POR AGUSTIN DE LAS HERAS, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIÉLAGOS (MADRID).

Mi enhorabuena a las guardianas y guardianes de la tradición. No sólo a los que lo fomentan sino a los que participan en ellas aún siendo la última fría noche de febrero, entrando en marzo, en la provincia de Burgos.
Habéis hecho una nueva crónica que permanecerá en la historia local de Brazacorta. Y me es grato ver en las fotografías que habéis colgado que, a pesar de la falta de gente joven en esa España vaciada, los que hay son reductos inquebrantables que aprenderán tradiciones y las llevarán al futuro. Mi gratitud.
Tuvo que ser el gran Julio, César, que no siendo suficiente con la Citerior y la Ulterior, quiso imponer sus razones allá dónde sus legiones lo permitían.
Eran felices los celtíberos con sus lunas luneras y su calendario selénico. Con ellas definían el principio y el final del año, el comienzo y el ocaso del invierno, y así, su año nuevo era el último día de nuestro febrero y el primero de marzo. Hasta que al César se le puso en el laurel y dijo que el año comenzaba el uno de enero.
La primero luna de marzo, la Prima-Bera ¿Os suena?
Tras el César vino la Iglesia y continuó la mudanza de las fechas.
Pero muchos pueblos del norte y sobre todo los castellanos apostaron que el ritual era cuando lo dijeron los arévacos, por ejemplo, y no los romanos.
Y de ahí, siglo a siglo, la costumbre se hizo variante en los lugares donde se naciera. Unos cantaban en enero, pero lo tradicional era hacerlo en marzo.
Y ahí te iban los mozos solteros, que siempre los ha habido en todos los siglos, cantando por las aldeas todos juntos en corralada, cuadrillas o comparsas, obsequiándoles en los pueblos con morcilla, vino y manteca, para que no solo cantaran sino también rezaran. Aunque el frio y el vino hacía olvidar lo último. Es más, cuando los mozos modernos vagueaban la tradición, eran sustituidos por hombres casados.
En la variopinta cuadrilla de marzantes había mozos viejos, regidores y hasta alguno que le llamaban amo, no sé si de todo el cotarro.
Me encanta ver en estos tiempos a los marceros frente a las marceras, cantando lo de otra época, diciéndose las letras o cantandose las cuarenta.
Pero todo aquello de la Prima-Bera, en algunos lugares fue degenerando. En ocasiones a los mozos jóvenes se les exigía el pago de la patente, que no era más que pagar en cántaras, de vino, el derecho a marcear o lo que muchos querían, echarse novia
.
Aunque las verdaderas marzas se cantan a capela, no fue raro ver panderetas, carracas, pitos y moderneces de alguna acordeón o guitarra.
Y de aquí cada pueblo cuenta su historia.
Es un placer ver que el mapa de Burgos y de Soria se ilumina de lugares donde vuelve la tradición.
Todo aquello se diversificó en matices y costumbres propias haciendo que las marzas fueras distintas en cada lugar.
Pero lo que quedó era la licencia literaria, la letra bien engranada, cuyo destino era una moza que esperaba la copla, el elogio, el cortejo, tras unos visillos y una ventana, a la que todas sus amigas avisaban que, esa noche, era fulano o mengano el que iría a cantarla. Y cuando la cortina de la historia fue cayendo, hasta las marceras hilvanaron sus letras.
La villa de Valdepiélagos es más territorio de mayos, pero para un foráneo como yo en Brazacorta, otra villa a la que tanto quiero y no sólo a ella sino a sus gentes, el que se hayan reunido anoche mis vecinos y amigos a cantar las marzas es digno de dejar escrito para que no se olvide.
Gracias Domi Domi Parra por dar fe de la crónica. Gracias regidor Roberto Losada Garcia por estar presente.
Gracias a todas las marceras y marceros que anoche aún pasando frío os distéis calor todos juntos.