POR AGUSTIN DE LAS HERAS, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIÉLAGOS (MADRID).
Decía Marco Aurelio que «la vida de los muertos está en la memoria de los vivos» Y en eso siempre he creído.
Nadie muere mientras no sea olvidado.
Cuando en la diferencia generacional del pensamiento, por haber nacido en tiempos distintos, el corazón se aflige de la misma forma ante la pérdida de una persona es que el destino se ha llevado a un hombre bueno.
Así nos ocurrió un día a mi hija Virginia y a mí. Me preguntó a mí la certeza que aun desconocía porque a ella le llegó antes la noticia y quizás pensaba que yo podía negarla para que no hubiera ocurrido. Pero lamentablemente era verdad.
Beni, nuestro vecino en Brazacorta, nuestro compañero de conversaciones después de cenar en las noches de verano, él sentado en su silla, mirando hacia la vega del Pilde, había muerto.
Ya desde hace años aprendí lo que son esas conversaciones de experiencias en las noches de la luna de agosto. Primero fueron en Quintanilla de Nuño Pedro, sentados en el poyete de piedra de las casas de la plaza donde aprendí de la experiencia de Martín y Mariano. O cuando bajaba al molino y conversaba con Feliciano, el hacedor de hogazas que nunca se han vuelto a probar en la ribera. Y cuando cambié el cielo estrellado de la noche, que era el mismo, unos kilómetros más abajo siguiendo la corriente del Pilde y cruzando el mojón de Burgos encontré a personas como Beni que para mi eran maestros.
A Virginia solo le salían palabras de lo buena gente que eras. Y era cierto. De lo que tanto Consuelo como tú os preocupabais de ella y su primo los veranos cuando estaban solos, de coincidir comprando pan, de los buenos días y buenas tardes tan afables que siempre estabas dispuesto a dar.
Yo sólo puedo corroborar sus palabras porque mi experiencia, cada que vez que nos veíamos y charlábamos, era la de compartir instantes con ese tipo de personas con las que te debes parar, hablar, comentar y disfrutar, porque la bondad rezuma en cada gesto, en cada mirada, en su voz… según escribo esto, te estoy oyendo.
Fue muy difícil mirar el paisaje sin ti. Me bajaba del coche y mi vista te buscará en la puerta de atrás de tu casa. Camino sólo hacia el reloj del ayuntamiento esas noches de verano y miro, nada más doblar la esquina, para ver si estás sentado en tu silla y poder charlar contigo.
Por eso, lo dijera o no Marco Aurelio, Beni, yo no te olvidaré. Nunca podré hacerlo. Nunca querré hacerlo. Eras una gran persona y lo seguiras siendo en mi corazón.
Mañana, si Dios quiere, llegaré a Brazacorta.
Se que estáis en fiestas, como no puede ser de otra manera y estas cinco crónicas no deseaban traer melancolía, ni nostalgia, sino ser conscientes y felices pensado que los que se fueron están con nosotros. Y así debe ser.
Porque si somos lo que somos es gracias a los que fueron.
