POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.
Han transcurrido 150 años del final de las Guerras Carlistas, un fenómeno que nos suscita interesantes impresiones de Ávila a través de la historia, la literatura y el arte.
Fue el 28 de febrero de 1876 cuando finalizó la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), las anteriores tuvieron lugar entre 1833-1940 y 1846-1949.
El carlismo fue un movimiento político y social español tradicionalista, antiliberal y legitimista que surgió en la década de 1830, respaldando el derecho al trono de Carlos María Isidro de Borbón con el lema «Dios, Patria, Rey», frente a Isabel II, cuya coronación celebró Ávila en 1833 con un solemne desfile o procesión de los estandartes, toque de campanas y levantamiento de pendones.
Más allá de cuestiones dinásticas, el carlismo defendía la monarquía absoluta, la unidad católica y las instituciones forales frente al estado centralista y liberal, con apoyos no sólo en el mundo rural y en el clero, sino también en núcleos de la nobleza y de las clases medias y artesanales de las ciudades, en palabras de Juan Pablo Fusi.
Y aunque no tratamos ahora sobre dichos aspectos, de todo ello hay algo en las impresiones y testimonios que encontramos en los textos de los viajeros extranjeros del siglo XIX a su paso por Ávila; en los personajes literarios y modelos pictóricos de escritores y artistas con los que establecemos singulares lazos de paisanaje; en los desterrados carlistas abulenses; en el tradicionalismo emergente en tiempos de la II República; y en la presencia durante la Guerra Civil de los requetés en la capital y provincia abulense, siendo esta la temática en la que nos detenemos.
En cuanto a los inicios del carlismo en Ávila, son relevantes los estudios de Juan Ruiz-Ayúcar (Ávila, frente a la amenaza carlista, 1836-840, Cuadernos Abulenses, 40/2011) y de José María González y Francisco Javier Abad (La Primera Guerra Carlista en la provincia de Ávila, 1833-1840, IGDA, 2024).
VIAJEROS.
Uno de los relatos más curiosos es el que nos dejó el viajero por Ávila George Borrow (1803-1881), «don Jorgito el Inglés».
Borrow era un personaje de raro atractivo que llegó a hablar catorce idiomas y que viajó por España para difundir y vender el «Nuevo Testamento», fruto de cuyas experiencias fue el libro de viajes «La Biblia en España», traducido en 1921 por Manuel Azaña, donde relata:
«No llevábamos en Labajos una semana [de agosto de 1838], trabajando con mucho fruto, cuando el cabecilla carlista Balmaseda, al frente de su caballería, hizo su atrevida incursión por la parte sur de Castilla la Vieja, arrojándose como un alud desde los pinares de Soria. Presencié los horrores que siguieron: saqueo de Arévalo; toma de Martín Muñoz».
En Velayos, un dependiente de Borrow llamado Juan López estaba preso en la cárcel por orden del cura, para cuya liberación aquel escribió al gobierno español, a través del ministro británico en Madrid:
«Creí era mi deber, como cristiano y caballero, rescatar a mi infeliz criado de tan inicuas manos, y, por tanto, desafiando toda oposición, le saqué de allí, aunque inerme, a través de una turba de cien lugareños cuando menos. Al salir del pueblo grité: ¡Viva Isabel Segunda!».
Dándose entonces la circunstancia de que Azaña fue el traductor de la obra de Borrow, apuntamos que el político republicano también escribió la novela Fresdeval (1931), en la cual el carlismo es retratado no solo como un movimiento político, sino como un elemento fundamental del paisaje social y espiritual de la España del siglo XIX.
Azaña utiliza la ficción para analizar la resistencia del tradicionalismo frente al liberalismo progresista que él mismo defendía, describiendolo como una «reliquia medio muerta» de la vieja España aristocrática, no sin cierta melancolía por la desaparición de ese mundo antiguo frente a la modernidad.
Otro periodista y corresponsal alemán que recorrió España durante la revolución de la “Gloriosa” en 1868 fue Wilhelm Lauser (1836-1902).
