POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
No es la primera vez, ni acaso la segunda y cuantas ustedes añadan, que la luna oscurece este pegajoso sol murciano que, más que de justicia, es de condena para cuantos lo soportan llegado agosto. Así que eclipses siempre hubo, así como los habrá, pero uno recuerda mucho al actual. Sucedió hace siglo y cuarto en estas mismas latitudes que algún día devorará la calorina infernal que nos asfixia.
Véngase ustedes conmigo al año 1900, que solo les importunaré unos minutos, y les garantizo que disfrutarán de descubrir cómo nuestros bisabuelos, cuando menos, alzaron los ojos al cielo para admirarse de tan sorprendente prodigio.
Apenas había alumbrado el nuevo siglo y el sureste peninsular se preparó para un acontecimiento que prometía alterar el compás de los días. O acaso la rutina. Un eclipse total. Aunque los científicos adelantaron que la oscuridad total solo abrazaría la provincia de Alicante, hasta donde acudió un hervidero de sabios provistos de telescopios y otros extraños instrumentos, en Murcia también se despertó el interés ante tan desconocido fenómeno.
Y, como publicó ‘El Diario de Murcia’, aunque no fuera el eclipse total, resultó «grandioso e imponente». Eso publicó Martínez Tornel en su periódico el 29 de mayo de 1900, donde añadió que a las 14.53 horas de la tarde comenzó la luna a interponerse al sol, estado que culminó a las 16 horas para admiración de los vecinos del común. La temperatura, que era de 26 grados, descendió a unos agradables veintidós.
El periódico describía cómo, a medida que el disco lunar avanzaba sobre el astro rey, una luz metálica, extraña, de un ceniciento fantasmal, inundó la plaza del Cardenal Belluga y las callejuelas gremiales.
«Cada terrado se convirtió en un observatorio», añadió ‘El Diario’. Algunos murcianos subieron a la torre de la Catedral, por contemplar mejor cómo la ciudad se oscurecía. Incluso un respetado pintor de la época, Meseguer, junto a sus compañeros Federico Mauricio y Alejandro Séiquer, trasladaron al lienzo desde la pedanía de La Alberca la variada y gradual oscuridad del cielo desde el instante preciso en que se produjo.
Las gallinas se esconden
Lo más sorprendente del caso, según tan afamado periódico, fue que los animales sintieron más que ser viviente alguno el desarrollo del eclipse. Así, anotó que las gallinas «se agruparon primero, se refugiaron después en un rincón y permanecían silenciosas, mientras duraba la oscuridad». Es más: cuando la luz retornó al cielo, los gallos lanzaron «su sonoro quiquiriquí», que fue secundado «en los ámbitos gallineriles casi a coro, que en su lengua quería decir: ¡Viva el sol! ¡Abajo las tinieblas».
Otra cosa disparatada eran las precauciones que los murcianos adoptaron para contemplar el eclipse. ‘El Diario’ narró que cada hijo de vecino se colocó sobre sus narices «ya las negras antiparras, ya el socorrido cristal ahumado con cerillas de la cocina». Échemne ustedes cartas.
No es de extrañar, siguiendo la crónica que con tanta gracia nos regaló tan prestigioso rotativo, que algún paisano, «a fuerza de mirar a través del cristal ahumado», terminara por exclamar que no había un eclipse, sino hasta «catorce a la vez y que acababa de ver un palomo con gafas negras». Para culminar la crónica, el redactor aseguró que no faltó quien sostuviera haber visto «en el borde de la luna a un guardia civil a caballo que iba fumándose un puro».
El ‘Heraldo de Murcia’ publicó un día antes, el 28 de mayo, el grande éxodo de murcianos camino de Elche para admirar el eclipse, pues en aquella ciudad se haría más de notar. Y no fueron pocos los ilustres viajantes que se montaron al tren camino de la ciudad hermana. Entre ellos, el obispo de la Diócesis de Cartagena, el alcalde Diego González-Conde, varios diputados a Cortes, no menos médicos, los directores de los diarios y hasta el capitán de la Guardia Civil, así como «otros muchísimos como nombres no recordamos».
La descripción del ‘Heraldo’ podría resumir lo que el miércoles vivió la Región. Y si no, ustedes juzguen. Contaba el periodista que, al llegar el instante del eclipse, «parecía que las nubes ocultaban el sol». Las pájaros retornaron a sus nidos. Entretanto, se observó en el linde del horizonte «una claridad rojiza de crepúsculo, algo así como un reflejo pálido y lejano de la aurora boreal».
Y los objetos cambiaban de color en «el desorden del iris y aparecían fantásticos, destacándose como iluminados por una luz nunca vista que lleva en sí la sombra al mismo tiempo que la claridad». Ole. Busquen, busquen una frase en la prensa actual que tan bien refleje un eclipse.
Los viandantes, sorprendidos en pleno trasiego comercial, contemplaban el fenómeno protegiéndose los ojos con rudimentarios cristales ahumados al amor de la lumbre y lentes de teatro. No registran las crónicas cuantos padecerían más tarde el atrevimiento de mirar al sol sin ninguna protección. Bueno, más o menos como en la actualidad.
