UN RECUERDO A SAN JUAN DE LA CRUZ
Ago 25 2026

POR RICARDO GUERRA SANCHO, CRONISTA OFICIAL DE ARÉVALO (ÁVILA).

                                             

Estamos celebrando este año dos centenarios de nuestro Santo universal, San Juan de la Cruz, el fontivereño, cumbre de la mística y poeta el más refinado, que durante un poco tiempo de su vida, vivió aquí en nuestra entonces villa.
Poco podría yo decir de este gran santo de nuestra tierra que no se haya dicho ya. Pero hoy quiero comentar algo de un tiempo muy corto de su niñez, cuando vivió en Arévalo. Un recuerdo fugaz, vago y tenue, tanto que ni aparece en algunas biografías, pero que estuvo ahí marcando un momento de su historia.
Este año en el que celebramos el primer centenario de su proclamación como Doctor de la Iglesia, y el III Centenario de su canonización en 1726 por Benedicto XIII. Y desde 1952 es patrón de los poetas en lengua española.
Su padre murió muy pronto, cuando Juan tenía tres años. También muere su hermano Luis con unos 10 años. Catalina abandona Fontiveros, ante tanta adversidad, en busca de mejores horizontes. Juan tenía 6 años y vienen a la villa de Arévalo en 1548, que ofrecía más posibilidades.
Su hermano Francisco estuvo trabajando como aprendiz con un maestro de la seda de Arévalo. Había aprendido el oficio de su madre que tejía «buratos», sedas finas de tocas, para sacar adelante a la familia, como entonces era habitual de tejer en casa y vendérselo a algún tejedor establecido o a comerciantes de telas.
Poco antes de esas fechas tenemos en Arévalo un Jacobo Rigaldo, tejedor que en 1537 pide al Concejo establecerse en la villa y unos pinos para formar el torno de seda que ha traído. ¿Acaso este Rigardo fue el maestro de Francisco de Yepes con quien convivía como aprendiz?
La madre y el pequeño Juan también se trasladan a Arévalo en 1548 y también se ocuparon en la seda. De ese paso por Arévalo apenas tenemos una parca noticia, que Catalina se dedicaba a tejer tocas de seda, quizás con alguna ayuda de Juan, y que vivieron por el barrio de San Pedro.
En los escasos tres años que vivieron en la villa de Arévalo continuaron el oficio de tejedores de «buratos» o tocas de seda, unos velos o cendales de seda muy tenues y delicados que entonces era un artículo de lujo, generalmente esas tocas blancas, que se popularizaron en tiempo de Isabel I de Castilla, baste recordar el gusto de nuestra Isabel por esos tocados.
Cuando Francisco cumplió los 18 años su madre Catalina le casó con la joven Ana Izquierdo, natural de Muriel de Zapardiel. Poco después, en 1551, Catalina y Juan se trasladaron a Medina del Campo, que entonces era una ciudad próspera donde, durante tres meses al año, se celebraba una de las ferias comerciales más importantes de Europa.
Francisco aparece unos años después en la villa de Arévalo en la lista de cofrades del Santísimo Sacramento, parece que se quedó por aquí.
Una pincelada histórica de lo textil que adquiere el doble valor por el tejido fino con que se manufacturaba y por la calidad de los personajes, casi una anécdota en la biografía de nuestro santo universal, y un dato más en la industria textil arevalense. Una preciosa recreación de aquella infancia en Arévalo de San Juan de la Cruz nos ofrece José Jiménez Lozano en «El Mudejarillo», un relato precioso de recomendable lectura, por supuesto.

FUENTE:https://www.diariodeavila.es/opinion/z39277932-aed3-43a7-878bbd57f4439b40/202608/un-recuerdo-a-san-juan-de-la-cruz

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