POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.
Con la institucionalización de los Patronatos de Turismo en España en 1930 se empezó a promocionar la ciudad y su muralla a través de publicaciones y folletos, donde la literatura dejaba paso al lenguaje visual. A esta idea contribuyeron enormemente las fotografías de Ávila que hicieron Antonio Prast, el Marqués de Santa María del Villar, Otto Wunderlich, José Mayoral Encinar, Pelayo Mas, Loty, Josep María Lladó, Mariano Moreno, Rodríguez, Marín, A. Verdugo, Joaquín del Palacio “Kindel”, José Mª Velayos y Santos Delgado, así como los libros de fotografías de Ignacio Herrero de Collantes (Marqués de Aledo) y de Emmanuel Sougez, y las guías de Ávila de Santiago Alcolea (1952) con fotografías del archivo Mas, de Camilo José Cela con fotos de Eugen Haas (1957), y de Luís Belmonte con fotografías de Antonio de la Cruz Vaquero (1965), entre otras.
Loty, Lladó y Kindel, son tres de los fotógrafos de renombre que desarrollaron una importante actividad de promoción turística de Ávila y España, lo que hicieron trabajando para el Patronato Nacional de Turismo o la Dirección General de Turismo durante el periodo 1930-1960. Todos ellos dejaron importantes fondos fotográficos que testimonian al historia monumental de Ávila, la cual se divulgó en guías y folletos, incluso en postales, donde la imagen de la muralla cobra especial protagonismo.
Loty, acróstico de Charles López Alberty, (1897-1936), fue un fotógrafo francés que viajó por España en 1918 estableciéndose después en Madrid, donde montó una empresa de papel fotográfico industrial y formó un interesante archivo fotográfico que comercializó en postales, contando para ello con el trabajo del portugués Antonio Passaporte, autor de la mayoría de las fotografías. La casa Loty es conocida en Ávila a través las vistas de la ciudad realizadas hacia 1929,
las cuales fueron distribuidas como tarjetas postales impresas en papel fotográfico con una excelente calidad y presentación. Dichas postales fueron editadas con el anagrama de “Colecciones Loty”, si bien alguna de ellas llevaban el sello de la madrileña casa Palomeque. En las fotografías de Loty debemos destacar su originalidad y las nuevas perspectivas y composiciones que se ofrecen de los monumentos y calles de la ciudad, lo que la hacen todavía más atractiva, como se aprecia en las imágenes del puente Adaja, la ermita de San Segundo, y las propias murallas.
También trabajó Loty para el Patronato Nacional de Turismo, y fruto de esta actividad fueron los folletos turísticos de Ávila editados a partir de 1930 donde se incluyen reproducciones fotográficas en huecograbado.
La promoción turística de Ávila, con su imagen imperecedera de ciudad mística, artesana y militar, encontró en la fotografía de Josep María Lladó (1903-1956) uno de sus mejores exponentes. Lladó fue un fotógrafo que destacó como activista amateur y militante en corrientes estéticas y vanguardistas, con mezcla de rasgos pictorialistas experimentales, y su fotografía fue utilizada por el Patronato Nacional de Turismo para mostrar y enseñar Ávila en folletos turísticos durante la década de 1930.
De estas imágenes destacamos una vista general de la ciudad y las murallas que muestra su aspecto cautivador desde la lejanía. Lladó también formó un interesante archivo fotográfico de carácter artístico que es de gran utilidad para documentar la muralla y el patrimonio histórico y cultural de Ávila.
Ávila y la muralla fueron retratados también por la cámara de Kindel, quien hacia 1930 nos dejó la vieja imagen de la Posada del Rastro y otros lugares de hospedaje de viajeros y caminantes, entre otras vistas de la ciudad. Kindel fue el nombre artístico de Joaquín del Palacio Juncosa (1905-1989), un fotógrafo madrileño cuya producción es puente entre el espíritu de las primeras vanguardias y la generación posterior.
