POR FRANCISCO JAVIER ARELLANO, CROONISTA DE LUIS MOYA –ZACATECAS .MEXICO
A mí me gusta andar, caminar, viajar por los senderos de la vida. Para esta aventura, tomé el tren Renfe desde la ciudad de Madrid con destino a Granada. El gusano metálico partió a las 8:30 a. m. del jueves 22 de octubre de 2026, atravesando con velocidad la región andaluza. A las 11:15 a. m., me dejó en la estación de Antequera-Santa Ana, el punto donde haría el trasbordo hacia mi destino final.
A esa hora, la estación ferroviaria lucía completamente sola. Antojado de un sabroso y cálido sol, me senté en una banca de espera a recibirlo. La soledad del panorama me invitó a la reflexión: ¿Qué andaré buscando? ¿A Dios? Ya lo encontré. ¿Acaso buscaré un tesoro en la Alhambra?. Ya me veía yo desenterrando las riquezas de los antiguos reyes moros. Dios me tranquilizó en ese instante, mostrándome un campo infinito rodeado de olivares, con colinas perfectamente rayadas por el verde de los árboles.
A las 11:45 a. m., el megáfono de la estación anunció que el tren a Granada llegaría por la vía 4. No supe de dónde brotaron tantas personas, pero en un abrir y cerrar de ojos, el andén se llenó.
Antes de la una de la tarde ya estaba en Granada. Mi primera acción fue tomar un taxi que me trasladara al hotel que ya tenía reservado. Me tocó una mujer taxista: agradable, grande y robusta. Mientras manejaba, intenté buscar en sus facciones algún semblante morisco.
Ella me condujo hasta las inmediaciones de la Plaza Nueva y me dejó justo en la calle que sube a la Alhambra: la Cuesta de Gomérez. Aquí estaba el lugar donde me iba a hospedar.
Después de instalarme, salí de inmediato a devorar la ciudad. Vi el Palacio Real de la Chancillería y subí al Albaicín, ese barrio árabe de toda la vida. Desde su altura, la Alhambra se alzaba frente a mí, majestuosa. Comencé a planear el ataque a la montaña. Al bajar, bordeé la orilla del río Darro y me detuve ante la estatua de Mario Maya, el célebre bailaor de flamenco gitano.
Regresé a la Plaza Nueva con la intención de ir a la catedral, pero antes decidí comprar un boleto para el tren turístico. El ciempiés verde comenzó a trepar varias colinas. Aunque mi plan original era bajarme en la estación de San Nicolás para admirar el panorama de la ciudad, desistí de último momento y descendí en la siguiente parada.
Allí me topé con la Puerta de Elvira, el histórico acceso a Granada. Pensé, equivocadamente, que bajando por esa calle regresaría directo a la Plaza Nueva y a mi hotel; creí que desembocaría en la Cuesta de Gomérez, pero fue un grave error de orientación.
Caminé y caminé, pero la calle no llegaba a la plaza. Una cuadra antes de perderme por completo, di la vuelta en una calle quebrada con la esperanza de comer en alguno de los puestos que se veían a lo lejos. Perdí el rumbo de qué calle había tomado y terminé siguiendo la Avenida de Colón, pero en sentido contrario a mi destino. Al revisar el celular, pasé de estar a 3 minutos de la Plaza Nueva a marcar 17 minutos de distancia. Pensé en tomar un taxi, pero caí en la cuenta de que no recordaba el nombre del hotel. Retomando la guía digital y aguzando el sentido, logré regresar a la Plaza Nueva. Mi orientación dio un giro de 360 grados al reconocer el edificio del Palacio Real de la Chancillería. Subí un poco la Cuesta de Gomérez y descansé 15 minutos en la habitación.
