LOS HUARACHES
Abr 23 2026

POR FRANCISCO JAVIER ARELLANO LÓPEZ, CRONISTA DE LUIS MOYA-ZACATECAS (MÉXICO).

                                           

El uso del huarache es ancestral y su utilidad ha sido parte de la existencia humana, incluso ha sido de rango social. En México, durante los años 40s del siglo XX, poseer unos huaraches eran como tener unos tenis “Nikita” en el siglo XXI. Alguien dice que su origen viene de la palabra purépecha “Kwarachi” relacionado con el campo. También se habla de los tarahumaras y rarámuris de Chihuahua que los han usado toda su vida para correr y caminar.
En el corrido mexicano de “Modesta Ayala” (1903) el autor Próspero Salgado dice con orgullo:
“Yo le dije cómo me encontraba:
como errante y como misionero,
con mi blusa de manta rayada,
mis huaraches de tres agujeros”.
Después de la Revolución Mexicana de 1910, los peones de las haciendas no tenían trabajo, no tenían que comer ni que vestir. Caminaban descalzos. En el año 1963, el compositor Víctor Cordero hizo el corrido de “Gabino Barrera” y cita:
“Sus pies campesinos usaban huaraches
y a veces a raíz andaban”
En ese tiempo, tener un par de huaraches era un lujo campirano. No cualquier persona tenía este calzado. Quien tuviera huaraches casi estaba listo para casarse con una bella aldeana. Estos huaraches eran hermosos, estaban hechos de suela de llanta, una plantilla de vaqueta, copetes y correas de cuero, tejidos a la manera que el pie fuera el modelo perfecto para su uso.
Un día, Moisés, un hombre que era muy aficionado a los bailes, quería ir a un fandango que se realizaría en “una huerta” de las muchas que hay en “El Charco de la Gallina”. A este fandango asistiría Marcela, la flor más bella de todas las huertas, a quién ya le había puesto el ojo y la pretendía seriamente para algo más, pero lo grave del caso era que él no tenía huaraches para ir a bailar. Bailar descalzo, no hacía la combinación y tal vez la dama ni quisiera bailar con él. Sin duda que a ese fandango asistirían otras personas, algunas ya con zapatos y, no es que dudara de su pretendida pero siendo mujer, se sabe que ellas son fácil de deslumbrarse, y no faltarían unos zapatos que la fueran a sacar a bailar. Moisés tenía que asistir a ese baile a como diera lugar, el lío era conseguir unos huaraches.
El lunes y martes visitó a varios amigos buscando prestados unos huaraches. No tenían o no los querían prestar. Cansado y frustrado llegó al día miércoles, día que se iba a hacer el baile. Por la tarde, al finalizar la jornada laboral del campo, se acordó que su primo Apolonio, él del Coecillo, tenía ese calzado.
– Préstame tus huaraches- le pidió.
– No, tú eres de “pata muy recia”.
– Préstamelos, tengo que ir a un fandango, préstamelos, “horita” te los traigo.
Esa ha sido una de las grandes mentiras del mexicano. “Horita vengo”, “mañana te pago”, “nomás poquito…”, son otras mentirillas, sin embargo, se aceptan y el dueño de los huaraches, le creyó no sin antes condicionarlo, presionarlo, incluso amenazarlo para que le regresara los huaraches antes de la una de la mañana.
Con la cruz en los labios, le juró regresarlos lo más pronto posible. Moisés puso los huaraches en un morral y se fue gustoso al baile de “Las Huertas”. Antes de llegar a la casa del fandango se puso los huaraches. Al entrar a la casa vio que su pretendida estaba sentada en una silla junto a su familia. Caminó garbosamente y atravesó el patio de la casa. Se supone que lo estaba esperando pero cuando le pidió bailar una pieza musical, ella se negó. No podía ser. Él traía huaraches, no andaba descalzo. Algo sucedía y él no comprendía.
– ¿Oiga, bailamos?
– Pídale permiso a mi papá para que yo baile con usted- le dijo.
– Ahhhh… es eso. ¿Tengo que hacerlo? Ya ‘tá grandecita pa’ esto.
– Tiene que hacerlo, sino no bailo.
Con pena se dirigió hacia el padre de la muchacha y le pidió permiso para bailar con su hija. El papá, con un ademán y sin palabras, asintió el permiso.
Ya con el consentimiento paterno, se dirigió a su joven pretendida. Había varias parejas bailando al son de un violín, una vihuela y una tambora. A la luz de unos mechones bailaban las horas. Los bailadores sacaban polvo con las polkas y los jarabes. Quisieran que la noche fuera eterna para el gusto. Moisés y Marcela daban vueltas a la pista como buenos jaraberos. Pasada la medianoche, cuando el violín afinaba mejor sus notas y la tambora latía con fuerza, cuando él ya se quería ir porque tenía que entregar los huaraches, uno de los viejos, riendo, gritó:
– ¡Ése no “trai” huaraches… ése “trai” música en los pies!
Marcela sonrió y lo abrazó cálidamente. El sintió el abrazo y ya no le importó el paso del tiempo, no tenía calor, ni cansancio, ni hambre, él tenía empolvado el corazón. Ella por primera vez lo vio a los ojos con esas miradas que llenan toda una vida. Ya no le importaba que trajera huaraches o no, ya lo quería. Apreciaba que haya ido a buscarla con ese empeño, con esa alegría de un hombre que sabe lo que quiere.
Al terminar el baile, cuando el gallo despertaba al nuevo día, Moisés llegó a la casa de Apolonio, tocó suavemente la puerta dos veces.
– Aquí están tus huaraches, primo.
– Te dije que a la una…
– Primo… es que bailando uno se olvida y…
– ¿Y valió la pena?
– ¡Claro! Valió la pena como esa luna grandota que ves- le señaló una luna grandota que se desbordaba por los cerros de la Noria de Molinos. –Un día de éstos, voy a decirle a tu papá que me pida la muchacha.
Y así fue. Meses después, el tío fue a pedir la mano de Marcela para su sobrino Moisés. Se casaron y siguieron yendo a todos los fandangos que los invitaban. Eran unos excelentes bailadores de jarabe. Ellos recordarían aquella noche cuando él consiguió esos huaraches, unos simples huaraches que les cambiaron toda su vida.
Desde ese entonces, en el pueblo decían:
– ¡Con huaraches se baila mejor… pero con amor se baila toda la vida!

FUENTE:https://www.facebook.com/1699532255/posts/10215356053010105/?rdid=CjAC4vkZnOrDus6i#

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