POR TITO ORTIZ, CRONISTA OFICIAL DE GRANADA.

Conforme avanzan los tiempos, la moral y las buenas costumbres se relajan, Aumenta la desinhibición en las criaturas humanas, llevándonos a perder el norte y, a veces, incluso la vergüenza. Yo empecé a sospechar algo cuando, un día, vi a mi hijo salir del instituto con el brazo echado por encima de un compañero. Cuando subió al coche le pregunté, qué quién era ese amigo y me contestó que su profesor de matemáticas. Ahí en ese instante ya se me cayeron los palos del sombrajo y, dije para mí: Esto empieza a desmoronarse.
Pertenezco a una generación cuyos padres le hablaban de usted a los abuelos. Cuando llegué a la universidad, si pasaba un profesor por el pasillo y estábamos sentados, nos levantábamos enseguida y dábamos los buenos días respetuosamente. En honor a la verdad, hoy en día eso me parece excesivo. Pero de ahí, a permitir el tuteo en la enseñanza secundaria hacia el profesor, me parece una pérdida del norte muy a tener en cuenta, porque luego nos quejamos de esos alumnos que amenazan e insultan a los maestros y, de esos padres que llegan a agredir a los docentes. En algún sitio se nos ha ido esto de las manos.
Los que nacimos en los cincuenta, teníamos temor de dios, que decía mi abuela Juana que era republicana y atea, pero con aquella educación exquisita que le hablaba de usted a las columnas de la Alhambra. Cualquier día hubiéramos sospechado entonces que íbamos a vivir como noticia frecuente, la agresión a un docente y, mucho menos, a un médico. Eso ni en las peores películas de terror, pero es que hoy en día, ya no hay temor de dios. En un momento se nos dio la mano y, nos hemos tomado el brazo y parte del hombro.
Muerte y luto
En el ritual que sigue a la muerte de un ser querido, también hemos relajado las costumbres y el propio ritual. Es verdad que en mis tiempos lo llevábamos a unos extremos que no hacían falta para sentir la pena y el dolor por la pérdida. Empezando por velar al muerto en casa, cuando en el cementerio siempre había un depósito de cadáveres que podíamos utilizar, pero si lo hacías, se interpretaba como que no querías al muerto o, que te importaba un pito su fallecimiento, ante lo cual, velorio domiciliario con pedida de sillas a los vecinos, foto del difunto en el salón comedor y, posteriormente, novena rezando el rosario todas las tardes en el mismo lugar donde se había velado al difunto. Una juerga…Vamos, en la que no se podía olvidar la letanía a Nuestra Señora, como cierre del oficio.
Terminado el velatorio el cura y los monaguillos se acercaban a la casa y, comenzaba el traslado del féretro hasta la iglesia, a hombros de los dolientes, mientras los vecinos se santiguaban a su paso, lo mismo que lo hacían cuando por la calle, y de manera casual, se encontraban con un coche fúnebre que transportaba un cadáver, fuera de quien fuera. Al inicio del enterramiento, los presentes se hacían con un puñado de tierra que, arrojaban sobre el féretro cuando ya estaba dentro de la fosa y, los enterradores iniciaban el ritual de las paladas adentro, ocasionando un ruido sordo que te llegaba a las entrañas.
En cuanto a guardar luto, mientras que los hombres se limitaban a lucir un brazalete negro en la manga durante un corto espacio de tiempo que, luego se sustituyó por un botón forrado en negro en la solapa, las mujeres vestían de negro riguroso durante unos años, y después se lo iban quitando poco a poco, en lo que entonces se llamaba, medio luto, o sea, ir combinando el negro con un gris, para posteriormente, volver a vestir de colores.
Cantemos al muerto
Poco a poco nos vamos pareciendo cada día más a un velatorio y entierro en Nueva Orleans, donde la música y la danza en honor del difunto es lo que prima, incluidos cánticos de buen Góspel, lo que transferido aquí podría ser traducido por una buena saeta, pero de momento hasta ahí no hemos llegado… Todo se andará. Aunque yo prefiero a los monjes de Silos.
En esa sala multiusos que hay en los modernos tanatorios, emulando costumbres del otro lado del charco, hay quienes toman la palabra en honor al que se ha ido. Suena su música preferida y se recitan poemas para su mayor honor y gloria. Y no es que yo prefiera lo antiguo, todo lo contrario, porque a mis deudos les he dicho que tomen la palabra cuantos quieran ante mi ataúd, que suene en los altavoces, “A mi manera” de Fran Sinatra, que procedan a incinerarme y posteriormente, esparzan mis cenizas en el lugar acordado. Y por supuesto, que la cafetería del recinto permanezca abierta durante todas las horas que me estén velando, para que el personal tenga la oportunidad de abusar de la cafeína, de manera inmisericorde.
Que les sean repartidos a los presentes, cigarrillos, puros y, peladillas para aquellos que ya han logrado dejar el vicio de la nicotina, entre los que no me encuentro, dejando a la entrada de la “tanatosala”, una bandejita, con una botella de anís, otra de brandy y unos frutos secos con gominolas. Y sírvase el que quiera.
Y como ya hizo en su día mi admirado “Julio” que tenía el bar donde se comían los mejores boquerones fritos de Granada en la calle Hermosa, he dejado pagada una damajuana de arroba con buen vino tinto en “La Mimbre”, para que los que vengan a darme el último adiós, beban generosamente, dado que el que va a un entierro y no bebe vino… el suyo viene de camino.
Por cierto, que, ya nadie lleva el coche nuevo recién sacado del concesionario, hasta la puerta de la iglesia para que se lo bendiga el cura. Yo estoy tan quemado que, el otro día, vi pasar un coche fúnebre y levanté la mano gritando ¡Taxi!.
FUENTE: T.O.
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