ESTAMPAS NAVETAS. GRANDIELLA EXISTIÓ.
Sep 15 2026

POR LEOCADIO REDONDO ESPINA CRONISTA OFICIAL DE NAVA (ASTURIAS).

   Fue un domingo de verano, hace muchos años. Se disputaba en aquel tiempo un campeonato conocido y denominado familiarmente por los aficionados al fútbol como de tertulias, convocado y organizado por los bares de la localidad, que solían presentar cada uno su equipo correspondiente a la competición, y también era habitual que participaran equipos de otros pueblos del concejo, e incluso algunos de concejos limítrofes.

Había empezado el día con sol y calor, pero la cosa es que, a poco de empezar el partido que nos ocupa, a eso de las cinco de la tarde se puso a llover con ganas, como suelen ser los chaparrones típicos de verano, y el agua, que no era fría, pronto empapó a todos los futbolistas, incluyendo en la mojadura al entusiasta y ruidoso público asistente, pues cada cual, a la vista de la espléndida y soleada mañana, y de la época del año, había acudido al campo ligero de ropa.

Y, por supuesto, tampoco se libró de la tormenta el señor árbitro (vecino en general que, con escasos, cuando no nulos, conocimientos de las reglas que Pedro Escartín había redactado para el deporte del balón redondo, pero armado, a cambio, con la mejor intención y, eso sí, provisto de un silbato de sonido claro y agudo colgado al cuello, intentaba llevar con más o menos acierto las riendas del encuentro, procurando no irritar en demasía con sus decisiones a los ardorosos contendientes).

Fue un partido glorioso el de nuestro hombre. Se jugaba en playeros, o en alpargatas, por haberlo dispuesto así la entidad organizadora y, como consecuencia lógica del agua que aportó el apabullante chaparrón, el piso del terreno de juego pronto se convirtió en una irregular y caprichosa pista de patinaje sobre barro. Pero, a pesar de todos los pesares, nuestro hombre fue feliz, y siempre recordó aquel partido, precisamente por lo bien que, a su juicio, había desarrollado su juego, pese a hacerlo estando tan empapado como si hubiera sido mismamente una trucha.

Y es que el balón  se había convertido en un objeto pesado, pero a la vez volador y escurridizo, capaz de realizar botes tan imprevistos como inverosímiles, o caer ¡plof! y quedar pegado al barro como una patatona grande y marrón, resultando, por tanto, de casi imposible control para los esforzados futbolistas, muy limitados ya de natural en el aspecto técnico, los cuales, además, tropezaban con serias dificultades para mantenerse en pie sobre el agua y el barrillo, traicionero y  resbaladizo como él solo.

No obstante, y a pesar de todos los inconvenientes descritos, nuestro hombre había conseguido, milagrosamente, despejar por tres veces el balón utilizando el empeine como elegante superficie de golpeo. No sabía hacia donde había dirigido el esférico (que tampoco sería tan relevante, digo yo), “pero, desde luego, había sido con el empeine, ¡eh!; no de cualquier manera, ¡y por tres veces, además!”, remarcaba, soñador, evocando la brillante ejecución del gesto técnico. (Aquello que, en mi época de formación como entrenador, se definía como “superficie de contacto”).

Nunca más volvió a jugar  al fútbol. Y tampoco se acordaba del equipo contrario (“solo sé que ellos vestían de azul, y nosotros de blanco”), ni del resultado final de aquel encuentro, perdido, como aquellos lejanos campeonatos de “tertulias”, en el sumidero de la desmemoria. Aquel partido que, para él, había sido el mejor de su vida. Y así, a lo largo del tiempo, mantuvo viva en su mente aquella “hazaña”, la cual siguió contando de la misma manera, hasta el final, a quién, con paciencia,  se paraba a escucharlo.

El viejo campo, que ahora se ha convertido en la tierra aplastada y calva de un aparcamiento para vehículos, está limitado al este por un largo muro centenario, sobre cuyas piedras marrones se mantiene, casi ilegible después de soportar lluvias y soles durante cincuenta años, un anuncio encuadrado que en su día fue pintado de colores, en el que con dificultad, más que leer pudimos adivinar un texto: “Foto Argüelles. Calzados. Nava”, que en su día lució seguramente hermoso.

(Y recuerdo que en la proximidad de aquel anuncio vieron centenares de partidos, y animaron al Europa sin reservas, dos entusiastas aficionados navetos como fueron Álvaro Canto, zapatero,  y Tito Rivaya, fontanero. En cuanto a campeonatos de tertulias conocí tres; el de Villamayor, en El Potrero, el de Infiesto, en Pialla, y el que se disputaba en el campo de Grandiella).

Cuando era niño, mi madre solía cantar una canción (“Yo te diré”, sobre la gesta de Baler), para mí hermosa, a la vez que triste, que decía; “Cada vez que el viento pasa se lleva una flor.” .Y yo digo; o un recuerdo. Porque Grandiella existió.

FUENTE: Publicado por La Nueva España. el domingo 13.09.2026, página 13.

 

 

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