POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.
El tesoro de Mary” es el título del libro editado por Eduardo y Felipe-López Aranguren (ed. Carena, 2026, 110 págs.) dedicado a su madre María Pilar Quiñones Villanueva (Sevilla, 1909 – Madrid,1990), esposa del filósofo José Luis López Aranguren Jiménez (Ávila, 1909 – Madrid, 1996).
El libro, compuesto a partir de un ilustrativo álbum de dedicatorias a la anfitriona, firmadas por intelectuales y artistas reunidos en torno suyo, y ahora tributado a Ávila, se presentará el próximo martes, 3 de noviembre, en El Episcopio (19:00 h.), con intervención Eduardo López-Aranguren, Amelie Aranguren y quien suscribe, Jesús Mª Sanchidrián, Cronista Oficial de Ávila.
«Durante treinta años, Mary Quiñones presentó ante treinta y seis escritores, intelectuales y artistas este cuaderno que ella conservó como una colección de pequeñas joyas que surgieron por su presencia.
Estamos seguros de que las firmas y las fechas forman también parte de la historia de España, y que son un reflejo de buena parte de la cultura española del siglo XX. Ella supo de la riqueza que aquí se muestra y es por eso que este es un libro tan raro como las piedras preciosas», dicen los editores del libro.
Eduardo López-Aranguren nos muestra a Mary Quiñones, su madre, como «una mujer guapa, de buena planta, con buen gusto, elegante sin ostentación, discreta en sus relaciones sociales». Nació en Sevilla y al morir su padre en 1925 se trasladó con su madre y sus dos hermanas a Madrid, donde obtuvo el título oficial de enfermera.
En 1938, contrajo matrimonio con el filósofo abulense José Luis López-Aranguren, con lo que «adquirió un mayor relieve en la sociedad española y en el mundo intelectual occidental a partir de mediada la década de 1940 y, especialmente, a partir de 1955, por sus ensayos [de López-Aranguren] sobre Filosofía Moral y Filosofía Política, por su profesorado en la Universidad de Madrid y por su posición crítica del dictatorial régimen franquista».
Del matrimonio nacieron cuatro hijos (José Luis, Eduardo, Felipe y Alfonso) y tres hijas (Pilar, Isabel y María), y «durante muchos años, Mary Quiñones desempeñó competentemente su rol de gestora administradora de casa y familia». También según sus hijos, Mary Quiñones «no fue intelectual ni artista.
Le gustaba la música clásica y el flamenco, la novela negra, también la novela española y latinoamericana el siglo XX y le interesaba la pintura contemporánea». «Era una andaluza de pro. Le gustaba el teatro e incluso hizo sus pinitos en el teatro amateur. Tocaba los palillos, «no las castañuelas, sino los palillos, como Lucero Tena» decía, conocía el lenguaje del abanico»,
En la ciudad de Ávila, y en el cercano pueblo de Tornadizos, Mary Quiñones de Aranguren era conocida como la Señora de “El Cerezo”, nombre de la dehesa, distante 6 kilómetros de la capital, propiedad de su marido. Aquí, la familia pasaba largos veranos desde mediados de junio hasta finales de septiembre, y aquí se recibían visitas de familiares y amigos.
Y también en Ávila, sigue su hijo Eduardo, «la Señora de El Cerezo hacía las visitas a los monumentos durante la Semana Santa con nuestro padre y algunos de nosotros (hijos e hijas) y se ocupaba del panteón López Aranguren en el cementerio de la ciudad, que visitaba sin falta el 1 de noviembre de cada año», panteón donde hoy reposan los restos del matrimonio. A lo que añade el hijo Felipe «que no siendo devota tenía apego a la virgen de Sonsoles y caminaba desde la dehesa hasta su santuario».
Llegados a este punto, no se puede por menos que hacer una pequeña referencia a la figura de José Luis López-Aranguren, quien nació dentro del recinto amurallado de la ciudad histórica, y nos dejó un extraordinario testimonio de abulensismo en su libro Ávila de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz (Planeta, 1993), que es guía espiritual y libro de viaje, donde dice: «he eligido Ávila para recordar, visitar, soñar y, un día, ser llevado a reposar».