Después de la guerra civil trabajó para el organismo de “Regiones Devastadas” haciendo reportaje social, y para la Dirección General de Turismo, Coros y Danzas de la Sección Femenina, y la revista del Colegio de Arquitectos.
La guerra civil supuso la paralización de la intensa y progresiva actividad fotográfica del primer tercio de siglo, cerrando numerosos talleres y estudios, no reanudándose la producción de postales, por ejemplo, hasta la década de los cincuenta. Y así ocurrió con la empresa Loty que cerró en 1936, siendo vendidos sus fondos a la Casa Arribas de Zaragoza. Lógicamente, en tiempos de guerra no circulaban muchas postales y las materias primas como el papel y los carretes eran bastante escasos, por ello llaman la atención las fotografías que hicieron los miembros de la Legión Cóndor asentados en Ávila.
Entre estas imágenes encontramos escenas de desfiles en el Mercado Grande, vistas aéreas alrededor de la ciudad amurallada o escenas de soldados motorizados con la muralla al fondo, en las que se respira la frialdad y soledad de los tiempos de guerra. En esta época de guerra civil también fotografió la ciudad amurallada el alemán Kart Meter Karfeld para el libro Spanien. Ein Farbbildwerk (1939) que prologó Francisco de Cossio.
24. A HORCAJADAS DE ALGUNA GIGANTESCA CABALGADURA.
Ávila se convierte en un escenario privilegiado para la literatura de la mano del ganador del premio Nadal de novela de 1947, Miguel Delibes, con La sombra del ciprés es alargada, donde se incluye la emotiva visión Ávila: “La ciudad amurallada, quieta en aquella tarde de noviembre, ofrecía desde allí un aspecto misterioso. Caía por sus extremos como si estuviese colocada a horcajadas de alguna gigantesca cabalgadura. La catedral y otros edificios altos se empinaban, destacando sobre las casas vecinas… La ciudad ebria de luna, era un bello producto de contrastes. Brotaba de la tierra dibujada en claroscuros ofensivos.
Era un espectáculo fosforescente y pálido, con algo de endeble, de exinanido y de nostálgico. La torre de la catedral sobresalía al fondo como una capitán de un ejército de tierra. En su derredor las moles, en blanco y negro, de la torre de Velasco, del torreón de los Guzmanes, de Mosén Rubí…, Ávila emergía de la nieve mística y escandalosamente blanca, como una monja o una niña vestida de primera comunión. Tenía un sello antiguo, hermético, de maciza solidez patriarcal. La villa centrada en plena y opulencia civilización, era como una armadura detonando en una reunión de fraques. Imaginé que no otra, en todo el mundo, podía ser la cuna de Santa Teresa. Porque su espíritu impregnaba, una por una, cada una de sus piedras y sus torres”.
Entre los libros de Ávila, donde la fotografía de autor constituye el motivo principal de la publicación, mientras que el texto es un documento complementario, destacan sobremanera los ya citados anteriormente de Ignacio Herrero de Collantes, Marqués de Aledo, y de Emmanuel Sougez.
Ambos fotógrafos muestran la ciudad y la muralla en toda su amplitud en perspectivas desde los Cuatro Postes y vistas del puente sobre el Adaja o del entorno de la ermita de San Segundo, con lo que se completa la percepción de Ávila que reflejan los ojos de la fotografía. A estos autores hay que sumar también la contribución de Juan Sandelmann (1946), el ecuatoriano Alfonso Ortiz (1948), y de los ilustradores de la revista Mundo Hispánico (1948).
Juan Sandelmann fotografió la España de posguerra en bellas imágenes de Ávila que se publicaron en Imágenes de España (1946), un libro colectivo editado en Buenos Aires por la Delegación de la Unión Internacional de Socorro a la Infancia en América Latina con textos de Rafael Alberti, Alejandro Casona, Rafael Dieste y Lorenzo Varela. Ávila aparece aquí reflejada en llamativas fotografías de llenas de vitalidad done la muralla es la cerca que decora el bullicio de las gentes luchadoras ante la adversidad de la vida diaria.