En su libro Aus Spaniens Gegenwart (Culturskizzen, Leipzig, 1872), nos habla de su paso por Ávila y del fervor carlista en la capital:
«No es fácil formarse una idea del odio reinante entre las capas más liberales de la población, en especial entre artesanos, industriales y obreros, a los carlistas y al clero carlista; como en la victoria del carlismo se ve la frustración de todos los esfuerzos por levantar España de su decadencia, y en los clérigos, los instrumentos para lograrlo, en las ciudades sólo a duras penas es posible retener al pueblo de abalanzarse sobre ellos».
En la misma línea, el periodista francés Louis Teste (1844-1926), que recorre España en tiempos de Amadeo I y de la Segunda Guerra Carlista como tema principal de su obra, escribió:
«Ávila, erizada de oscuros bastiones, la de las puertas sombrías, la de los 20 conventos», tierra de Santa Teresa, la encarnación del amor místico, añadiendo:
«esta pareja de hombre y mujer, es carlista; el cochero es carlista, el lacayo es carlista, la berlina es carlista y, si las mulas supieses hablar, relincharían en pleno prado: ¡Viva Don Carlos! …
Es curioso observar que el elemento carlista se ha conservado intacto en las poblaciones agrícolas y se ha modificado en las ciudades y localidades industriales» (Viaje por España, 1872).
De esta época es el recuerdo abulense de Claudio Sánchez-Albornoz Menduiña:
«Había muerto la reina Mercedes [en 1878], Primera mujer de Alfonso XII. Era alcalde de Ávila mi abuelo [Nicolás Sánchez-Albornoz Hurtado, 1892-1941] y decidió organizar unos funerales solemnísimos.
En Ávila, había un cabildo catedral y cuatro conventos de frailes, muy nutrido el de los carmelitas de Santa Teresa y más aún el de Santo Tomás donde se formaban los dominicos de Filipinas; había asimismo ocho parroquias y más de una docena de capellanes de conventos de monjas.
»Mi abuelo no encontró cuatro sacerdotes que quisieran cantar el funeral y hacer el sermón de honras por la Reina Católica; todos eran carlistas. Y hubo de viajar a Madrid para contratar cuatro curas esquiroles que le sacaran del aprieto.
Se los procuró el padre Ruiz Zorrilla, hermano del famoso repúblico y que ejercía autoridad en las Escuelas Pías. Y sólo así se pudieron hacer en Ávila las honras fúnebres debidas a la reina Mercedes. La numerosa grey clerical de la ciudad no perdonaba la tolerancia religiosa de la monarquía (De mi anecdotario político, Losada, 1972).
Acababa de terminar la Tercera Guerra Carlista, y Mateo Práxedes Sagasta, ilustre vecino de Ávila que fue, en calidad de Presidente interino del Consejo de Ministros y Ministro de la Gobernación, firma el Decreto de 18 de julio de 1874 por el que se embargan los bienes de las persona que sirvieron en la causa carlista para indemnizar a sus víctimas.
Además, se dispuso el destierro de los más señalados partidarios de Don Carlos, lo que afectó a sesenta vecinos de Ávila, Arévalo, Cebreros, Horcajo de las Torres, Mingorría, Las Navas del Marqués y Peguerinos. Entre ellos, Gregorio Velayos, Jefe local de los carlistas de Ávila (BOP, 1/09/1874).
Pasado el tiempo, añade Claudio Sánchez-Albornoz, cuando murió el pretendiente carlista don Carlos de Borbón (1830-1909), los carlistas abulenses costearon el anuncio de su muerte que el monago de San Pedro gritó «Por el alma de su Majestad el rey de España don Carlos VII» (La Vanguardia, 3/01/1980), aunque dicho tratamiento real nunca llegó a tenerlo el finado.
LITERATURA.
El carlismo tuvo un enorme arraigo en una parte importante de la población española impregnándolo todo, y la literatura no podía ser ajena a ello.
Como ejemplo, nos detenemos en autores que, de alguna manera, relacionamos con Ávila.
Así, en 1880, Ávila del Rey, seguidora de Isabel II frente a los carlistas, es un faro editorial contra aquellas guerras fratricidas.
Su abanderada era entonces Concepción Arenal y su escudero Tomás Pérez, el abogado defensor de los pobres, fundador de la Casa de Misericordia y de la Caja de Ahorros de Ávila, como ya hemos escrito (DAV, 3/05/2020).