La ciudad agradecida y orgullosa de rindió un entrañable homenaje en 1997, en reconocimiento a quien había sido catedrático de Ética y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, un intelectual de reconocido prestigio, y promotor y participante en las Conversaciones de Gredos.
Con tal motivo, el Ayuntamiento organizador del homenaje le dedicó también una calle en el barrio de las Hervencias, y la Junta de Castilla y León nominó un instituto y residencia de estudiantes con su nombre, a la vez que se felicitó por la concesión del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1995.
“El tesoro de Mary” que acaba de editarse se nos presenta como una colección excepcional de poemas, textos inéditos y dibujos realizados por figuras ilustres, sobre los que escribe el hijo Felipe:
«Todos rezuman amistad y buenas intenciones. Todos, incluidos los pintores, intentan expresar algo inefable. Si me olvido de que eran poemas y escritos para mi madre, lo que queda es una colección de bellos textos que pueden ser leídos por cualquiera como escritos y dibujos originales y de estupenda factura.
Así queda de manifiesto que este no es un libro sólo de firmas, sino que su contenido merece su publicación, más allá de lo anecdótico. La calidad de los firmantes y sus textos y dibujos por sí solos la justifican».
Efectivamente, aunque el origen de las piezas es el afecto personal hacia la madre de los autores, hay que destacar el valor artístico y literario de las colaboraciones, las cuales trascienden al motivo circunstancial en el que se produjeron, añadiendo especiales relevancias históricas y culturales, lo que evidencia la necesidad de compartirlas con el público general, de ahí el acierto de la familia López-Aranguren Quiñones en su edición.
En la larga lista de escritores, artistas, poetas, pintores, etc. que Mary Quiñones rescata de primera mano a través de la escritura, caligrafías, trazos manuscritos, dedicatorias y firmantes, «aparecen dos premios Nobel, nueve académicos de la RAE, cinco pintores que han hecho dibujos, filósofos, poetas, novelistas, un par de médicos y hasta un arabista». He aquí la relación completa de los autores que suscriben las páginas del álbum:
Álvarez Quintero, Serafín y Joaquín: Dramaturgos y poetas.
Francisco Rodríguez Marín: Poeta y paremiólogo, Académico de la Lengua y de la Historia .
Ricardo León: Novelista y poeta, Académico de la Lengua.
Jacinto Benavente: Dramaturgo, premio Nobel de Literatura 1922.
Blanca de los Ríos: Poeta, novelista, crítica literaria.
Mariano Benlliure: Escultor, estilo realista histórico.
Armando Palacio Valdés: Novelista y crítico literario.
Eduardo Marquina: Novelista, poeta, dramaturgo, periodista.
Concha Espina: Escritora, novelista, Premio Nacional de Literatura.
Gregorio Martínez Sierra: Dramaturgo, editor, empresario teatral.
Federico García Sanchiz: Ensayista, novelista, Académico de la
Lengua.
Manuel Benedito Vives: Pintor, Académico de Bellas Artes de San Fernando.
Gregorio Marañón: Médico, científico, historiador, político, Académico de la Lengua, Historia, Medicina, Bellas Artes, y Ciencias Exactas.
Manuel Machado: Poeta y dramaturgo.
Antonio Machado: Poeta y profesor.
Ramón Menéndez Pidal: Filólogo, historiador, Académico de la Lengua y de la Historia.
Eugenio d’Ors: Filósofo. Jurista, periodista, crítico de arte, Académico de la Lengua y de Bellas Artes de San Fernando.
Adriano del Valle: Poeta, escritor de cuentos, Premio Nacional de Poesía.
Eduardo García Gómez: Filólogo, arabista, Académico de la Historia y de la Lengua, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Aron Cotrus: Poeta rumano, diplomático, en el círculo de Eugenio d’Ors.
Virginia A. Cotrus: Traductora, esposa de Aron Cotrus.
Luis Felipe Vivanco: Arquitecto y poeta.
Leopoldo Panero: Poeta, Premio Nacional de Literatura.
Juan Marichal: Ensayista, historiador de las ideas, crítico de arte, Profesor en la Universidad de Harvard.
Rafael Zabaleta: Pintor expresionista y postcubista.
José María Pemán: Poeta, dramaturgo, ensayista, Académico de la Lengua y de Jurisprudencia.
