POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
Antes de que las grandes superficies inundaran sus escaparates con tenebrosos espantajos y el «truco o trato» monopolizara las calles cada 31 de octubre, Murcia conocía bien lo que era pasar miedo, recordar a sus muertos y celebrar la vida a través de los rescoldos de la tradición. Lo que hoy conocemos como Halloween tiene en la Región un espejo centenario y profundamente arraigado: la festividad de ‘Tosantos’, abreviatura de Todos los Santos, un compendio de rituales que dan sopas con honda de tradición a los yanquis.
Camas para las ánimas
La noche previa al Día de Todos los Santos exigía un respeto reverencial en los hogares de la huerta: se preparaba a conciencia una habitación con sábanas impolutas, silencio y mariposas de aceite encendidas. Era el refugio reservado para que los difuntos de la familia regresaran por unas horas a descansar en su antiguo hogar, mientras las abuelas advertían a los niños con un «¡Callad, callad, no despertéis a las ánimas!». Una estampa casi fantasmal que hoy resiste en algunas pedanías.
La orillica del quijal
Si el interior de las casas se sumía en el recogimiento, el exterior bullía con una mezcla de travesura y vecindad. Mucho antes de que los disfraces importados cruzaran el Atlántico, los niños de los carriles ya recorrían las huertas pidiendo regalos de puerta en puerta. Al grito de «¡La orillica del quijal, si no me la das te rompo el portal!», reclamaban aquellas hortalizas más modestas que crecían en los quijales o márgenes de los bancales. Los vecinos respondían a la chiquillería entregando panochas, granadas o coronas de pipas.
Robos de macetas por amor
Los adultos tampoco se quedaban atrás en cuanto a picaresca festiva. Mientras algunos gamberros aprovechaban la noche de los muertos para tapiar puertas y ventanas a modo de broma pesada, los más enamorados protagonizaban robos de macetas perfectamente calculados. Esas macetas se colocaban después, a modo de obsequio, en las puertas de las casas de sus novias.
Calabazas encendidas
El terror rural también tenía su propia iconografía vegetal. Antes de la moda de las calabazas americanas, los abuelos de la tierra vaciaban calabazas alargadas o de peregrino, les tallaban muecas terroríficas con navajas e introducían una vela encendida en su interior. Estas «calabazas de las ánimas» se colocaban estratégicamente en los cruces de las oscuras veredas para asustar a los vecinos que regresaban tarde por las sendas.
Sabrosos huesos de santo
El folklore murciano de ‘Tosantos’ tenía, cómo no en esta tierra donde nada sabemos celebrar sin comer, su traducción gastronómica. El cronista Díaz Cassou ya apuntaba en 1888 la devoción local por consumir gachas, arrope y calabazate en esta festividad. A ello se sumaban los codiciados huesos de santo, cuya elaboración artesanal en obradores emblemáticos como ‘La Milagrosa’ obligaba al maestro confitero a emplear hasta veinte días de trabajo con pasta de almendra, azúcar y yema de huevo.
Antiguos auroros entonando sus salves en recuerdo de los fallecidos y las ánimas del Purgatorio.
Antiguos auroros entonando sus salves en recuerdo de los fallecidos y las ánimas del Purgatorio.
Tostones con anís
En las mesas y hogares de la huerta, el aroma inconfundible tras caer la tarde lo ponían los tostones (las palomitas de maíz de toda la vida). Se preparaban saladas, azucaradas, aromatizadas con anís o bien prensadas a mano con miel hasta formar sabrosos bloques compactos, una delicia cuya costumbre aún impregna el ambiente en estas fechas.
Auroros y mocos de pavo
En los cementerios, el decorado floral difería bastante del actual: las tumbas se adornaban con amarantos, conocidos popularmente en la huerta como «mocos de pavo» por su caprichosa forma carnosa similar a la carúncula de estas aves. Además, ‘Tosantos’ marcaba el inicio del Ciclo de Difuntos para los Auroros, quienes acudían a los camposantos a entonar sus remotas salves dedicadas a los que ya se fueron.
Estrenar ropa
Aquella jornada de ‘Tosantos’ no era solo un momento de duelo y oración, sino un acontecimiento social de primer orden. Era el día oficial para estrenar ropa y acudir al camposanto, un lugar que funcionaba como punto de reencuentro entre vivos y muertos, y también entre antiguos conocidos. Allí los niños correteaban, los adolescentes flirteaban y los mayores intercambiaban confidencias entre las tumbas.