Ignacio Herrero de Collantes, Marqués de Aledo, escribió e ilustró en 1947 un hermoso libro titulado Ávila. Notas de Arte donde se incluyen 52 láminas a toda página de otras tantas vistas de la ciudad y su monumentos, con prólogo de Gregorio Marañón, quien dice: “Esto es Ávila: Caballería y Misticismo”. El libro forma parte de una colección del Marqués de Aledo iniciada en 1929 con Santillana del Mar y que continuó después con los títulos dedicados a Sevilla (1932) y Salamanca (1944).
Ciertamente, las fotografías de Ignacio Herrero, rubricadas con el nombre de Aledo, ofrecen una merecida visión de Ávila, “elegidas con finísima intuición y aderezadas con y un breve y exacto comentario descriptivo e histórico”, apunta Gregorio Marañón.
Alfonso Ortiz Bilbao (1903-1988), un destacado intelectual y político ecuatoriano que recorrió España en 1948 retratando sus rincones. Antes de emprender este viaje recordaba el autor: “¡España! ¡Santa España! ¿Tendría yo alguna vez la fortuna de conocerla? ¿Visitaría el solar de los Cepeda y Ahumada, cuya sangre anima el corazón de mi mujer y el de mis hijos a través de generaciones, desde, desde que la tataranieta de Don Lorenzo, Doña María Abad de Cepeda casó con Don Tomás Estévez de Toral?”.
Finalmente, Alfonso Ortiz visitó el solar de los Cepeda en Ávila y retrató con buen gusto el lienzo sur de la muralla, la puerta del Alcázar, el palacio de Núñez Vela y la puerta interior del recinto amurallado del mismo nombre, la catedral, el palacio de los Aboín y la plaza del Mercado Chico, imágenes que se incluyen en la obra de este ilustre aficionado publicada por la Universidad de León con el título Una mirada absorta ante España (2003).
Seguimos en 1948 y en el área de las publicaciones de influencia latinoamericana, y aquí nos encontramos con la revista Mundo Hispánico distribuida en Madrid, Méjico y Buenos Aires y Méjico el interesante artículo titulado “Enrique Larreta y su novia para siempre” publicado bajo la rúbrica J.A.C. e ilustrado con 19 fotos en color de José Mª Lara sobre Ávila, en una de las cuales la muralla aparece rodeada de ovejas.
La visión literaria de Delibes se materializará pocos años después en las fotografías de Emmanuel Sougez (1889-1972), quien ilustró magistralmente el libro de Ernesto La Orden con el título, Ávila, el Castillo de Dios (1954), donde la fotografía se apodera de la ciudad, y la imagen engrandecida con extraordinaria calidad convierte el recinto amurallado en un lugar sagrado que bien puede ser un castillo celeste capaz de albergar al mismo Dios. Emmanuel Sougez nos descubre a través de sus fotografías impresas en huecograbado una ciudad pétrea y luminosa que quiere ser permanentemente descubierta.
La fotografía creativa, la ilustración de libros de arte, y la elaboración de textos teóricos e históricos sobre técnica fotográfica son algunas de las manifestaciones que destacan en el interesante trabajo de este fotógrafo.
25. ÁVILA ALZA SU CORONA DE GRANITO.
La representación gráfica de la ciudad encuentra en las guías turísticas un extraordinario escenario gracias a la fotografía de autor, y buenos ejemplos los encontramos en la Revista Geográfica Española (1951), en la guía de Ávila de 1957 que publicó Camilo José Cela con fotografías de Eugen Haas, en las fotos de Nicolás Muller cuyas imágenes abulenses junto a las de Loygorri se, ncluyeron en Rutas de España (1963), en la guía de 1965 de Luís Belmonte con fotografías del abulense Antonio de la Cruz Vaquero.