José Camón Aznar: Catedrático de Teoría e Historia del Arte, Académico de Bellas Artes de San Fernando, de Historia, y de Ciencias Morales y Políticas.
Gerardo Diego: Poeta, crítico literario, profesor, Académico de la Lengua, Premio Nacional Cervantes.
Joaquín Vaquero Turcios. Pintor, arquitecto, Académico de Bellas Artes de San Fernando.
Pedro Mourlane Michelena: Periodista, ensayista, crítico literario.
Rafael Sánchez Mazas: Periodista, novelista, político.
José María Valverde: Poeta, crítico literario, catedrático de Estética.
Benjamín Palencia: Pintor, Académico de Bellas Artes de San
Fernando y San Jordi.
Pedro Laín: Catedrático de Historia de la Medicina, filósofo, Académico de la Lengua (director) y de Historia.
José Ortega y Gasset: Catedrático de Filosofía, Académico de Ciencias Morales y Políticas.
Vicente Aleixandre: Poeta, Premio Nobel de Literatura 1977, Académico de la Lengua.
A continuación, nos detenemos en las figuras de dicha lista para compartir en Ávila los lazos de paisanaje y querencias comunes que tanto nos unen.
Los Hermanos Álvarez Quintero (Serafín, 1871-1938 y Joaquín, 1873-1944) siempre estuvieron presentes en la programación de cartelera abulense. Así, en 1899, en el Teatro Principal se representó la comedia “La vida íntima” y el juguete cómico “Las mantecadas”, siguieron “La buena sombra”, “Pepe Gallardo”, “El Chiquillo”, etc. Podría decirse que en años sucesivos toda la dramaturgia de los Quintero pasó por los escenarios abulenses.
Aleatoriamente, citamos las representaciones “El Nido” y “El patio”, en 1902; y las que tuvieron lugar en 1913, por ejemplo: “La escondida senda”, “Los Galeotes”, “Amores y amoríos”, “Malvaloca”, “Las de Caín”; o estas en el escenario de El Coliseo “Patria chica” y “La Reina”. En 1914, en el Teatro Principal se exhibió “La Reja” y “El Nido; y en el Coliseo Abulense “Amor a oscuras”. A estos títulos podríamos añadir del popular repertorio de los Quintero la gran mayoría de las doscientas obras, entre comedias, sainetes, zarzuelas y dramas, las cuales fueron representadas en Ávila.
En 1933 fue cuando Serafín y Joaquín escribieron para Mary Quiñones con el gran cariño que se profesaban: «Hojas que vais a guardar / las flores del pensamiento / que a Mary le han de brindar / la devoción y el talento». Al mismo tiempo, el 2 de diciembre de 1933 se estrenó en Ávila la comedia “La luz”, compartiendo programación este mes con “La verdad juventada”, de Benavente, y “La voz”, de Muñoz Seca.
El folclorista, lexicógrafo, cervantista y director de la RAH, Francisco Rodríguez Marín (1855-1943), dedica un hermoso madrigal: «Flor sin aroma es apariencia; es nada; / pobre y mentido bien es la hermosura / en un soplo pasada, / y aroma la virtud; sólo ella dura».
Y Francisco Rodríguez le leemos en la jugosa correspondencia que mantuvo con el presbítero e historiador José Mª Aguado Capellán de las Clarisas de Rapariegos (Ávila), editor de ediciones críticas de las obras de San Teresa
El novelista y poeta Ricardo León y Román (1877-1943) estampó junto a su firma la siguiente dedicatoria: «Mary Quiñones: el alma / de Sevilla, la virtud / de su espíritu, que sabe, / como el Divino Jesús, / hacer la vida más dulce, / menos pesada la cruz».
Igualmente, es el autor de poemas dedicados a Teresa de Ávila, nombre que dio a su residencia en Galapagar, y la ciudad amurallada: «Enséñame, oh Teresa, en mi camino, / el secreto de amor que tú supiste, / para encontrar el término divino / del alma que un día limpia criaste» (“A mi Santa Patrona Teresa de Jesús”, Alivio de caminantes, 1911).