Al salir de nuevo, decidí comer algo rápido y se me antojó una pizza carbonara sencilla. Con las energías renovadas, tomé rumbo a la catedral. En el camino contemplé el Palacio de la Madraza, la antigua Universidad de Granada fundada en el siglo XV. Justo a un lado se erige la catedral; mientras la observaba, la tarde comenzó a desvanecerse entre las torres del barroco granadino. Avanzando un poco más, encontré la «Plaza del Burro» y me detuve ante la estatuilla de un aguador junto a su burro cargado de cántaros. Al verla, pensé en Peregil, el célebre personaje de los cuentos que entró a la Alhambra y halló una fortuna. Sin embargo, descubrí que la escultura no era para él, sino un monumento que honra a todos los aguadores que sirvieron a la ciudad desde la época musulmana hasta principios del siglo XX. Cuando la oscuridad invadió el lugar, regresé al hotel.
Después de un obligado y refrescante regaderazo, investigué en Google y descubrí que había dos rutas de autobuses que subían a la Alhambra saliendo de la Plaza de Isabel la Católica. Yo ya había pasado por esa calle y recordaba perfectamente el monumento a la reina y a Cristóbal Colón.
El viernes siguiente, a las 8:00 a. m., ya estaba esperando el transporte. La mañana aún estaba oscura. Tenía comprado mi boleto de acceso a los Palacios Nazaríes para las 10:00 a. m. A las 8:30 a. m., el autobús comenzó a subir la montaña, ese territorio envuelto en la mitología de los tesoros árabes. Hacia allá iba. Al llegar, busqué la entrada, me acomodé en la fila, mostré mi código QR y entré formalmente a la Alhambra.
La imponente Avenida de los Cipreses me avasalló con su verde belleza. Avancé hasta el cruce que divide los Palacios Nazaríes y el Generalife. Como eran apenas pasadas las 9 de la mañana, calculé que tenía tiempo suficiente para conocer el Generalife primero. Caminé por un sendero cementado, observando a un lado los palacios que suponía eran los que buscaba más tarde. Subí unas gradas, crucé un foro teatral y continué por un camino de cipreses recortados, escoltado por un batallón de árboles verdes que enmarcaban un bellísimo sistema de albercas y fuentes.
Así llegué a la finca que alberga el hermosísimo Patio de la Acequia, célebre por el largo canal que surte de agua a todos los rincones del Generalife. Desde la parte frontal, aproveché para tomar una fotografía de la Catedral de Santa María, la Alcazaba y los Palacios Nazaríes. En ese instante, una vigilante con chaleco de guardia se dirigió de forma muy agresiva hacia un turista asiático y hacia mí. Se notaba que había pasado una mala noche. Me habló en inglés, pero le pedí que me hablara en español. Nos exigió que saliéramos de inmediato, alegando que se trataba de una urgencia de vida o muerte. No logré capturar una sola foto más; según ella, el momento era vital y no podíamos perder ni un segundo ahí dentro. Supuse que se trataba de una alerta sísmica o de un simulacro, pues es bien sabido que en la Alhambra suele temblar. Existe, de hecho, un presagio histórico que dice que un fuerte temblor dejará al descubierto todos los tesoros enterrados en esta montaña que jamás mísero mortal haya visto. Esa es la mitología del lugar.
Acatando la orden, desalojamos el sitio. Nos reunieron a todos en el cruce de los Palacios Nazaríes. Había mucha confusión. La vigilante repetía que a ella solo le habían dado órdenes, mientras las guardias hablaban entre sí sin saber muy bien qué hacer. Aprovechando el desconcierto, yo seguí mi camino hacia los Palacios Nazaríes. Eran las 9:30 a. m., el momento perfecto para hacer la fila.
Seguí otro sendero flanqueado por verdes setos que evidenciaban un riguroso trabajo de jardinería. Antes de entrar, pasé por el Palacio de Carlos V, quien en su intento de sobrepasar el arte moro, construyó una monumental finca donde vivió un gran romance con su esposa, Isabel de Portugal, entre muros en construcción y un sinfín de claveles plantados por toda la Alhambra. En este monte han estado los Reyes Católicos —quienes aquí reinaron y murieron, y cuyos restos descansan hoy en la Capilla Real de la catedral, donde hay que pagar 7 euros para ver sus sepulturas—, Carlos V con su esposa, y también las tropas francesas durante la invasión napoleónica.
