POR CARMEN RUIZ-TILVE ARIAS, CRONISTA OFICIAL DE OVIEDO (ASTURIAS).
En Prado de la Vega hubo este viernes más brujas que escobas, más esqueletos que en un cementerio y unos cuantos cirujanos a los que, visto el estado de sus batas ensangrentadas, nadie querría encontrarse en un quirófano. El barrio más populoso se llenó de monstruos, fantasmas, catrinas y pequeñas calabazas para celebrar Halloween en una fiesta en la que el miedo quedó reservado para los disfraces y las ganas de pasarlo bien se contagiaron a toda la familia. Porque aquí no solo se disfrazaron los niños: también hubo padres que se apuntaron a la transformación y hasta bebés recién nacidos que participaron en su primera noche de terror.
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Las calabazas se convirtieron en el accesorio imprescindible de la tarde, pero no precisamente para decorar las casas. Los pequeños las utilizaron como recipientes para recoger caramelos y golosinas mientras repetían una pregunta que, por estas fechas, funciona casi como una contraseña mágica: «¿Truco o trato?». Y, naturalmente, lo que más interesaba era el trato. Entre disfraces terroríficos, alguna que otra cara pintada y muchas ganas de llenar las calabazas, los niños recorrieron el barrio en busca de su particular botín de Halloween.
La Asociación Vecinal Prado de la Vega fue la encargada de organizar una celebración que arrancó a las cinco de la tarde con el tradicional recorrido de «truco o trato». Durante una hora, los pequeños pudieron disfrutar de la búsqueda de chuches antes de trasladar la diversión al colegio público Carmen Ruiz-Tilve, donde estaba programada la gran fiesta del barrio. La música de un DJ puso ritmo a una celebración pensada para todas las edades. Sustos, risas, sorteos y mucha diversión formaron parte de una tarde en la que no faltó tampoco la merienda. Y, para reponer fuerzas después de tanto ajetreo, nada mejor que chocolate acompañado de minimuffins. Una combinación bastante más apetecible que cualquiera de las pócimas que habrían podido preparar las brujas que se dejaron ver por el barrio.
La celebración tuvo además un marcado carácter familiar. Desde los más pequeños, algunos todavía bebés, hasta sus padres, muchos vecinos decidieron disfrazarse y sumarse a una fiesta en la que la imaginación hizo el resto. Hubo personajes para todos los gustos: de los clásicos fantasmas y esqueletos a las catrinas, pasando por calabazas de tamaño infantil y sanitarios de aspecto poco tranquilizador. Una peculiar reunión en la que nadie parecía tener demasiado miedo de encontrarse con el monstruo de al lado.
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