BATALLA DE SINGRA 87 AÑOS ATRÁS, MADRUGADA DEL 25 DE ENERO DE 1938
Ene 28 2025

POR JESÚS MANUEL LECHÓN MELÉNDEZ CRONISTA OFICIAL DE LA VILLA DE CALAMOCHA (TERUEL)  

“Sin excusa ni pretexto, atacaréis y ocuparéis el pueblo de Singra”

 Teruel es nuestro.

Las imágenes de lo que después pasó son una colección de postales desenfocadas. Recuerdo que hablé con el chico de sanidad, que le había llevado al hospital en una ambulancia y me dijo que llevaba una brecha en la cara y el proyectil le había quedado en el cerebro. Durante la noche dimos vueltas por el cementerio guiados por un funcionario municipal que no podía recordar dónde lo habían enterrado.

Después pasamos por varios pueblos y yo me quedaba en el coche mientras mi padre y su hermano hacían gestiones.

Más tarde, ya de madrugada, estábamos en Fraga y tomamos café en un establecimiento lleno de soldados que se divertían. Lo veía todo pero no me impresionaba nada. No entendía nada. Después me dejaron en la Brigada y mi padre y mi tío se marcharon. Solo en medio de la cama por fin  descanse.

Al cabo de dos días recibí un telegrama de mi padre en el cual me decía que lo enterraban mañana en Barcelona y que fuese hacerles compañía. Se lo enseñé a Quiñones y me dijo que no podía conceder permisos para ir a la retaguardia. No se me ocurrió ninguna respuesta.

Después pensé en escaparme. Aquella sería una de las cosas que jamás le perdonaría a mi capitán. ¿Permiso? ¡Pensó quien quería un permiso!

Reaccioné con deseos de entrar en combate y hacer que me matasen. Me parecía que, muerto mi hermano, jamás podría mirar a nadie a la cara. Quería dejar la Brigada y volverme a la compañía, deseaba servir otra vez con la bayoneta calada al fusil.

La oportunidad iba a llegar más pronto de lo que lo creía. Genachte me aconsejo que no pensase en disparates. Y me dijo que sabotearían mi solicitud para trasladarme a la Compañía. Pero al cabo de pocos días volví por causa de fuerza mayor.

Aquella tarde había representación teatral en la Iglesia de Ballovar y fui para distraerme junto con Bernat y Muntaner, mis apoyos en aquellos días de crisis. Habían colocado sillas y la nave de la Iglesia se había llenado de soldados y de humo.

Representaron un diálogo en el cual un miliciano discutía con un grotesco general fascista cargado de vasos de cocina como condecoraciones.  Todo el mundo reía  a carcajadas y después Serra, terriblemente pálido, salió a silbar por primera vez delante de un público tan numeroso. Cuando se quedó solo en medio del escenario con las manos en los bolsillos, inflo los mofletes y todo el mundo comenzó a reír. El inmutable, se ganó totalmente al público. ¡Cómo lo aplaudieron! Después todo el mundo gritaba y pedía nuevas canciones. Fue una actuación apoteósica.

Después, interrumpiendo a Serra, salió al escenario, Genachte, avanzó hasta el centro y con la voz rota, dijo una noticia sensacional:

¡Viva la República, hemos tomado Teruel!

Nunca había visto una reacción tan loca como aquella, era en verdad nuestra primera gran victoria, todo el mundo lanzaba al aire sus gorras y se abrazaban unos a otros, y daban vivas frenéticos.

Salimos a la calle en tropel, las campanas se habían lanzado al vuelo y sonaban junto a los pitos de todos los vehículos. Cantaban y se desgañitaban a gritos recorriendo Ballovar :

¡Teruel es nuestro! ¡Muera Franco!

Muntaner, Serra, Genachte y yo nos fuimos al bar, lleno de gritos, bebimos vino, ron, champán y nos pasamos los vasos de unos a otros hasta la madrugada.

Luego a través de los diarios íbamos viendo las alternativas del Frente de Teruel, el enemigo atacaba con toda su fuerza, necesitaba destruir nuestro ejército el cual ganaba prestigio en el extranjero. Fue entonces cuando nos llamaron y fuimos hacia Alfambra y Visiedo. Seria nuestra prueba como ejército regular.

