POR LEOCADIO REDONDO ESPINA. CRONISTA OFICIAL DE NAVA (ASTURIAS)
Claro que tengo antecedentes. En la lectura y en el dibujo. Que acaso empiezan cuando, como fase inicial del proceso que seguí para desasnar, (que sigue en curso) acudí (antes de asistir a la Escuela Pública de Ceceda), a la que regentaba Carmina Montes (que recuerdo con cariño) en Sienra, salvando primero el río Piloña por el puente de hormigón que habían encofrado los carpinteros de la familia Canto, de Cecea, y cruzando después la vía de los Ferrocarriles Económicos, cuyo buen estado procuraba entonces mi padre, con otros compañeros, como peón de brigada que era. Sigo para decir que iba a Sienra con una pizarra, un pizarrín y quizá algún libro de primera lectura y algún cuaderno de caligrafía, material que transportaba guardado en una mochila de lona que me había hecho mi madre. Y es probable que ya llevara también un lápiz, que entonces recuerdo tenían el color tostado y natural de la madera, pues ya me gustaba mucho dibujar. (Tanto que también lo practicaba en los azulejos blancos de la cocina de la casa de El Tropel, en los que se podía borrar con facilidad).
Bueno, pues fui creciendo, cosa normal por otra parte, y quizá a partir de los siete años, es decir, después de superar el Catecismo del Padre Astete y cuando ya leía con cierta soltura (y peleaba por lograrla con el lápiz) tuve la inmensa suerte de contar con lo que para mí fue entonces un pequeño tesoro, pues, en la casa grande (que había sido antigua venta) de El Tropel, en la que vivían Luisa y Nieves (que tenían un criado, llamado José Isoba), en la estancia de entrada, al lado derecho y en la pared pintada de blanco, había un hueco que estaba lleno por completo de números de la revista Selecciones (del Reader´s Dígest), tesoro al que, por la gentileza de las citadas Luisa y Nieves, tenía autorizado el acceso sin limitaciones. Y ni que decir tiene que ese lugar era el más querido y el más visitado por mí, que de este modo, al tiempo que conectaba (sin saberlo, naturalmente) con el resto del mundo a través de la revista, encontraba también remedio a mis aficiones a la lectura y al dibujo, pues recuerdo que las ilustraciones interiores (algunas de las cuales me esforzaba en copiar) y, por supuesto, las portadas, que reproducían a todo color tanto fotografías como pinturas, me gustaban muchos y me parecían de gran calidad.
Como todos recordarán, el último artículo de cada ejemplar, que solía ser más extenso que los demás, se titulaba “Sección de libros”, y allí se resumía (o “condensaba”, según término que utilizaba la revista) en cierto número de páginas la obra elegida ese mes. Y de las lecturas de aquel tiempo recuerdo con más claridad una que trataba del vuelo llevado a cabo entre Nueva York y París por el piloto Charles A. Lindbergh, a bordo del avión bautizado como “Espíritu de San Luis”. (Lindbergh, como es sabido, cruzó el Atlántico volando en solitario y sin escalas en mayo de 1927). Y lo recuerdo porque se daba la circunstancia de que el mentado artículo, que condensaba el libro del piloto en el que explicaba su aventura, venía encabezado por un retrato del rostro de Lindbergh, que lucía sobre su cabeza el casco de cuero tradicional en la época del vuelo. Y esa ilustración me llenó la retina y el sentimiento de tal modo que fui muy feliz intentando copiarla una y otra vez, primero a lápiz y luego “pasando el dibujo a tinta” a base de plumín y tintero, como era costumbre.
Siempre pensé que Charles A. Lindbergh había sido un héroe y una gloria nacional americana pero, después de muchos años de aquello, pude constatar la existencia de comentarios que cuestionaban su ideario. En cualquier caso, me gustaría que estas palabras sirvan, de algún modo, como defensa del término toponímico El Tropel, pues derribadas la casa en la que nací y la mentada de Luisa y Nieves Martínez, a consecuencia del nuevo trazado de la Nacional 634, solo queda actualmente en pie, ubicada en el margen izquierdo sentido Oviedo-Santander, la que construyó en los cincuenta del pasado siglo el matrimonio compuesto por Marina del Tejo, nacida en Grandiella, y Héctor Balbona, que fueron los padres de Héctor Manuel, el cual compartió juegos con nosotros cuando venía de vacaciones y es un conocido poeta, con numerosa obra, que reside en Gijón. (En cuanto a mi relación posterior con Selecciones, debo decir que fui suscriptor desde los catorce hasta los dieciocho años, cuando la familia vivía en la casa del paso a nivel de Ali).
FUENTE: Publicada en La Nueva España. Lunes, 27 abril 2026, página 11.
