POR ANTONIO HERRERA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE GUADALAJARA.
Hace un par de años, visitando el Museo del Prado con la gente de la Asociación de Amigos de la Biblioteca la exposición “El Marqués de Santillana, imágenes y letras” me fijé en una tabla que recientemente se acababa de poner en la Colección Permanente del Museo del Prado, en la zona del Arte Gótico Español, en la misma sala y casi pegada al Retablo del Hospital de Buitrago del Marqués de Santillana. Se trataba de un gran panel titulado “Cristo ante Pilatos”, que había sido “descubierto” por Joan Molina, jefe de la sección de arte gótico del museo, en los almacenes de la institución, y que había pertenecido al monasterio de Lupiana, siendo llevada, cuando la Desamortización y exclaustración de la Orden jerónima, a la iglesia parroquial de Yebes. De allí fue sacada en 1938 y llevada al Museo del Prado. Un cuadro que ahora cobra actualidad, y que es “hermano” del “Ecce Homo” del Museo de Guadalajara. Ambas pinturas las ofrecí en imágenes y detalles en mi reciente charla (Cogolludo, 14 de marzo 2026, Jornada sobre Cogolludo en el inicio del Renacimiento en España, organizada por la Universidad de Alcalá) sobre el arte patrocinado por los Mendoza en el inicio del Renacimiento.
Actualidad de un cuadro ya conocido desde hace años
Esta tabla del “Cristo ante Pilatos” había sido rescatada, en 2023, de los almacenes del Prado, y elevada a la colección permanente, en las Salas de Pintura Gótica Española, gracias al trabajo de Joan Molina, conservador de esta área. Gracias a esa decisión, la pintura de origen lupianero había empezado a ser reconocida por amplios sectores interesados en el arte pictórico gótico.
Según se ha revelado por los responsables de la primera pinacoteca nacional, esta tabla estuvo formando parte del retablo mayor de la iglesia monasterial de San Bartolomé, monasterio jerónimo de Lupiana. Tras estar presidiendo la capilla mayor de ese templo durante casi 400 años, la Desamortización de Mendizábal de 1836 obligó a la dispersión del patrimonio artístico de San Bartolomé, siendo llevada esta tabla a la iglesia parroquial del cercano pueblo de Yebes, donde estuvo expuesta como objeto de devoción popular durante cien años más.
Tras los destrozos causados por un grupo de milicianos en agosto de 1936 en la iglesia de esa villa, el gobierno de la República, a través de la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico de la República, decidió sacar de Yebes esa tabla, y trasladarla a los almacenes madrileños donde se fue acumulando el arte en peligro de la zona republicana, donde estuvo protegida el resto de la contienda.
Al término de la Guerra Civil, el párroco de Yebes solicitó la restitución de la tabla, solicitando que fuera llevada a su lugar de origen, pero al contrario de muchos otros elementos del patrimonio provincial, en esta ocasión la solicitud no fue atendida, la petición fue arrinconada y la pintura no volvió a su lugar de origen. El Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional le contestó en 1942 diciendo que harían gestiones para localizarla, pero finalmente perdieron su rastro. La obra estuvo depositada en el Museo Arqueológico Nacional, pasando en 1953 al Museo del Prado donde ha permanecido almacenada en la sombra hasta hace tres años.
De los trámites para recuperarla nos habla Joaquín Ormazábal en su “Historia de Valdeluz” recientemente publicada. Como alcalde que era de Yebes en ese momento, se movió personalmente para recuperarla, pero le dijeron que era el Obispado de Sigüenza-Guadalajara quien debería hacer la petición. Este no se movió, y el exalcalde caviló que no merecía la pena gastar energías para reclamar algo que, en todo caso, ni volvería a Yebes ni le correspondía hacer al municipio. Y termina diciendo “Por todo ello, se decidió no hacer nada, que ya es hacer algo, ya que se estimó que, para la conservación del cuadro y disfrute público de éste, lo mejor era que siguiera donde estaba”. Hubo suerte, y finalmente salió a la luz de la colección permanente. Que es una rehabilitación por todo lo alto. Aunque mucho nos hubiera gustado que se hubiera decidido traer al Palacio del Infantado, al Museo de Guadalajara, para que formara pareja con la tabla del “Ecce Homo” que desde su inicio ha adornado las paredes de nuestro museo provincial, y que desde su primera elaboración, formó parte del retablo primigenio.