Acampamos dos días y nos organizamos con el fin de asegurar el éxito, los mandos del comandante serian veteranos. Teníamos la Brigada completa y cubiertos todos los puestos de tropa, pero faltaban oficiales curtidos. Era la oportunidad que deseaba. Me dejaron escoger el Batallón y está claro, pedí el tercero. El 744 y Serra se quedó en mi lugar en la Brigada.

La Tercera Compañía era, como siempre, la del viejo Palau. Cada vez que nos encontrábamos me llenaba de alegría. Y me dio la segunda compañía, con Muntaner como Comisario.

Nos sentíamos como extraños dentro de nuestra propia casa ya que de la gente de antes no quedaba nadie y debíamos hacernos amigos de los jóvenes quienes ante el ataque que se aproximaba nos miraban desconfiados.

Estaba en la Compañía y otra vez me había quedado sin saber nada de las operación, solo sabía que atacaríamos Singra con el fin de cortar los suministros de los que contraatacaban Teruel. El resto de la operación la adivinaba, la orden que me la trajo el Bicicleta y era tajante. “Sin excusa ni pretexto, atacaréis y ocuparéis el pueblo de Singra”

Ganaríamos una trinchera hecha por ingenieros que partía un campo de trigo en dos, con su línea sinuosa, ya no era aquella línea derecha de los primeros tiempos que una vez tomada los que la ocupaban quedaban enfilados por el cañón de la ametralladora enemiga.

Teníamos delante nuestro un campo enorme, al fondo se recortaba la silueta de dos montes, el de la derecha, más alto que el otro y en su falda los tejados de Singra. El mapa indicaba que la distancia a recorrer desde la trinchera al pueblo era de 4 km.

A las cinco de la mañana del 25 de enero de 1938 llegó la orden de salir, llamamos a la compañía e iniciamos el ataque. Éramos 116 soldados.

Pasamos la primera mitad del campo sin un solo disparo. Entonces comenzó a clarear, nos vieron y comenzó el espectáculo. Idéntico al de otras veces. Avanzábamos a saltos en un terreno llano. Nuestro ataque era paralelo al de otras unidades y sentíamos sus disparos con los cuales cubrían nuestros flancos.

Los jóvenes entraban en combate por primera vez y todos estaban pendientes de Muntaner y de mí. Y estoy seguro de que si nosotros hubiésemos hecho un solo gesto de vacilación habrían vuelto a la trinchera. Nos veíamos unos a otros en medio de la oscuridad azul porque el día comenzaba a amanecer.

A medida que avanzábamos el enemigo aparecía y disparaban toda clase de armas de trinchera y a lo lejos sobre el pueblo de Alba veíamos los fogonazos intermitentes de una batería de 8,8 que disparaba hacia el campo donde estábamos toda su metralla.

Y los jóvenes ¡había que ver con qué coraje! se arrastraban hacia el enemigo, habían crecido en cosa de un momento y aquellos soldados bisoños ya eran hombres curtidos. Algunos cargaban la ametralladora montada en ruedas. Debía rodar por una superficie lisa, pero allí pedía un esfuerzo mucho más grande y de tanto, en tanto habían de cargarla a hombros, la operación era más propia de titanes que de adolescentes.

Después comenzamos la ascensión de uno de los montes, el más elevado. ¡Qué lugar más intratable! la falda de la montaña delante nuestro crepitando, comenzaron a hacernos las primeras bajas cuando subíamos.

Llegábamos en tandas y ya es aquella fase inexplicable en la cual lo ves todo, pero no sientes nada. Te das cuenta de tus gritos, pero no sabes por qué gritas. Ves que el lugar es peligroso, que pueden matarte, pero no sabes por qué avanzas. Lo has olvidado todo el pasado y el futuro y te aferras a un presente que se te va de las manos.

Con las filas cerradas puedes volar y lanzar inútilmente las bombas de mano. La ametralladora fijada al suelo con clavos de hierro, la expansión de los gases, de la granadas, es todo inútil. ¿Ahora qué haces? rabias contra ti mismo el peor de los enemigos.

Ellos, mientras tanto, no paran de dispararnos y nosotros tratamos de emplazar de nuevo la ametralladora. Las otras Compañías también están en la falda del cabezo. Aquel es Palau, mi camarada se aproxima arrastrándose.

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