al escaparate de una tienda de juguetes. Y sí, me gustaría que ya no estuviera en el álbum o se hubiera difuminado de fuera a dentro o se hubiera cuarteado después de mojarse con tantas lágrimas en muchos inviernos.
Cuando me veo en una fotografía de aquella época, junto a mi madre, no es difícil averiguar lo que teníamos en nuestro pensamiento.
Fui un anciano de cuatro años al que la vida, y quién me la vivía entonces, me hizo madurar.
Sabía que por muchas cartas que escribiera a los reyes magos no alcanzaría ningún deseo, mi esperanza estaba muerta.
Y mi conciencia maltratada me decía que debía callar para que mis amigos pudieran ser niños.
Durante muchos años, cada noche antes de que me absorbieran los mundos oníricos, rezaba a mi manera, pedía, al fin y al cabo, a quién consideraba superior. A quién mi mente romántica creía poseedor de destinos y sobre todo, de cómo vivirlos.
Y eso me llevó a otra estampa. Aquella ya en color donde yacía mi madre en mis brazos. Esa imagen sigue estando en ese pasado. Fue el día que dejé de rezar.
Ahí nació mi yo científico negando lo que mi santo tocayo afirmó «la fe no es más que creer lo que no ves, pero con la certeza de que existe» ¿Creee porque sí? Me costaba.
Pero no pudo con mi lado romántico que afirmó lo que certificaba Kant » La felicidad no brota de la razón, sino de la imaginación»
Y empecé a imaginar.
Sí, aquellos reyes magos me habían negado la infancia, pero un día después de leer un relato, te conocí.
Ya he contado tu vida y cómo te abandonaron como a mí.
Tus compañeros dejaron de pasar por mi vida, sin importarles, como hicieron contigo en el olvido cuando te negaron tu historia en el libro sagrado escrito y te abandonaron en la torre junto al Eúfrates.
Ni el diamante protector de la isla de Méroe te ayudó a llegar al Zigurat de Borsippa ni los otros tres reyes aún siendo menos magos te esperaron para ir juntos a Judea. Preferiste ayudar a un viejo desahuciado por la codicia de los bandidos y a él le entregaste el diamante protector. Y siguiendo las huellas de los que no te quisieron esperar al pie de la torre de altos muros y siete pisos llegaste a Judea. Y sorprendiendo a un esbirro de Herodes a punto de degollar a un niño inocente le ofreciste el rubí de las Sirtes a cambio de su vida. Y por esto te costó ser encerrado en las mazmorras de Jerusalén más de treinta años.
Y absuelto de tu pena en tiempos del juicio del redentor, recuperaste un jade de Chipre que habías escondido antes de ser apresado por los soldados. Y tampoco te dio tiempo de llegar al Gólgota para conocer a aquel al que fuiste a adorar y no encontraste siendo niño, porque en el camino entregaste el jade a cambio de la libertad de la joven que iba a ser subastada por las deudas de su padre.
Y la resurrección del crucificado hizo temblar la tierra y caer los muros…
Y una piedra te golpeó mortalmente separando tu alma de tu cuerpo ¿De verdad hay dios? ¿Existe Dios? me preguntó hace dos años un niño de Valdepiélagos en la escuela, cuando fui a explicarles el Fuero. Debió pensar que una figura con barbas y más de uno noventa debía tener muchas respuestas. Pero aún las sigo buscando.
Por ello a mis sesenta años llevo escribiendo una carta de deseos a mi único rey mago, Artabán.
Vamos allá.
Querido Artabán,
Este año ya sabes que tampoco he sido bueno. No puedo evitarlo. En este mundo de matones y sátrapas, ávidos de poder, sentados en tronos inhumanos al que han llegado por el deseo de multitud de borregos me hacen negar que está sociedad tenga remedio. Hace años me costaba callar ante la estupidez de quienes nunca se pondrán en el lugar de los que llaman enemigos o simplemente piensan distinto. Pero ya simplemente callo y les miro. No entro en conversaciones vagas con mentes ya conquistadas.
Me puse el nombre de hereje antes que lo hicieran ellos. Sí, soy un hereje para la inmensa mayoría.
Y como todos los años, te pido algo no para mi sino para aquellos que me rodean.
Deseo de nuevo que les traigas salud y un sexto sentido que les haga exprimir la felicidad de cada instante sin dejarla escapar y que su sonrisa no sea una fachada inútil sino un espejo de la alegría de su alma…tráeles lo que pidan, total, pedir y desear no tiene ningún coste mientras que no se castigue ningún alma.
Yo además pediré para ellos sentido común.
El tiempo me ha enseñado una vez más que no me pertenece. Y por eso el tiempo no ha de pasar en balde con aquellos seres que merecen la pena. Porque como muchas veces he dicho, no quiero sufrir como hacemos los humanos… no apreciando lo que tenemos… hasta que lo perdemos.
Y tú y yo, ya nos conoceremos a la sombra del Zigurat de Borsippa, ya queda menos, y nos contaremos por qué nos detuvimos tantas veces en nuestros caminos, por qué me alejé a veces de él y te contaré por fin si conseguí vivir, sin ser vivido.
Gracias Artabán por ser el rey de mis sueños…
Y a la gente que me lea les invito a pedir algo en esta carta, con una condición, que sea para alguien y no para ellos.
Este espacio de mi carta es para vosotros…