Estamos en 1951, año en el que la Revista Geográfica Española dedica el número 31 a los “Castillos de Madrid y Ávila” con textos de Ángel Doctor. En esta ocasión llaman la atención las hermosas fotografías de V. Salas del lienzo norte de la muralla, la puerta de San Vicente y del ábside de la catedral, tres de los iconos emblemáticos de la cerca abulense que tanto atraen a los visitantes del momento, igual que también ocurría un siglo atrás. También se incluyen en la revisa imágenes de Arévalo, Madrigal, Barco, Arenas, Mombeltrán, Sotalbo y Las Navas, todo un repertorio provincial.
La guía de Cela ha sido objeto de numerosas ediciones, pero es en la de 1957, con unas cincuenta fotografías de Eugen Hass, y en la de 1960, con otro medio centenar de imágenes tomadas por Antoni Campañá y Andreu Puig, Tormo, Catalá Roca y Eugen Haas, cuando la fotografía impresa en huecograbado recobra especiales connotaciones pictorialistas de gran belleza, y de nuevo las murallas, el paraje de los Cuatro Postes, la ermita de San Segundo, el puente Adaja y diversas vistas sobre la ciudad aparecen con un merecido protagonismo.
A la vista de imágenes similares, Dionisio Ridruejo escribió en 1968 para el libro Castilla la Vieja “Ávila rezuma Castilla en el aire que respira y que la circunda, en la límpida atmósfera que la envuelve en un algo indefinible y alado”), texto que en la edición de 1974 estaba profusamente ilustrado con fotografías de Francés Catalá Roca y Ramón Camprubí donde Ávila y toda su grandeza aparecen justamente representadas por estos fotógrafos de la vanguardia catalana.
En estos años cincuenta, Nicolás Muller (1913-2000), fotógrafo húngaro de origen judío nacionalizado español en 1948, fue el retratista de la élite intelectual y de los pueblos de España, también de la provincia de Ávila, en cuyo recorrido nos dejó una bella imagen titulada Lavanderas de Arenas de San Pedro, y otras de Gredos y de Madrigal de las Altas Torres, al mismo tiempo retrató al pintor Eduardo Chicharro mientras pintaba uno de sus cuadros sobre tipos de Ávila.
En el mismo libro de Rutas de España (1963) donde se publican las fotos de Muller, la ciudad de Ávila aparece retratada desde el atrio de San Vicente por Loygorri. Este autor, colaborador también de La Esfera, Blanco y Negro y El Norte de Castilla, también dibujó la imponente muralla en el detalle de la puerta de San Vicente captando su especial y singular atractivo para los viajeros.
“Asentada en un elevado risco, Ávila alza su corona de granito, como una página roqueña de la historia de Castilla. En la amplia meseta castellana, abrupta y difícil, Ávila es un romance heroico y legendario, un cantar de gesta. Sobre su caserío se alzan torres y espadañas, aunándose lo místico y lo bélico”, escribió Luís Belmonte Díaz en la Guía de Ávila (1964) que ilustró con bellas fotografías Antonio de la Cruz Vaquero, fotógrafo abulense que y antes había colaborado en el libro El Alma de Larreta se llama Ávila (1949) de Rafael Gómez Montero.
La fotografía de Antonio de la Cruz sobresale por la técnica avanzada que pone al servicio de nuevas perspectivas y ambientes que presentan el cielo y la luz de Ávila, y las originales vistas y panorámicas de la ciudad amurallada responden a esta idea.
En la misma línea, destacamos también las fotografías de Santos Delgado San Román, un inquieto aficionado que regentaba la más antigua librería de la ciudad, la Librería Católica, la cual todavía sigue abierta en la calle Don Gerónimo regentada por su hijo Gonzalo Delgado Veredas.
Santos Delgado colaboró en la ilustración de folletos turísticos y algunos libros, además de hacerlo especialmente para el gabinete de prensa del Gobierno Civil, para el que retrató varios acontecimientos sociales celebrados en la ciudad. Entre los libros ilustrados por Santos Delgado cabe citar Ávila en las Letras (1958), donde también se incluyen fotografías de Verdugo, y Ávila. España en Paz (1964).