«Y allí de piedra y misticismo armada, / se yergue Ávila, la de recios muros, / la que guarda en su entraña cobijada / los siglos santos y los tiempos puros» (La lira de bronce, 1901)
El dramaturgo y Premio Nobel Jacinto Benavente (1866-1954), en su dedicatoria a Mary Quiñones escribió los siguientes enigmáticos versos: «La verdadera historia / de las mujeres no se / escribirá nunca con sus hechos, / sino con lo que han / dejado de hacer».
De la misma manera, Jacinto Benavente acuñó el dicho teresiano: «Teresa sola, nada; Teresa con un centavo, poco; Teresa con un centavo y Dios, lo es todo», al tiempo que en Ávila el público disfrutaba con su juguete cómico “El tren de los maridos” que se estrenó en el Teatro Principal en 1902, título al que siguieron numerosas obras del dramaturgo, como la titulada “Los intereses creados”, representada en el Coliseo Abulense en 1911.
Entre otros dramas, el titulado “La Malquerida”, se puso en escena en el Teatro Principal el 29 de septiembre de 1923l, meses después de su estreno en Madrid: «Fue un éxito clamoroso que no olvidaremos» (DAV, 25/03/1914). La función compartió cartelera en la nueva temporada con “Malvaloca” de los hermanos Quintero. Y coincide que el drama rural “La Malquerida” fue inspirado y escrito bajo el cielo abulense que cubría la Sierra de Gredos en el horizonte, en la casa “Villa Rosario”, donde de autor residía a temporadas en el municipio de Aldea en Cabo (Toledo).
La escritora Blanca de los Ríos (1859-1956) estudió la figura y la obra de santa Teresa de Jesús, sobre quien conferenció y escribió entre 1913 y 1916: Influjo de la mística de Santa Teresa, singularmente sobre nuestro grande arte nacional, Santa Teresa de Jesús, escritora, El feminismo de Santa Teresa, Santa Teresa de Jesús y su apostolado de amor, Guía espiritual de España, Ávila y Santa Teresa, El lenguaje de Santa Teresa o Santa Teresa de Jesús ante la Psicología.
Así mismo, en III Centenario de la beatificación de la Santa apuntó: «Ávila no es una ciudad en una época muradas, es la Edad Media con almenas; la catedral con coraza; las casas estribando en el adarve, como para gentes que había de defender el templo y el hogar con la almena y con el pecho, y que vivían sin desceñir la armadura» (Homenaje a Santa teresa, 1914).
Y a Mary Quiñones le dedicó los siguientes versos: «Alta prerrogativa es ser hermosa, / ser joven es ser dueña del mañana, / pero más que ser bella es ser graciosa, / tener la juventud de la alegría, / la aureola ideal de la Poesía, / ser de las rosas y el azahar hermana / y ser novia del Sol, ser sevillana».
Mariano Benlliure (1862-1947) es el gran escultor del realismo del siglo XIX y principios del XX, considerado como el renovador de la escultura contemporánea española.
El fue quien labró a la reina abulense en el conjunto «Isabel la Católica recibiendo a Cristóbal Colón» (Granada, 1892) y el mausoleo de Práxedes Mateo Sagasta del Panteón de Hombres Ilustres (Madrid, 1903) financiado con suscripción popular de los liberales de Ávila y del resto de España.
En el álbum de firmas ‘esculpió’ con tinta un curioso dibujo de su nieto mostrando su expectante rostro y anotando al margen: «Mi nietecito …. empieza la vida / y el abuelito …. empieza la de su arte».
Armando Palacio Valdés (1853-1938), en la dedicatoria a Mary Quiñones escribió: «No solo por egoísmo sino / por caridad debemos procurarnos / la alegría. Un semblante / alegre es un tónico para / todo el mundo».
Antes, en el libro “Marta y María” (1883), noveló el camino espiritual de perfección de Teresa de Ávila como guía de una de las protagonistas: «María cogió de nuevo el libro, acercó una silla a la ventana y, sentándose en ella, se puso a leer, porque la luz ya se lo permitía. Era la Vida de Santa Teresa», cuya figura y la tradición religiosa de la meseta castellana aparece de forma recurrente como el ideal que el personaje intenta alcanzar.
El dramaturgo Eduardo Marquina (1879-1946) escribe la siguiente dedicatoria fiel a su estilo de transición modernista que resumimos: «Una fuente escondida / y un caminar con sed / y al final del camino, / encontrarla y beber».