Cristo ante Pilatos
La tabla de “Cristo ante Pilatos” es una pintura extraordinaria del medievo español. De su autor, nada se sabe. En el Prado se la adjudican a un anónimo “Maestro de Lupiana”, aunque el profesor Molina opina que está en el círculo del llamado maestro Jorge Inglés, el autor del Retablo de los Ángeles que el Marqués de Santillana encargó para su Hospital de Buitrago, y que cada vez más cabe adjudicarle un origen germánico, por el tratamiento de los grupos humanos, los suelos, los fondos, y los personajes. Anteriormente se le atribuyó al maestro de Sopetrán de una parte, y a un tal Nicolás Francés de otra, maestros anónimos con anclajes en Flandes y en Borgoña, respectivamente. La época se concreta en la mitad del siglo XV. Cuando está activo el Inglés pintando para don Íñigo, y el maestro de Sopetrán para su hijo don Diego el primer duque. Este maestro de Lupiana sería el elegido por doña Aldonza [de Mendoza, la hermanastra del marqués de Santillana] para hacer su retablo de Lupiana. No hay documentos que nos aclaren estas dudas, pero la suposición y el engranaje cuadran por sí solos con bastante facilidad.
En el Museo de Guadalajara hay una tabla que representa un “Ecce Homo” que fue traída tras la Desamortización de algún lugar de la Alcarria, pero que sin duda procede del mismo retablo, el mayor de la iglesia del monasterio de Lupiana. La valoración de ambas tablas no admite duda: son de la misma mano, están pintadas una tras otra, los personajes son idénticos, sus vestiduras, sus rostros, sus pavimentos… hacen una pareja ideal, que permitiría reivindicar la traída del “Cristo ante Pilatos” del Prado a nuestro Museo de Guadalajara, siguiendo este camino iniciado hace pocos años de traer al palacio del Infantado obras consideradas sin duda como pertenecientes al patrimonio de la Alcarria.
Por describir someramente el cuadro que acaba de ser entregado por el Ministerio de Cultura a la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara, puedo decir que en esta tabla se representa el momento en el que, según los cuatro evangelios canónicos, (Juan, Marcos, Lucas y Mateo) Cristo Jesús es llevado ante el gobernador romano de Jerusalén, Poncio Pilato, para ser juzgado por lo que los sacerdotes judíos calificaron de delito de rebelión, puesto que el acusado había afirmado ser “Hijo de Dios” y estar próxima la instauración de un nuevo “Reino de Dios” sobre la tierra, con lo que ello suponía de alteración del orden político establecido por Roma en el próximo Oriente.
Descripición del cuadro de Cristo ante Pilatos
En la pintura, Jesús aparece en el centro, con las manos atadas, en actitud resignada. Cristo va sucintamente vestido de sencilla túnica y aparece en actitud sumisa, frente al gobernador Pilato que, revestido de elegantes túnicas, y tocado de un singular gorro de influencia oriental, se muestra poderoso. A ambos les rodean una serie de figuras que son soldados, sayones, un escriba y algún sacerdote, con rostros que manifiestan sorpresa, resignación o, la mayoría de ellos, soberbia y maldad. Un detalle del cuadro presenta una referencia al evangelio de San Mateo (27:19) cuando dice que durante el juicio a Cristo, la esposa de Pilatos, llamada Claudia Prócula, intercedió por el reo, advirtiendo a su marido que se desentendiera del caso, que ese hombre era justo, y en sueños había visto que habría problemas si le condenaba. Algunas iglesias orientales han considerado santa a Claudia Prócula por esta advertencia. En la tabla que comento, el detalle es contundente: sobre el muro que da a la sala donde se juzga a Cristo, aparece una ventana enrejada, y tras ella dos mujeres. Una (se supone que es Prócula) parece llorar y de su boca sale una frase escrita sobre pergamino que dice “»nihil tibi et iusto illi” (nada hagas a ese hombre porque es justo) y tras ella se ve a una joven que la acompaña. Ella viste un completo ajuar medieval, propio de la mitad del siglo XV, tocándose con el típico tocado de cuernos que consistía en sendas trufas laterales, cubiertas de crespinas y amparadas por una toca rosada de bordes festoneados.
El autor de la tabla, con gran oficio, destaca en su dibujo los rostros, las vestimentas y las actitudes. Todo se entremezcla, pero en todo caso destaca la individualidad de cada personaje. El estilo narrativo es directo, poniendo en un mismo plano a los protagonistas, tratando de intensificar el sentido emocional de la escena. Los colores son vivos, los dibujos nítidos, los trajes quieren ser intemporales pero se concretan en la época de la pintura, y en general el estilo es netamente flamenco, centroeuropeo, con sugerencia de una disposición y tratamiento germánico del conjunto. Junto a estas líneas, además de las imágenes de las dos tablas que proceden del antiguo retablo de la iglesia del monasterio de Lupiana, pongo en esquema los rostros de algunos personajes del cuadro ahora entregado a Sigüenza, y especialmente destaco la homogeneidad de aspecto y atuendo de la figura del gobernador Poncio Pilatos en ambas pinturas.