Fue entonces cuando la Imprenta de la Propaganda Literaria, sita en el Circuito de San Juan, publicó «Cuadros de la guerra», donde la autora cuenta sus vivencias durante la Tercera Guerra Carlista.
Se trata de un manifiesto antibelicista, humanista y pacifista escrito en tono poético sobre el sufrimiento humano.
En la misma línea, el poeta y dramaturgo José Zorilla, comediógrafo del morañego “Pastelero de Madrigal” (Traidor, inconfeso y mártir, 1849) y cantor de Ávila (El Liberal, 2/05/1892), nacido en una beligerante familia carlista («Recuerdos del tiempo» viejo, 1879), se desentendió de tal integrismo, pero autodefiniéndose como «Cristiano y español, con fe y sin miedo/ canto mi religión, mi patria canto» (Granada, 1852).
Otro autor fue Blasco Ibáñez, quien tuvo calle en Ávila durante la II República, tierra de la que se sorprendió por las palabras de Unamuno defendiendo la belleza de la sierra de Gredos frente a las excelencias de París.
En su novela «La catedral» (1903) retrata a los carlistas como hipócritas que en nombre de Dios cometen atrocidades mientras disfrutan de los placeres terrenales.
De la misma manera, Miguel de Unamuno, el descubridor de «Ávila la casa» («Andanzas y visiones», 1922), distingue entre el carlismo popular del medio rural del carlismo integrista de bachilleres religiosos y comerciantes en la novela Paz en la guerra (1897).
Emilio Pardo Bazán, por su parte, autora de relatos ambientados en Ávila y admiradora de Santa Teresa, como ya dijimos aquí mismo (DAV, 10 y 11/10/2021), fue simpatizante en su juventud con la causa carlista.
En «Los Pazos de Ulloa» (1886) el carlismo da ambiente y tensión, mientras que en Mi romería (1888) ofrece una visión heroica e idealista, y en sus novelas es comprensible con sus protagonistas afines al carlismo, normalmente marginales y ambiguos (La Mayorazga de Bouzas, 1886; Morrión y boina, 1889; Madre gallega, 1896).
Benito Pérez Galdós fue viajero por La Moraña donde divisa pueblos anclados en la tierra como en un mar, campos de trigales salpicados de amapolas atravesados por arroyuelos humildes, y por la vega que riega el rio Trabancos («Vieja España. Impresión de Castilla”, J. Mª Salavarría, 1907). Galdós denuncia la violencia y la monstruosidad provocada por el carlismo, al que dedica uno de los capítulos de los Episodios Nacionales (1863) y la novela «Zumalacárregui» (1898).
La historia de Ávila en el siglo XVI, en tiempos de Felipe II, es la que escribió entre 1902 y 1908 el diplomático Enrique Larreta en «La Gloria de Don Ramiro».
Y de Larreta es el soneto «Azelaín en Guipúzcoa» inspirado por su pariente Juan Bautista de Larreta, destacado carlista miembro del partido tradicionalista, al que visitó en 1903 en busca de sus raíces:
«Por fin, en España, en el umbral de Castilla, en Guipúzcoa, en Andoaín, ribera del Oria, señorío vascongado de mis mayores».
El soneto se incluye en el poemario inspirado en Ávila titulado «La calle de la vida y de la muerte» (Colec. Austral, 1942).
El bohemio escritor costumbrista Ciro Bayo Segurola, viajero por el Valle del Tiétar («El peregrino entretenido», 1910), en compañía de Pío Baroja («La dama errante», 1908), fue voluntario y participó en la Guerra Carlista, sobre lo que escribió «Dorregaray. Una correría por el Maestrazgo» (1912).
Por su parte, Baroja dedicó al carlismo su obra «Zalacaín el aventurero» (1908), y se mostró muy crítico con la «doble bestialidad de ser católico y carlista».
Ávila, El Barco de Ávila y la sierra de Gredos son escenarios y fuente de inspiración en la obra de Ernest Hemingway («Por quién doblan las campanas», 1940), ambientada en la guerra civil en la que fue corresponsal.