Mientras, en Ávila es reconocido por sus composiciones teatrales y poéticas que retratan a la Teresa de Jesús como una mujer serena y vigorosa, huyendo de visiones tópicas, lo que hizo en escena “La Alcaldesa de Pastrana” (1911) y la exitosa “Santa Teresa. Estampas carmelitanas” (1932). Ello propició que el Ayuntamiento de Ávila honrara al escritor dedicándole una calle de la ciudad.
Un verso de Marquina retrata así los últimos momentos de vida de la mística abulense en Alba de Tormes: «Tierra de Ávila, que dejas / atrás mis cansados pasos, / no oigas mis últimas quejas, / que son de amor los retazos. / Al Esposo voy a ver, / rota la celda de arcilla… / ¡Qué dulce es el fenecer / cuando la luz ya nos brilla!» (La muerte en Alba, 1940).
La escritora Concha Espina (1869-1995), candidata en varias ocasiones al Premio Nobel de Literatura, en el III Centenario de la Beatificación de Teresa de Ávila, dedicó un hermoso romance al capítulo fantasía de la marcha de Rodrigo y la Santa a tierra de moros:
«Ellos se apresuran hasta deslizarse fuera de la muralla, y solo entonces vuelven atrás los ojos para medir, con cierto orgullo, el conquistado terreno: allí queda el murado recinto con sus adarves erizados de torres, bravo y hermoso como un símbolo de la pujanza española. La magnificencia del espectáculo parece que impulsa a los peregrinos… Ávila de los Santos y de los Caballeros iluminada por los últimos resplandores del sol, fuerte y altiva como un enorme castillo feudal parece sonreír a la andariega niña en este primer romance de sus gloriosas aventuras» (Homenaje a Santa Teresa, 1914).
La dedicatoria de Concha Espina rubricada en noviembre de 1934 dedicada a Mary Quiñones recita: «“Sevillana y bonita” / …Sugestión de hermosura / en todo lo que dura; / un afán de poesía, que resuena / por el ancho universo. / Y esta página / con tu nombre y mi verso».
Y se da la circunstancia de que el sobrino de Concha, Antonio Espina, escritor y militante de Izquierda Republicana con Azaña, fue gobernador civil de Ávila durante la Segunda República.
De la dedicatoria de Gregorio Martínez Sierra (1881-1947) tomamos los siguientes emotivos versos: «Aire fresco de mañana, aire de cristal! / Ella estará en la ventana… todo el auroral / sortilegio del instante le hablará de mí», los cuales predican de su dramaturgia modernista como autor teatral, editor y empresario.
Junto a la figura de Martínez Sierra debemos reivindicar el papel de su esposa María de la O Lejárraga (una dama en la sombra), a quien se atribuye la autoría de las obras de aquel, aunque no las firmaba, muchas de las cuales se representaron a lo largo del primer tercio del siglo XX en Ávila en el Teatro Principal y en el Coliseo Abulense, y algunas en Madrigal de las Altas Torres, Piedrahíta y Fontiveros. Varios títulos fueron “Pascua florida”, “Talismán de amor”, “La sombra del padre”, “El pobrecito Juan”, la triunfadora “Canción de cuna” y “Madame Pepita”.
De Ávila, María Lejárraga en carta dirigida a Falla decía:
«No me sorprende la impresión que te ha causado Ávila: a mí es una de las ciudades que más emoción me han producido: no he pasado en ella más que dos días y no se me puede olvidar, verdad es que santa Teresa es uno de mis héroes favoritos. Me gustaría volver. ¡Aquél silencio, aquellas calles donde crece la hierba, las murallas, el río que apenas se ve sobre el campo!».
Y en Ávila, María Lejárraga participó en un populoso «Mitin de afirmación republicana en Ávila» que tuvo lugar en el Teatro Principal, donde defendió el papel de la mujer en una clara apuesta feminista (DAV, 17/12/2023).
El escritor, académico y célebre “charlista” Federico García Sanchiz (1887-1964) plasmó la siguiente dedicatoria que resumimos: «Mary, estas hojas ruedan como la / noria, y van derramando refulgencias / y arrullos: piropos».
