AVEMPACE Y LA TRADICIÓN HERMÉTICA EN EL VALLE DE RICOTE
Ene 12 2026

POR LOS CRONISTAS OFICIALES DE BLANCA (MURCIA)

                                                             

Valencia–Murcia–Ricote: el corredor invisible La conexión entre Valencia, Murcia y el Valle de Ricote no era casual. Era un corredor cultural, espiritual y político por el que circulaban no solo
mercancías, sino también maestros, manuscritos, profecías y rebeldes. Por ese eje viajaron los hudíes tras la caída de Zaragoza; por él llegaron sufíes magrebíes como Sidi Abū Yi‘zza, cuyo ascetismo extremo resonaría en las cuevas del valle; por él se transmitieron las ideas de Avempace hacia el sureste. Valencia era la puerta al Mediterráneo; Murcia, la capital administrativa; Ricote, el santuario interior donde todo se conservaba, se reelaboraba y a veces se radicalizaba.
Ibn al-Riqūṭī: el sabio del valle en la corte de Alfonso X
La conquista cristiana de Murcia en 1243 no acabó con la vida intelectual del valle. Por el contrario, dio lugar a una de las figuras más fascinantes del siglo XIII: Muḥammad ibn Aḥmad al-Riqūṭī, conocido como “el Ricotí”. Sabio universal —médico, matemático, músico, filósofo—, fue protegido por Alfonso X, quien fundó para él una escuela en Murcia donde enseñaba a musulmanes, cristianos y judíos. Su fama llegó hasta Granada, donde el sultán nazarí
lo reclamó como maestro. Al-Riqūṭī es la prueba de que el valle siguió produciendo hombres de saber capaces de cruzar
fronteras religiosas y políticas. Y es posible que su influencia fuera aún más profunda: algunos estudios sugieren que pudo haber adaptado melodías árabes para las Cantigas de Santa María de Alfonso X, introduciendo así un sustrato sufí-hermético en la
música devocional cristiana. Su figura muestra que el diálogo entre Islám y cristianismo no fue solo político: fue también musical, médico, filosófico.
De las cuevas a las Cantigas:
huellas de una memoria viva Esa memoria no se limitó a las élites. En las cuevas entre Blanca y Ojós, aún en el siglo XVIII, vivía un
ermitaño —último eslabón de una cadena ascética que se remontaba a los tiempos andalusíes. En los graneros fortificados como Aldarache, que probablemente funcionaron también como ribāṭs, se practicaba una espiritualidad fronteriza entre lo militar y lo contemplativo. En las profecías que anunciaban a Ibn Hūd y en el rumor de un “rey” morisco en 1610 latía una misma esperanza: la de un valle con destino propio. Las Cantigas alfonsíes, con sus posibles ecos de música árabe adaptada por al-Riqūṭī, son la prueba más sutil de esa permeabilidad cultural. Y la persistencia de rituales como “poner agua debajo de la cama de un difunto” entre los moriscos de Blanca muestra que, bajo la superficie cristiana, seguía viva una religiosidad de raíces islámicas

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