POR JOSE LUIS ARAGON PANES, CRONISTA OFICIAL DE CHICLANA DE LA FRONTERA (CÁDIZ).
La feria de san Antonio de 1887, estuvo muy animada –como es costumbre ancestral desde que Lord Byron escribió sobre ella –contaba el corresponsal del periódico «El Guadalete», que enviaba una breve crónica resaltando: «A dicha ciudad han llegado varias familias de Sevilla, Cádiz, San Fernando y otras poblaciones. El alumbrado extraordinario no pudo lucir en la noche del Domingo por motivo del fuerte viento de levante que reinó».
Este año el levante se coló pronto en la feria. La «levantera» del viernes fue de época, pero aún así, desde el primer día, el recinto ferial se ha llenado en la tarde-noche con momentos de alegría compartida entre amigos, y unas copas de vino «Fino san Antonio» –el vino elaborado este año por tres bodegas chiclaneras: Manuel Aragón S.A., Primitivo Collantes y Cooperativa Unión de Viticultores Chiclaneros–. No han faltado los encuentros y reencuentros en el real o en las casetas. El programa oficial se ha cumplido, los más pequeños divertido y los mayores hemos celebrado –y bien– la efeméride de los 190 años de nuestra primera feria, aquella que se celebró en pleno periodo romántico, en 1836.
Como el levante ha sido el feriante protagonista meteorológico, hablemos de él como factor climático y como personaje histórico, porque sin lugar a dudas es un viento histórico desde la formación geológica de ambas orillas del estrecho de Gibraltar. También de cultura porque nos trajo la de otros pueblos de la Antigüedad. Es el bendito culpable del cruce de civilizaciones en nuestra provincia. Con él arribaron un a nuestra costa los fenicios, los griegos y los romanos.
En nuestra provincia el viento de levante que azota todo el litoral proviene del Estrecho de Gibraltar; entra por el mar Mediterráneo y mar de Alborán y sale por el océano Atlántico, de este a oeste con una velocidad que va desde los 50 kilómetros por hora hasta los 110. Esto se produce no solo por el «efecto Venturi» –actualmente en entre dicho–, sino también por la orografía del terreno de los dos lados del estrecho: el peñón de Gibraltar o Calpe y los montes Hacho en Ceuta y Jabel Musa en Marruecos. Ambos lados montañosos con un brazo de mar de 14 kilómetros de por medio, producen un bloqueo del viento a niveles bajos canalizado hacia la zona más baja sobre el mar. El levante silente, se suele dar durante todo el año, pero deja de serlo entre primavera y verano. El problema del levante es que hay que convivir con él, como decía José Ortega y Gasset en 1932 del nacionalismo en Cataluña: «El problema catalán no se puede resolver; pero se puede conllevar». Y, sí, con el levante se convive mediante la enculturación con él, adaptándonos a sus condiciones meteorológicas. Incluso las persona que son meteorosensibles, que sufren trastornos físicos o psíquicos con los cambios de tiempo, son capaces de modular sus hábitos y costumbres para alcanzar un mejor estado de bienestar en su salud.
Peor lo llevan los foráneos, que sufren con mayor intensidad sus efectos; aunque algunos afirman que se adaptan y soportan mejor el levante que los que somos de esta tierra. Un ejemplo y testimonio de cuanto decimos fue el del boticario militar francés, Antoine L. A. Fée, que vivió en nuestra villa durante la ocupación francesa de la guerra de la Independencia: «…con ayuda de unas naranjas y de agua refrescada en “alcarrazas”, se puede luchar con el calor, pero no hay fuerza contra él cuando sopla el viento del Este, el «solano». Este viento le llaman aquí «bochorno» –boca de horno– (…) viene de África, después de haber pasado por las arenas del gran desierto…». Y añadía los efectos negativos que tiene el levante sobre el cuerpo y la mente: desde fiebres malignas a crímenes y muertes. Sin embargo, salvaba a sus compatriotas de padecer los efectos negativos del calor: «Pero los franceses lo resistían todo; mientras los indígenas estaban medio muertos a causa del solano, nuestros valientes soldados desafiaban, sin quejarse demasiado, esa temperatura de fuego…». Como resulta evidente, exageraba una barbaridad. Otro francés, Antonie Latour, viajero por la villa, secretario del cuñado de la reina Isabel II –el duque de Montpensier– mencionó, a mediados de la centuria del siglo XIX, a nuestro levante: «Cuando en Chiclana no sopla el levante, su enemigo del verano, se respira un aire de campiña que atrae y alegra la vista».
Romántico no es el levante en verano, pero invita a otra forma de vida diferente en las horas centrales del día cuando arrecia con más fuerza y calor, cuando el viento desaloja las calles de viandantes. Entonces, es una invitación a actividades más relajantes –de baja pulsaciones– y placenteras, incluso en el trabajo cotidiano. Lo bueno viene por la noche, disminuye el calor y llega el regalo de la brisa refresca.