El primero de ellos recoge un texto de Marcial José Bayo Fernández, quien dice en la introducción “Ávila me conmueve más que nunca”, y el segundo es una exposición triunfalista de las bondades del régimen de entonces redactado por el gabinete de prensa del Gobierno Civil.
En ambos casos, la fotografía de Santos Delgado es una fotografía testimonial, fiel al espíritu que respira la ciudad de aquellos años, donde la muralla fortaleza consolida una ciudad pétrea y fría.
Actualmente, la “democratización” de la fotografía ha hecho posible una ingente circulación de vistas de la muralla, a la vez que estas imágenes proliferan en libros, periódicos y revistas, y son muchas las guías que llenan los escaparates, entre las que sobresale la escrita por Félix Hernández en 1972, por lo que hemos tenido que reducir el espacio temporal de los textos seleccionados.
26. ÁVILA, A VUELA PLUMA.
Ávila, a vuela pluma es el título de la selección de fotografías aéreas de Ávila tomadas en 1958 reproducidas en las primeras crónicas que aquí recogimos. En todas ellas, la muralla configura la silueta de la ciudad y se convierte en el referente histórico de su evolución y testigo inmutable de su devenir, y así lo atestiguan las siguientes líneas que escribimos entonces:
“En la década de los años cincuenta Ávila experimenta una notable transformación urbanística propiciada por la expansión del casco urbano y el crecimiento de su caserío fuera del recinto amurallado, a la vez que mantiene su rico conjunto monumental dominado por la Muralla y la Catedral.
Uno de los grandes exponentes de este desarrollo es la ingente promoción de viviendas sociales que se construyen a las afueras, así como la aparición de edificios que por su singularidad se convierten en referencia del nuevo paisaje arquitectónico. Entre estos cabe citar el Colegio de huérfanos ferroviarios, el Seminario, el Diocesano, las Nieves, Sindicatos, Sanidad, el Silo, Fadisa y el Instituto.
Las fotografías nos enseñan las remodelaciones urbanísticas en ciernes de la zona de Santa Ana y San Roque, a la vez que ya queda definido el espacio donde se ubicará el futuro mercado de ganados. Vemos andamios en el nuevo colegio de las Nieves y en las manzanas de la Calle Alfonso de Montalvo, se empiezan las obras de la casa de cultura en el corralón junto al “episcopio”, y la implantación de la fábrica automovilística de “Fadisa” parece prometer un futuro industrial para Ávila.
En estos años todavía se conservan las grandes huertas de la mitad oeste del recinto amurallado y de los conventos de Santa Ana, las Gordillas y San Francisco, aunque este suelo no tardará mucho en liberarse para la construcción de edificios residenciales; igual que ocurrirá también en el Teso del Hospital viejo, el campo de San Antonio y las huertas del entorno de la Encarnación, lo que sin embargo no se produjo en las huertas de los conventos de Gracia, Magdalena, San José y Santo Tomás, y la casa de Misericordia.
Estamos viendo nacer nuevos barrios como el de la Estación y la Cacharra, donde la Delegación Nacional de Sindicatos construye centenares de viviendas sociales, promociones que se extienden también a todo el perímetro de la ciudad. Se nota la sombra de destacados y singulares elementos arquitectónicos que desaparecerán o se transformarán, como la Inclusa, el Acueducto de las Gordillas, la plaza de Toros de San Roque, la Convento de los Jerónimos, la Real Fábrica de Algodón, o el mercado de abastos proyectado por Repullés.
Los jardines y parques de la ciudad nombrados de San Antonio, el Recreo, San Roque y el Calderón conservan su diseño original. El paisaje circundante definido por los ríos Adaja y Chico, la línea del ferrocarril y las carreteras de acceso mantiene su perspectiva invariable. Finalmente, la urbanización del campo que rodea la ciudad por el noreste y el sur llegará de una forma abrumadora con la entrada del siglo XXI”.