En Ávila, Sanchiz sorprendió por su arrobo y sugestión en la charla lírica que este poeta andariego dio en el Teatro Principal el 22 de abril de 1929: «Ha casado en sus Charlas a la geografía con la poesía, a la Historia con el ritmo musical de la frase perfecta…Es un mago de nuestra raza; es el artista por excelencia, que tiene el privilegio maravilloso de saber transmitir, con insuperable elegancia visiones y sus emociones… La palabra de García Sanchiz se cuela por el misterio de las almas» (DAV, 23/04/1929).
Fue amigo del sacerdote y archivero municipal, José María Sánchez Bermejo, a quien animó en su proyecto fílmico “Ávila y América (1929) y dio carta de recomendación su periplo americano.
En 1935, Federico García Sanchiz dio Charlas en Arenas de San Pedro, sobre las bellezas naturales y artistas del Barranco de las Cinco Villas (DAV, 18/01/1935) y anunció otras en Ávila con el tema “Retablo de la devoción española y Santa Teresa y santa Teresita” (DAV, 5/06/1935), lo que motivó el encuentro que tuvo lugar en el café “Pepillo” un años después (DAV, 27/10/1936) y de la conferencia dada en la iglesia de la Santa (DAV, 9/12/1936).
También intervino en Piedrahíta (DAV, 24/05/1945), en Madrigal de las Altas Torres sobre «Las torres altas de Madrigal de las Altas Torres» (DAV, 11/09/1954), y en Arévalo, volviendo a Ávila en 1959.
Fue pregonero mayor honorario de la gran convocatoria de la revista oral “Hontiveros” que dirigía desde Granada el periodista abulense Rafael Gómez Montero. El encuentro de los pregoneros de España fue un acto protagonizado por el tío “Colorao”, Crescencio Narrillos, el último pregonero oficial que tuvo la ciudad de Ávila (DAV, 21/01/ y 14/11/1963).
Manuel Benedito y Vives (1875-1963) dejó su impronta en el libro de visitas de Mary Quiñones con un hermoso retrato dibujado y coloreado de expresivo rostro, grandes ojos y feliz sonrisa, y un llamativo clavel rojo entre el pelo.
Benedito, fue un pintor valenciano que inició su carrera en el taller de Sorolla. Años después, Sorolla pintó la luz de Ávila y a su figura siguió Benedito en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en la Hispanic Society of America y en el Patronato del Museo Sorolla que presidió. Benedito fue un pintor realista, sobrio y elegante que practicó el retrato y temas populares, castizos y costumbristas de la Castilla rural.
En su juventud trabajó, igual que Sorolla, como ilustrador de “La Revista Moderna” (1897-1899) que había fundado el arquitecto republicano Félix de la Torre y en la que publicó más de una veintena de dibujos y pinturas. Y de Félix de la Torre coincide que Ávila exhibe en el Palacio Superunda – Caprotti sendos retratos pintados por Sorolla de él y de su esposa Laura Hernández, cuñada del marqués de Benavites de linaje abulense aquí afincado.
El médico, científico, escritor y académico Gregorio Marañón (1887-1960) apuntó en 1936 en el álbum de autógrafos de Mary Quiñones: «Lo terrible del triunfo es que / no se satisface con nada. La gran / gloria parece mezquina / al que la ha conquistado; y se envidia la pequeña / gloria del que pasa. Con esto ¡como se parece la gloria al amor!».
Sobre Ávila, Gregorio Marañón escribió un ilustrativo prólogo titulado «Caballería y misticismo» al libro de fotografías “Ávila. Notas de Arte” (1947), de Ignacio Herrero de Collantes, Marqués de Aledo, donde se incluyen 52 láminas a toda página de otras tantas vistas de la ciudad y sus monumentos:
«Ávila es la Ciudad de los Caballeros… Esto es Ávila: Caballería y Misticismo… Aún vaga por las calles, por las casas, por los conventos abulenses, la sombra de santa Teresa, el gran Quijote de carne y hueso».
Manuel Machado (1874-1947), poeta y dramaturgo, firmó en el original dietario de Mary Quiñones en abril de 1936 con los versos «… Bella – no vista y soñada – / ¿qué madrigal ofrecerte, / a ciegas, y sin la suerte / de cegarme tu arrebol? / Te llamaré: “más que sol” , / Pues me cegaste sin verte».