En sus páginas leemos las cartas de un requeté muerto en la contienda, siendo el teniente Berrendo uno de los personajes:
«un católico muy devoto. El soldado, también. Eran carlistas de Navarra y juraban y blasfemaban cuando estaban encolerizados; pero no dejaban de mirarlo como un pecado, que se confesaban regularmente».
El arqueólogo Juan Cabré Aguiló fue uno de los pioneros de las excavaciones arqueológicas la provincia de Ávila, durante 1920-1940, de los castros vettones de Las Cogotas (Cardeñosa), el Castillo (Sanchorreja), la Mesa de Miranda y La Osera (Chamartín, Ávila) y el El Raso (Candeleda).
Trabajó junto a Enrique de Aguilera y Gambia, Marqués de Cerralbo, linaje que tuvo palacio en Ávila que fue casa de las Religiosas Siervas de María. Los dos fueron carlistas y científicos católicos (A. V. Carrascosa, Eclessia, 3/02/2026).
PINCELADAS.
La pintura como documento histórico del carlismo ha cumplido con creces una interesante función propagandista, generando también una mediática iconografía que incluye retratos de políticos, militares y protagonistas diversos, así como de los lugares más icónicos para los carlistas por sus triunfos, y también por su derrota.
Buceando entre la abundante pintura de historia del carlismo, nos detenernos en los pintores que vinculamos con Ávila, como Valeriano Domínguez Bécquer (1834-1870), pintor de hermosos cuadros y dibujos abulenses de temática costumbrista, como ya apuntamos en otra ocasión (DAV, 12/04/2020).
Y aunque no puede afirmarse que los hermanos Valeriano y Gustavo Bécquer fueran carlistas, sí que puede decirse que eran profundamente católicos y muy tradicionalistas, y sentían simpatías por la cusa, de ahí los cuadros más emblemáticos del romanticismo que pintó Valeriano, titulados “Un conspirador carlista” y “El pintor carlista y su familia”.
Años después de la Segunda Guerra Carlista, los hermanos Bécquer trabajaron en el gobierno de Isabel II, Gustavo como censor de novelas, y Valeriano como becado para pintar las tradiciones españolas.
Otro ejemplo artístico para orgullo abulense es el titulado “Alpens 1873. Muerte gloriosa del oficial del cuerpo don Vicente Reina López”.
El cuadro fue realizado por Vicente Morelli Sánchez-Gil (1860-1936), quien fue general de la Guardia Civil y un prolífico pintor de temas militares.
La pintura fue premiada en la Exposición Nacional de 1901 y se encuentra en la escalera principal de la Academia de Intendencia ubicada en el Palacio de Polentinos de Ávila.
Fue un regalo del Cuerpo de Administración Militar a su Academia en homenaje a intendente Vicente Reina López, quien murió durante la Tercera Guerra Carlista defendiendo un convoy de caudales.
Por su parte, hacia 1931, Gustavo Maeztu (1887-1947) dibujó y litografió “La taberna de Juanito en Barco de Ávila”, un cuadro de temática abulense que recrea el ambiente costumbrista característico de la época.
Con igual estilo simbolista, el pintor vitoriano hizo en 1937 un gran retrato del duque de la Victoria, conde de Zumalacárregui, el militar que durante la Primera Guerra Carlista dirigió exitosas campañas contra los partidarios de Isabel II.
Por último, Ignacio Zuloaga (1870-1945), el pintor severo de Ávila y sus murallas aderezadas como telón de fondo del paisaje circundante, del Cristo de la sangre, del enano botero, y de Larreta, autor del glorioso don Ramiro, ya al final de sus años, hizo en 1940 un retrato de Franco cubierto con la boina roja carlista y la camisa azul falangista.
También pintó un retrato del historiador y comandante carlista con el título “José Mª de Huarte vestido de requeté”, y otro de Wenceslao Alonso, “El requeté más viejo de la guerra”, figura representativa de las tradiciones carlistas de la España rural.
REPÚBLICA Y GUERRA CIVIL.
Durante la Segunda República, el carlismo conoció un notable resurgimiento político y militar, y un asombroso crecimiento de su base electoral en España, pasando 50.000 votos en 1931 a 360.000 en 1936, y obteniendo representación en las Cortes.