La ciudad vista desde el cielo que ha sido retratada en las últimas décadas en repetidas ocasiones, y la imagen de la muralla sigue siendo el perfil grueso que contornea su silueta centenaria, la misma que percibió Wyngaerde en 1570.
27. LA MURALLA TELÓN DE FONDO.
Ávila tiene en su muralla el libro de su historia centenaria. La misma que se visualiza en un reencuentro vivo a través de las fotografías del libro La muralla de Ávila telón de fondo (2006), obra en la que recogemos la actualidad de la muralla. La muralla se muestras entonces como telón de fondo o forillo de la representación de la ciudad en una escenografía fotográfica que expone en un catálogo visual de casi doscientas fotografías su carácter legendario, festivo, lúdico, circense, religioso, social, folclórico, pictórico, deportivo, musical, poético, agrícola y ganadero.
A través de la imagen observamos que la muralla en toda su extensión es recorrida por penitentes en procesión, por jinetes a caballo, por deportistas a la carrera o en bicicleta, por saltimbanquis y músicos haciendo pasacalles, por poetas de ronda, por turistas, o por teatreros y comediantes que siguen la ruta del adarve como antiguos centinelas.
El recorrido visual por la muralla no pretende detenerse en su evolución arquitectónica, sino recrear su imagen como parte escénica de la historia de la ciudad. La singularidad de antigua actividad mercantil de Ávila se mantiene en los mercados semanales de verduras y telas que se retratan. Los fríos y nevados inviernos ofrecen bellas estampas. El “Ávila de los Caballeros” encuentra en las exhibiciones hípicas una hermosa armonía con los la vieja muralla. La rica historia de la ciudad se transmite de boca en boca y se teatraliza cada año en rondas y leyendas, lo que se muestra en quietas imágenes, a la vez que las tres culturas de Ávila, mora, judía y cristina, encuentran en la celebración del mercado medieval la quietud retratada.
En la contemplación de las fotografías descubrimos la música popular de dulzaina y tamboril, el sonido de las cornetas tambores, las notas de la banda municipal, los conciertos de voces corales y orquestas clásicas, y otras músicas que alegran bailes, pasacalles, procesiones, marchas, noches estivales, certámenes y numerosas manifestaciones lúdicas y festivas. Y en estas expresiones artísticas la muralla es un privilegiado palco escénico que todo lo magnifica para un mejor disfrute de la representación.
A través de la cámara se capta una multiplicidad de situaciones llenas de emotividad y sentimientos. Así, la piadosidad cristiana tiene su máximo exponente plástico en la semana santa y las celebraciones religiosas en honor de santos y patrones; los fuegos de artificio rompen la negritud de la noche que contrasta con el fotogénico almenado luminoso; el divertimento del circo trajo animales exóticos que dejaron imágenes casi imposibles; las competiciones deportivas ganan en belleza y plasticidad cuando corredores y ciclistas toman la muralla; el Mercado Grande es punto de entrada al recinto amurallado y siempre es lugar de encuentro de los abulenses; finalmente, el arte pictórico se apodera de la ciudad que posa como modelo, también para el fotógrafo.
Con todo, se enriquece la visión de la muralla y se transmiten sus valores universales a través de la mirada, a lo que contribuye sin duda el ameno catálogo publicado por el Ayuntamiento de Ávila.
Las instantáneas recopiladas en este libro presentan una función de la muralla distinta a la que guió su construcción.
Efectivamente, la muralla nació con fines militares y bélicos para defender la ciudad. También sirvió para preservar a sus habitantes de epidemias y contagios externos, e incluso ejerció de barrera aduanera y de sistema de recaudación fiscal. Ahora, su valor monumental y artístico mundialmente reconocido parece cobrar vida propia gracias a la presencia humana, y es que precisamente la actividad del hombre y sus múltiples manifestaciones revalorizan más aún su identidad.
