POR RICARDO GUERRA SANCHO, CRONISTA OFICIAL DE ARÉVALO (ÁVILA).
Estaba yo dando vueltas a nuestra Lugareja, por los deterioros que su cierre están produciendo, según unas fotografías que se cursaron en su día a la Junta, cuando me llego la noticia del ábside de Muriel. Fue una casualidad, como un presentimiento… ¿Podría llegar a esto nuestra Lugareja?
Automáticamente me dije a mí mismo, «no seas agorero»… pero si esto ha ocurrido en un edificio más o menos atendido y restaurado, cómo podría ser con otro que está aislado y dejado de la mano de Dios, o mejor dicho, de la mano del diablo…
La iglesia de Muriel es un precioso ejemplo de arte mudéjar del sur del Duero, nos decían que había colapsado y se derrumbó gran parte del ábside central. La noticia corrió como la pólvora.
Este templo, su cabecera, es uno de los mejores del mudéjar de nuestra comarca amplia. Recuerdo que Muriel es Valladolid, pero históricamente perteneció a la Tierra de Arévalo hasta el tiempo de desaparecer los Sexmos como modo de gobierno comarcal en el s. XIX. Muriel era Tierra de Arévalo, de la Universidad de Villa y Tierra, perteneciente al Sexmo de Sinlabajos, e incluso siguió perteneciendo en la primera demarcación de los Partidos Judiciales de 1822, y con la nueva división de provincias al estilo francés de Javier de Burgos en 1833, se mantuvo prácticamente igual, segregándose definitivamente para Valladolid en 1836.
Sabemos también de la unidad de las comarcas y también de su arquitectura, y por ello, su mudéjar pertenece a un mismo foco comarcal, el nuestro, y por eso por los años 90, cuando estábamos preparando el libro Arévalo y su Tierra, a la luz de ahora, con miradas de siglos, la incluimos y varias veces pasé a ver y fotografiar esta iglesia tan bella, ábsides, arcos formeros, artesonado magnífico, torre almenara exenta… un conjunto extraordinario para un bien de interés cultural. Precisamente porque incluimos una amplia zona y comarca de influencia.
Mi amistad con Ruper, el alcalde de entonces, fui allí repetidas ocasiones para volverla a ver y admirar sus formas elegantes. Me comentaba los planes para su paulatina restauración y eliminación de elementos que ocultaban su estructura mudéjar. Seguí de cerca sus restauraciones, cuando el retablo libró al ábside central para descubrir su belleza primigenia, el que ahora ha caído.
Por muchas circunstancias, amigos, este terrible deterioro de nuestro patrimonio me ha llegado al alma. Y pienso en cuantas iglesias mudéjares de nuestra tierra podrán correr este riesgo… El mudéjar no tiene tirón ni despierta el interés general, está alejado de las decisiones, dejado de la mano de Dios.
Sí, es cierto que en los últimos tiempos se ha restaurado bastante, pero también es cierto que queda mucho por hacer. En este caso, con la circunstancia de haber sido restaurado en dos ocasiones, al menos, nadie podía pensar que no era un edificio controlado. Pero ha sorprendido mucho y nadie se lo explica, aunque este pasado verano un amigo mío advirtió unas pequeñas grietas. Pero los técnicos decían no encontrar fallos estructurales.
Como las grietas que hace unos años tuvo nuestra Lugareja, que luego, tras una actuación de patrimonio de la Junta de Castilla y León, parece que quedaron solucionadas.
Pero, de cualquier forma, estas antiguas y características construcciones de nuestra meseta merecen un poco más de atención. Es una arquitectura definitoria de un territorio y de unas formas de hacer, el Mudéjar del sur del Duero.