En Ávila, la presencia carlista con las siglas “Comunión Tradicionalista” en las contiendas electorales y las instituciones, nunca fue relevante, por lo que sus votantes se decantaban por coaliciones de derechas para maximizar sus posibilidades.
Sin embargo, hubo un tiempo en el que los carlistas abulenses y los requetés, su organización paramilitar, alcanzaron cierta notoriedad, especialmente estos últimos, durante la guerra civil.
Un primer ejemplo lo tenemos en la presentación pública de “Comunión Tradicionalista”, la organización política del movimiento carlista, en el mitin celebrado el 30 de abril de 1933 en el Teatro Principal, del que «El Diario de Ávila» dijo:
«Los postulados de Patria, Orden y Familia han de encontrar en nosotros la acogida que católicos, como patriotas y como derechistas ideológicos merecen les sea dispensada. Vemos en ello la representación auténtica de una prestigiosa fuerza aliada para la causa de la Religión que en Ávila tiene honda raíces» (DAV, 2/05/1933).
A este acto siguen otros en la provincia capitaneados por el conde de los Acevedos, por ejemplo en Cabezas del Villar (DAV, 17/05/1933); Navarredonda, Hoyos del Espino y Piedrahíta (DAV, 27/05/1933); Aldehuela, Boyo y Barco de Ávila (DAV, 9/06/1933); y de nuevo en Ávila con vibrantes discursos de apología tradicionalista en la plaza de toros (DAV, 26/06/1933).
En cuanto al respaldo electoral a los carlistas, poco significativo en Ávila y provincia, habrá que estar a los resultados de las siguientes elecciones de 1936, en las que los carlistas participan en la coalición de derechas denominada “Renovación española”.
Agrupación esta que dio un gran “mitin contrarrevolucionario” en los teatros Principal, el Liceo y el Coliseo Abulense, después de oír misa en santo Tomás, con intervenciones del conde de Vallellano, José Yanguas Messías y José Calvo Sotelo, y en cuyas gradas ondeaba la bandera con un aspa roja de San Andrés (DAV, 3 y 7/01/ 1936; La Nación, 6/01/1936).
Y aunque no fue en la contienda electoral abulense del 16 de febrero de 1936, donde se significaron los carlistas, sí que lo fueron los Requetés durante la Guerra Civil que estalló meses después.
Así, el 30 de julio de 1936 llegó a Ávila la columna el comandante de la Guardia Civil, Lisardo Doval -represor de la revolución asturiana de 1934 – compuesta por cerca de mil voluntarios, e integrada por fuerzas de la Guardia Civil y varios centenares de voluntarios Requetés navarros y de la Falange, siendo recibidos entre vítores y aplausos en el Mercado Grande (DAV, 30/07/1936).
A pesar de la calurosa acogida y su bravuconería, la columna sufrió una derrota sin paliativos en el frente de Navalperal (ABC, 1/08/1936).
Días después, los Requetés navarros que llegaron con la columna Doval asaltaron la librería “el Magisterio” de Nicasio Medrano, en la calle de Reyes Católicos, y procedieron a trasladar todos los folletos y libros de tendencia marxista al Mercado Grande, donde los quemaron prendiendo fuego (DAV, 4 y 5/08/21936).
Ese mismo día tiene lugar el entierro del capitán Jesús Peñas Gallego, capitán de Estado Mayor y profesor de la Academia de Suboficiales de Ávila, muerto en el frente de Navalperal.
Las milicias requetés acompañaban al cortejo fúnebre cuando la banda de música tocaba el Himno de Riego. Al oir el himno republicano, las fuerzas del Requeté se negaron a desfilar, rompieron filas y se lanzaron contra la banda, destrozaron los instrumentos e hirieron gravemente a su director (Ávila en la guerra civil, J. Belmonte, 2012).