Al llegar a la puerta de la Alcazaba, comprendí que no tenía tiempo para visitar esa fortaleza militar, pues la fila para los Palacios Nazaríes ya estaba avanzando. Mostré nuevamente mi código QR y me adentré en el corazón del conjunto palaciego. Me recibieron abundantes muros y techos forrados de estuco y filigranas de una finura asombrosa. Crucé el Palacio de Comares y salí al Patio de los Arrayanes (idéntico a uno que existe en el Alcázar de Sevilla).
Finalmente, ingresé al célebre Patio de los Leones. Me impactó profundamente estar en ese espacio ya inmortalizado por tantos escritores. Las columnas de mármol componen la postal más conocida de este lugar. En el centro, los leones de piedra parecen desentonar un poco con la delicada belleza arquitectónica del entorno; sin embargo, la fuente aporta una fuerza central indiscutible al patio. Cada pared exhibe adornos tan elegantes que hacen sentir que el lugar fue diseñado para una fiesta eterna y sin tiempo.
Subimos unas escaleras y atravesamos varias habitaciones. Desde la ventana de una de ellas, divisé el Jardín de Lindaraja. En ese momento se me embotó el pensamiento. El hombre suele construir una casa o un castillo para su dama, y lo adorna con un corredor para colocar macetas; pero construir un jardín de esa magnitud… eso solo pudo haberlo hecho el rey nazarí Muhammad V, quien diseñó este espacio exclusivamente para que en él entrara la poesía. Es un mirador imponente que descansa la vista. Aquí descansaba la sultana Lindaraja, aquí el emir reposaba el pensamiento y aquí, sin duda, nacen los versos.
Continuando el recorrido por los aposentos, llegué al aposento donde se hospedó Washington Irving, el escritor que en 1827 dio fama universal al lugar con sus Cuentos de la Alhambra. Bajé después al piso donde se encuentra el jardín y su fuente. Es verdad: la inspiración tiene alas. Hubiera querido quedarme más tiempo allí, pero no era posible. Lo haré en el recuerdo o en un próximo viaje, pues la experiencia amorosa siempre se disfruta mejor la segunda o la tercera vez. La Alhambra se entregará igual; tras una segunda, tercera o después de millones de lunas nuevas, seguirá siendo infinitamente interesante.
Salí del jardín y llegué al Partal, otro palacio hermoso que marcaba ya mi ruta de salida. Caminé por el Paseo de las Torres, contemplando su fosa de defensa y, a lo lejos, el Generalife. Vi la torre de las infantas Zaida, Zoraida y Zorahaida, y finalmente arribé de nuevo al cruce de caminos original. Mi visita a la Alhambra había concluido. Eran las 12:30 horas del citado viernes.
Desayuné en un pequeño restaurante ubicado a la salida del recinto. Antes de abandonar el sitio, vi un mural con unos versos de Jorge Luis Borges, versos que honran al poeta y al lugar.
¿Y los tesoros de la Alhambra? Al final, los encontré. Cargué conmigo los que pude, aquellos que sé que puedo disfrutar y compartir al lado de los míos. Dejé la mayor parte allá arriba, pues son incontables las alhajas y joyas que existen en ese lugar, y no quiero que la avaricia me dañe. Encontré el tesoro más grande que un ser humano puede poseer: el placer de vivir. Estoy seguro de que quienes han visitado la Alhambra se han traído ese mismo botín; y si alguien fue, miró y no se lo trajo o no lo encontró, es obligatorio que regrese por él.
Porque el tesoro de vivir… es la maravilla más grande del mundo y de la existencia.
FUENTE: F.J.A. (MÉXICO) https://www.facebook.com/photo?fbid=10216440195112980&set=pcb.10216440386677769