Por otra parte, en Ávila encontramos a Manuel Machado dialogando directamente con Santa Teresa reelaborando su célebre estribillo que tenía pegado a la cabeza: «—Vivo sin vivir en mí / —y tan alta vida espero, / —que muero porque no muero». Y a partir de esta cancioncilla, compuso el siguiente poema: «Santa Teresa. Morir de no morir —¡qué bien decías!— / es mi pena también cuando en ti pienso. / Y, contagiado de tu amor inmenso, / vivo sin mí cual tú sin ti vivías…».
El poeta Antonio Machado (1875-1939) dedicó a Mary Quiñones los siguientes versos: «Escribiré en tu abanico: / te quiero para olvidarte, / para quererte te olvido. / Te abanicarás más / con madrigal que diga: / «En amor el olvido pone la sal»». Mientras, en Ávila todavía resuenan aquellos acordes poéticos del recitado en la escuela del famoso poema: «Anoche cuando dormía / soñé ¡bendita ilusión! / que una fontana fluía / dentro de mi corazón. / Di: ¿por qué acequia escondida, / agua, vienes hasta mí, / manantial de nueva vida / en donde nunca bebí?…» (Soledades, Galerías. Otros poemas, 1907).
Y lo tramemos a colación porque se trata una poesía que, según un análisis filológico y simbólico de Rodrigo Álvarez Molina responde a una estructura propia de la tradición mística, que coincide con el lenguaje de Las Moradas de Teresa de Ávila, la cual no solo está presente como intertexto, sino como germen profundo de la imaginería machadiana (“Santa Teresa y Antonio Machado”, Cuadernos para la investigación de la literatura hispánica, 5/1983).
Machado vuelve a la Santa en los versos «¡Teresa, alma de fuego, / Juan de la Cruz, espíritu de llama, / por aquí hay mucho frío, padres nuestros / corazoncitos de Jesús se apagan!» (Proverbios y cantares, nº XX, 1912).
Y en «¡Noches de Santa Teresa! / Ya no hay quien medita de noche / con las ventanas abiertas» (Apuntes y canciones, nº 5, 1924). También lo hace en el prólogo del libro “Helénicas”¸ de Manuel Hilario Ayuso (1914) cuando cita: «Dios anda entre pucheros». Y lo mismo ocurre al referirse a Francisco Giner de los Ríos: «Tenía el alma fundadora de Teresa de Ávila y de Iñigo de Loyola» (El Porvenir Castellano, 4/03/1915).
Finalmente, algunos poemas los firma en Ávila (por ej. Soneto a Eugenio d’Ors, 1921), lo mismo que en el discurso de nombramiento de Hijo Adoptivo de Soria dijo: «Ávila, la del perfecto muro torreado es en verdad mística y guerrera, o acaso mejor como dice el pueblo, ciudad de cantos y de santos» (El Porvenir Castellano, 1/10/1932).
Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) Filólogo, historiador, Académico de la Lengua y de la Historia anotó: «Vayan estas líneas modestamente / confundidas en el séquitos del trovador / Rudel que navega hacia la Princesa / lejana y desconocida».
Tal y como recuerda Claudio Sánchez Albornoz (Leoplan, magazine popular argentino, 1945), y recoge el diario ABC (enero de 1974), en Agosto de 1926, Ramón Menéndez Pidal, su hijo Gonzalo, Amárico Castro y el propio D. Claudio hicieron una excursión a la Sierra de Gredos, expedición de investigación folclórica en la que Menéndez Pidal aprovechó para recoger diversos romances por boca de las gentes del lugar, lo que hizo, por ejemplo, en el «Callejón de los lobos» (Zapardiel de la Ribera), donde, rodeado de pastores, anotó el romance de “La Loba Parda” dicho por Melitón Martín.
Igualmente, el abulensismo de don Ramón se nota en su célebre ensayo “El estilo de Santa Teresa” (1941), incluido en “Estudios sobre Santa Teresa· (Ed. José Polo, 1998): «En sus escritos encontramos formas propias de la arcaica habla hidalga de Ávila –que vivía la más vieja tradición castellana–, en la que Teresa se crió… Su estilo no es más que el abrirse la flor de su alma con el calor amoroso y derramar su perfume femenino de encanto incomparable».
Continuará.
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