POR MARTIN SANCHEZ GONZALEZ, CRONISTA OFICIAL DE GETAFE (MADRID).
Hoy quiero rendir un homenaje a la fiesta de todos los Santos y de los difuntos y hacer un recorrido histórico, desde los años 50 del siglo XX hasta la actualidad, pues la incorporación de Halloween ha irrumpido con tanta fuerza en nuestras vidas y tradiciones, que parece que hemos olvidado lo que fue y que significó la Fiesta de todos los Santos en nuestra cultura.
En España, la fiesta de Todos los Santos era sobre todo una fecha de recogimiento y de visita al cementerio. Las familias limpiaban las lápidas de las tumbas, llevaban flores, rezaban, y muchas veces se aprovechaba para reunir a la familia, comer dulces típicos como los huesos de santo o los buñuelos de viento, y recordar a quienes ya no estaban entre nosotros. Era un ambiente tranquilo, solemne, muy familiar y con poca presencia de elementos festivos de influencia extranjera.
Halloween, era prácticamente desconocido; no tenía la fuerza cultural que fue cogiendo desde los años 90, con el cine, la televisión, el comercio y la globalización. En resumen, predominaba la memoria, el rezo y las tradiciones locales, no el disfraz ni las calabazas.
Hoy en día en muchos sitios de España conviven ambas culturas. Por un lado, se siguen visitando los cementerios el día 1 de noviembre, sobre todo la gente mayor, manteniendo esa tradición de respeto y de llevar flores a las tumbas de nuestros seres queridos y de nuestros amigos.
Al mismo tiempo se ha extendido Halloween, especialmente entre los niños y la gente joven, con el uso de disfraces, fiestas, truco o trato en algunos barrios. En muchos colegios se mezclan las dos tradiciones porque celebran Halloween como actividad lúdica, pero a la vez enseñan el valor de Todos los Santos, recordando a los familiares fallecidos. Es como si España hubiera hecho una mezcla, manteniendo la raíz tradicional, pero adaptándose a costumbres globales, más centradas en el ocio.
En Getafe, como en otras ciudades de alrededor de Madrid, lo tradicional era lo que marcaba el 1 de noviembre: ir al cementerio, llevar flores, encontrarse con vecinos y recordar a los suyos.
Con el tiempo, Halloween entró en nuestras vidas, en los colegios y en los comercios de Getafe, como en todo el país, sobre todo desde los años 90 del siglo pasado y con mayor fuerza cada dia, con el inglés más presente y actividades de disfraces en centros culturales y asociaciones de barrio. Pero a la vez, sigue teniendo peso esa visita al cementerio, sobre todo entre generaciones mayores. En algunos barrios de Getafe y también en Perales del Río, se han mantenido las tradiciones familiares, aunque los más jóvenes estén más con el rollo de calabazas y películas. Podemos decir que en Getafe se superponen la memoria de los Santos y el ocio de Halloween, sin que una cosa haya borrado del todo a la otra. Al final, mucha gente combina disfrazarse el día 31 con llevar flores el día 1.
En relación con la literatura española, la muerte es un tema central desde hace muchos años. Con Jorge Manrique, por ejemplo, las famosas «Coplas a la muerte de su padre» no se asocian a Todos los Santos de forma directa, pero sí que forman parte de esa tradición de reflexión sobre la vida y la muerte, que encaja muy bien con la sensibilidad de estas fechas. En el Siglo de Oro, el teatro y la poesía incorporan la muerte como personaje, como en las danzas de la muerte, y más tarde, en el romanticismo, la muerte se vuelve casi un símbolo de pasión y de melancolía.
Bécquer, por ejemplo, en sus leyendas, crea ambientes nocturnos y fantasmales que casan muy bien con el imaginario de estas fechas, aunque no sea un «poema de Santos» como tal. Ya en el siglo XX, la literatura española aborda la muerte de forma más íntima o social, por ejemplo, en la poesía de la Guerra Civil o en la posguerra, donde la muerte se vive de cerca, sin adornos y a veces sin consuelo. Así que, aunque no haya una fiesta de santos explícita en los poemas, sí hay una sensibilidad sobre el recuerdo de los muertos que conecta bastante con el espíritu de esas fechas.
El Tenorio de Zorrilla es, probablemente, la obra más típica de Todos los Santos en España. Durante muchos años se representaba justo en estas fechas, sobre todo en el siglo XIX y buena parte del XX. Así que mientras Halloween nos ofrece principalmente una celebración festiva de lo misterioso y lo terrorífico, el Tenorio nos invita a reflexionar sobre la muerte, la conciencia, el amor, el perdón y la Esperanza.
El Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, es probablemente la obra teatral española más vinculada a la festividad de Todos los Santos y al Día de Difuntos.
La obra reúne precisamente algunos de los elementos que caracterizan estas fechas: los cementerios, los difuntos, las apariciones sobrenaturales, el arrepentimiento, la salvación del alma y la posibilidad de redención después de la muerte.
La segunda parte de la obra transcurre en un cementerio: Don Juan regresa a Sevilla y encuentra las estatuas funerarias de quienes han muerto por su causa. Se produce entonces el encuentro con el Comendador, cuya figura sobrenatural le enfrenta a sus propios pecados.
El desenlace es especialmente significativo: Doña Inés, que ha muerto, intercede por Don Juan y consigue que su alma pueda salvarse. Por eso la obra no habla solamente de fantasmas y apariciones, sino también del arrepentimiento, el perdón y la salvación eterna.
