ULTRAMARINOS Y COLONIALES
POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGOS, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ).
¿Recordáis sus olores? A sardinas, a pimienta, chacina, tocino de veta, a pepinillo en vinagre, a conservas, a especias, a queso, a café de estraperlo, a pan recién hecho… Olores y recuerdos que se van, pero que también vuelven. Eran pequeños establecimientos, cada calle casi tenía uno. Nada más traspasar el umbral, te enfrentabas con el mostrador, quien en su parte baja, un par de estantes protegidos por un cristal, exhibían las novedades y ofertas alimenticias del momento. Sobre él, imponiendo respeto, un cuchillo grande a modo de guillotina para cortar el bacalao. En el medio, la báscula Mobba, en la que fijábamos nuestra mirada cuando echaban sobre su plato el género adquirido. El mostrador acogía también al barreño de las aceitunas, la barrica de madera de las sardinas arenques y una máquina desde la que se expendía aceite a granel. Su escanciado nos proporcionaba afinidades a una gasolinera en miniatura.
Sobre un lateral un montón de papel estraza, que ejercía un oficio solidario y encomiable, ya que por su gentileza se envolvía todo con paciencia y oficio. Se envolvía la harina, el azúcar, la sal, las alubias, los garbanzos, el café, los fideos… Dos eran las formas de hacer los envoltorios, una más dificultosa, la otra en forma de cono, como un capirote de nazareno. Aún todavía los vemos cuando llega noviembre, con los primeros fríos, conviviendo con el humo de los puestos de las castañas asadas, o envolviendo los camarones en la playa y en la feria. Hasta que llegó el cartucho de un papel más consistente, con la publicidad serigrafiada del establecimiento. Después el plástico, el papel de aluminio y el envasado al vacío.
El frontal del establecimiento estaba tomado por una estantería. Allí con solemnidad y orden se hermanaban los tarros de aceitunas rellenas de pimiento, de anchoas. Las cajas litografiadas del Cola Cao, el dulce de membrillo de Puente Genil y melocotón en almíbar. Las botellas de aceite, de vinagre. Los aguardientes y licores. Los tarros de miel, los paquetes de maicena, las pastas y los fideos. Los huevos, el queso. Las conservas, mejillones, palometas, caballas, bonito… La sal, el pimentón. Las especias, azafrán, clavo, comino, canela… Las patatas, las galletas, las perrunillas, las magdalenas y el chocolate.
¡Ay el chocolate! Cómo fue supliendo al socorrido canterón -trozo de pan con un pequeño hoyo al que se le echaba aceite y azúcar- por medio de una cualificada técnica de promoción y marketing ¿Recordáis al chocolate Kitín Nogueroles? ¿Cuántas tabletas nos hemos comido en las merendillas? Merendillas saludables y formativas puesto que en cada tableta venían cromos coleccionables para el álbum “Caza Mayor”. Elefantes, cocodrilos, gorilas, leones, tigres, hipopótamos, rinocerontes, serpientes, panteras, antílopes, jirafas… salidas de las sabanas africanas de Kenia y Tanzania. Aquel mundo de caza y fieras que nos embelesaba y distraía a la hora de hacer los deberes de la escuela, acompasado por el suave pedaleo de la máquina de coser “Singer” o el leve sonido del choque de la aguja y el dedal, en la faena del remiendo-zurcido de un veterano calcetín.
En los cajones de la estantería, el dependiente despachaba para la clientela los garbanzos, las alubias, el arroz, el azúcar… entrando en ellos una paleta de metal, acarreando el género a la báscula. ¿Serán buenos los garbanzos? El dependiente que era como de la familia, asentía con la cabeza manifestando que eran buenísimos, introduciendo sus manos en los bolsillos de su baby de color crudillo o gris claro, ya que el oscuro y el azul se reservaban para los que faenaban en el gremio de los ferreteros. He querido dejar atrás, a propósito, el cuchillo del jamón que estaba también junto a otros para cortar el queso y el tocino sobre el mostrador.
Tiendas que dieron el jornal a estas familias y de comer a mucha gente. Claro que no estaban breados ni había tanto ahogo y asfixia con los impuestos como existe ahora. Todos ellos te procuraban animada conversación, alabando las novedades, propiedades y delicias del género comestible, junto con las preocupaciones y alegrías de la vida. Tiendas que hace años entonaron el gori gori, amén. Ahora, en la vida de los barrios, tras el impacto de las grandes superficies, han aparecido los ultramarinos para los olvidos.