Igualmente, los requetés forzaron violentamente la retirada de la bandera republicana que cumplía el féretro y su sustitución por la bicolor, al tiempo que esa misma tarde la izaron también en el Ayuntamiento (DAV, 5/08/1936)
Por su parte, José Carlos Alcázar, conde los Acevedos e hijo del marqués de Peñafuente y comisario de guerra, se dirige a la juventud:
«Jóvenes abulenses, venid al arrimo de esta bandera, tocaos con la boina roja, que va siendo en esta guerra sana aliento para los nuestros y terrer para los enemigos. Ávila, tierra de Santos, debe engrosar las filas del ejército vecedor» (DAV, 26/08/1936).
Más aún, el conde de los Acevedos, pide a los jóvenes para que se alisten en las filas del Requeté de las milicias adscritas al glorioso Ejército español, que atendiendo a los impulsos de sentimientos cristianos y patrióticos a fin de luchar con entereza por el honor de nuestra patria (DAV, 29/08/1936).
A tal efecto, «el Requeté de la capital levanta la Bandera de reclutamiento para ampliar sus filas y constituir un tercio completo, el Tercio de Ávila del Rey», que así se llamará bajo el lema Dios, Patria y Rey, y cuyo Jefe es Joaquín Crespí de Valladura, del linaje del condado de Orgaz (7/09/1936).
El cuartel general requeté de Ávila se hallaba en un local cedido por José San Román en la calle de San Segundo (DAV, 28/08/1936).
La presencia requeté es significativa en la recepción y revista del general Mola en la Plaza de Santa Teresa (DAV, 25/08/193), la manifestación en el Mercado Grande de repulsa contra el bombardeo de Ávila por un avión rojo y de reiteración de adhesión al Ejército y la causa del movimiento nacional (DAV, 31/08/1936); en el entierro de las víctimas del combate en el Puerto del Pico (DAV, 7/09/1936); en la restitución del crucifijo en la escuela de Pedro Rodríguez (DAV, 19/09/1936); en cuestaciones a favor del Requeté y la venta del periódico del órgano Requeté Boina Roja (DAV,21/09/1936); en las operaciones de toma de las cumbres del Boquerón (DAV, 23/09/1936); en las palabras de José María Pemán en el mitin dado en el Teatro Principal el 10 de octubre de 1936 (DAV, 12/10/1936); y, especialmente, en la comitiva fúnebre del entierro de José Carlos del Alcázar y Roca de Togores, conde de los Acevedos, comisario de guerra y jefe de la Comunión Tradicionalista, muerto en Escalonilla por fuego amigo y cuya capilla ardiente quedó instalada en el Palacio de Abrantes (DAV, 20, 21, 22 y 24/10/1936).
«A medio día [del 8 de noviembre de 1936] llegó a Ávila la banda de música del Requeté navarro que ha permanecido varios días en Salamanca. Al frente de cerca de 200 Requetés desfiló por la plaza de Santa Teresa donde interpretó el himno de dicha milicia siendo aplaudidísima por el público» (DAV, 9/11/1936).
Diez días después, los requetés desfilaron en la manifestación de reafirmación franquista que tuvo lugar en el Mercado Chico (DAV, 19/11/1936), lo mismo que lo hicieron en Valladolid dos secciones en el cortejo fúnebre del capitán Mario Méndez Vigo y Bernaldo de Quirós, Capitán de Infantería, muerto en combate en Peguerinos (DAV, 21711/1936).
En otra ocasión, con motivo de la festividad de la Inmaculada, restablecida como fiesta oficial por el general Franco, la Junta Carlista de Guerra de Ávila celebra también la bendición del altar de Santa Teresa y de la bandera de Requetés y Pelayos en la catedral (DAV, 7/12/1936).
Con igual motivo las milicias requetés desfilan en la Santa con asistencia de todas las autoridades civiles, militares y eclesiásticas (DAV, 9/12/1936).
«Ávila, patriotismo y Requetés» es la proclama del Secretario local carlista, Delegado de Prensa y Propaganda emocionado ante las boinas rojas DAV, 24/02/1937), lo que se pone de manifiesto el 20 de octubre de 1937, cuando
«se cumple el primer aniversario de la muerte de don José Alcázar, conde de los Acevedos, fundador del Requeté de Ávila y jefe local de la Comunión Tradicionalista de esta Provincia» y los carlistas de Ávila muestran su más sentido pésame a la familia (DAV, 21/10/1937).