La obra se estrenó el 28 de marzo de 1844, en el Teatro de la Cruz de Madrid. La tradición de representarla en torno al Día de Difuntos se consolidó posteriormente, durante la segunda mitad del siglo XIX.
Hay algo muy bonito en esta tradición: mientras Halloween nos presenta principalmente una celebración festiva de lo misterioso y lo terrorífico, el Tenorio nos invita a reflexionar sobre la muerte, la conciencia, el amor, el perdón y la esperanza.
Yo creo que hay una idea que merece la pena conservar:
España tenía una tradición cultural propia para estas fechas, profundamente arraigada en su literatura, su teatro y sus costumbres populares.
En estas fechas, España se mira al espejo de su literatura. Con Jorge Manrique, en sus Coplas, aprendemos que la muerte iguala a todos y que lo humano permanece en los recuerdos y en las obras. Con Bécquer, la noche, los silencios y las leyendas nos acercan a la pregunta por lo que se fue. Y con Zorrilla, en el Tenorio, la tradición se hace escenario: cementerio, estatuas, arrepentimiento y una puerta abierta al perdón.
Tres voces, tres épocas distintas, un mismo intento de entender la muerte y de honrar a quienes ya no están. Quizá celebrar estas fechas sea también recordar esas maneras de nombrar la ausencia, para hacerla menos dura y más compartida.
Las costumbres populares y la gastronomía tradicional de Todos los Santos y del Día de Difuntos.
En muchas familias, junto a la visita al cementerio, se preparaban dulces como los huesos de santo, buñuelos de viento, panellets y gachas dulces, y los frutos del otoño como castañas, membrillos y manzanas asadas, castañas asadas, arroz con leche y otros manjares propios de cada region.
En nuestra tierra extremeña, en aquellos duros años de la posguerra, de hambre y miseria los niños solíamos coger bellotas dulces y asarlas, cuando se escaseaban las castañas, mezclándolas con higos pasos. Eran costumbres que se transmitían de generación en generación, muy unidas a la reunión familiar y al recuerdo de los que se fueron.
Si lo juntamos todo, la parte literaria, con Manrique, Bécquer y Zorrilla, la parte religiosa de Todos los Santos, y la parte gastronómica con los dulces y frutos del otoño, tenemos una celebración completa, con memoria y sabor propios.
La gastronomía tenía, además, un significado familiar: las recetas pasaban de abuelos a padres y de padres a hijos. Preparar buñuelos o comprar huesos de santo formaba parte del calendario de muchas familias, igual que acudir al cementerio a llevar flores.
Pero Todos los Santos también tenían un sabor propio.
En las pastelerías aparecían los tradicionales huesos de santo, elaborados con mazapán y rellenos de dulce de yema, y los buñuelos de viento, muchas veces rellenos de crema o nata. En Cataluña eran característicos los panellets, mientras que en algunas zonas de Andalucía y Castilla-La Mancha se preparaban gachas dulces.
Tampoco faltaban los productos propios del otoño: las castañas asadas, los boniatos, las nueces y las almendras. En Cataluña se celebraba la Castanyada y en Galicia y otras regiones del norte, el magosto, fiestas populares en torno a las castañas.
Eran costumbres que se transmitían de generación en generación y que reunían a las familias alrededor de la mesa.
Hace setenta años, estas celebraciones tenían un carácter mucho más tradicional y religioso. Halloween apenas tenía presencia en España. Hoy conviven ambas costumbres, pero merece la pena recordar y conservar nuestras propias tradiciones.
Porque Todos los Santos no era solamente una fecha del calendario: era una jornada para recordar, rezar, compartir y mantener viva la memoria de quienes nos precedieron.
A uno, por educación, por tradición y por cultura popular y del ámbito familiar, le gustan nuestras tradiciones de la niñez.
Y cierro con estos poemas alusivos a la muerte, de
autores elegidos para la ocasion.
Durante el Siglo de Oro español (siglos XVI y XVII), la poesía sobre los santos y los difuntos estuvo muy marcada por el desengaño barroco, la meditación sobre la muerte (memento mori) y la mística religiosa.
Lope de Vega, El Fénix de los ingenios, y autor de la villana de Getafe.
A una calavera de mujer:
Perteneciente a sus Rimas sacras (1614), este soneto es uno de los ejemplos más célebres del Barroco sobre la fugacidad de la vida humana (tempus fugit) y la vanidad de la hermosura frente a la muerte.
Esta cabeza, cuando viva, tuvo sobre la arquitectura de estos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que mirándola detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan «helados besos»;
aquí los ojos, de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo;
aquí la estimativa, en quien tenía
el principio de todo movimiento;
aquí de las potencias la armonía.
¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!
¿En donde tanta presunción vivía
desprecian los gusanos aposento?
Francisco de Quevedo
Retirado en la paz de estos desiertos… —
Quevedo medita constantemente sobre la muerte, el tiempo y la compañía espiritual de aquellos que ya no están, dialogando con la memoria y los autores del pasado.
Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos,
Y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o fecundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos,
Al sueño de la vida hablan despiertos.
— San Juan de la Cruz
Vivo sin vivir en mí (Coplas del alma que pena por ver a Dios)
El gran poeta y santo carmelita del Siglo de Oro expresa en estos versos el anhelo místico de la muerte física entendida no como un final, sino como el único puente verdadero para alcanzar la vida eterna y la unión con Dios.
Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
éste vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero.
Se trata de tres grandes escritores de nuestra literatura universal, entre otros muchos.
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