TERCIO DE MONTSERRAT.
La tarde del sábado 2 de julio de 1938 la Tercera compañía del “Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat”, una unidad militar carlista formada por catalanes que combatían apoyando el alzamiento nacional, se detuvo con sus ruidosos camiones en la plazuela del cuartel de Mingorría, lo que sobresaltó a la población, ya de por sí atemorizada por sucesos anteriores, a la vez que la chiquillería se amontonaba alrededor.
El destino del Tercio, que también estuvo en Cebreros, era la cercana localidad de San Esteban de los Patos, donde estuvio acantonado durante 15 días en las eras del pueblo.
La compañía estaba formada por un centenar de soldados que preparaba en este tiempo su reorganización con maniobras tácticas e instrucción para nuevas acciones de apoyo al ejército franquista en Extremadura.
Entre tanto, los vecinos de los pueblos de la zona seguían con sus quehaceres viendo el trasiego de soldados por calles y tabernas y expectantes ante los festejos que celebraban.
Al mismo tiempo, los afamados panaderos de Mingorría se ocupaban en provisionar a la tropa, a la vez que las familias sufrían la crueldad de la guerra, e incluso algunos jóvenes se atrevieron a lucir la boina roja y el correaje del llamativo uniforme requeté.
Por su parte, en el pueblo de San Esteban de los Patos se cuenta que los oficiales de mayor graduación se alojaron en las casas de los lugareños y los demás en pajares y cuadras.
Durante el tiempo de estancia de la tropa en el pueblo surgieron algunos problemas de convivencia al desaparecer gallinas, lechones y corderos que provocaron la protesta del alcalde.
Como anécdota se dice que un oficial para alardear mató a una gallina de un tiro, la pagó y ordenó que se cocinara para cenar. Finalmente, la víspera de su partida, los soldados dieron una batida de conejos que ya eran una plaga, pues no podía cazarse con armas de fuego por la guerra, y en la retirada, alguno se dejó, como recuerdo, debajo de la cama, una granada de mano.
De todo ello da testimonio escrito y gráfico el consiliario Salvador Nonell Moreno (1918-2004) en “Los Requetés Catalanes del Tercio de Nuestra Señora de Montserrat en la Cruzada Española (1936-1939)”, donde narra e ilustra con fotografías que en San Esteban de los Patos (Ávila) se asentó el batallón del comandante José Navas San Juan con el siguiente recibimiento:
«El día tres de julio [de 1938], domingo, se celebra por la tarde una velada-festival en el aire libre, dedicada al nuevo Comandante. El alma de estos actos recreativos es el Teniente [Francisco] Llach [Sellés, de Terrassa]. Los vecinos del pueblo han acudido en masa atraídos por la novedad/.
El Orfeón del Tercio canta a tres o cuatro voces el mejor del folclore catalán: La Balanguera, Empordanes, L’Hereu Riera, L’Emigrant… luego payasos, ‘xiquets’ [castellers], sardanas, malabarismos, y un poema inédito del ínclito Sansa, lleno de candor».
Por su parte, Martín de Riquer Morera (1914-2013), escritor, filólogo e integrante del Tercio de Montserrat, también contó la misma anécdota, mientras que Salvador Puntí i Puntí (1909-1970), escultor y dibujante catalán, escribió en su diario de soldado requeté que el 2 de julio de 1938 la compañía pasó bajo las murallas de Ávila, llegó hasta Mingorría y luego a San Esteban de los Patos donde acampó.
Desde aquí hizo algunas escapadas visitando y dibujando Ávila y Muñana (Ausa. Revista del Patronat d’Estudis Osonencs, 176/2015):
«El 10 de julio, desde S. Esteban de los Patos, lugar de nuestro acantonamiento, con otro amigo hemos partido esta tarde, atravesando bosques de encinas hasta llegar a Ávila, fin de nuestra aventura, pues a falta de permiso, pedido más de cinco veces, me lo he tomado, dispuesto ya a aceptar cualquier represalia; pues vergüenza me daría de presentarme delante de mi padre sin haber estado dentro de esa artística ciudad», donde admiró las murallas, la catedral, el convento de los P.P. Carmelitas y la figura de Santa Teresa».
