POR ANTONIO HERRERA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE GUADALAJARA.
En 1963 nació la Semana de Música Religiosa de Cuenca concebida como un festival de promoción de los valores culturales y espirituales del tardofranquismo, probablemente vinculado al proyecto conmemorativo de los «25 años de paz» (1964). El evento musical más importante de ese año de 1964 fue el Concierto de la Paz, en el que la apropiación política de la figura de Manuel de Falla compartió programa con el estreno de encargos a un consejero nacional monárquico (Cristóbal Halffter), un sindicalista-falangista (Luis de Pablo), un sacerdote (Miguel Alonso), y el ganador del Premio Cueva de Nerja de 1963 (Ángel Arteaga), todas ellas obras que tenían una obvia identificación con los valores del franquismo.
Hasta entonces la dictadura se había abstenido de entrometerse en cuestiones estéticas, salvo por la carta blanca otorgada a los artistas plásticos y compositores más próximos a Falange, que ya durante el período autárquico mantuvieron sus preferencias por el modernismo radical que la Falange defendía desde los años de preguerra. Las políticas culturales del período tecnocrático, en concordancia con la geoestrategia desarrollada por los servicios de inteligencia norteamericanos, apoyaron sin ambages la abstracción pictórica y las vanguardias musicales formalistas, invisibilizando hasta donde pudieron los realismos pictóricos y las músicas que se atenían a las convenciones armónicas tradicionales.
Tras el fin de la dictadura, esta censura estética institucional se prolongó vergonzosamente hasta bien entrado el siglo XXI y mientras la actual historiografía del arte y los museos públicos reivindican la importancia de los realismos y denuncian sin disimulo su invisibilización, en el caso de la música este proceso de reflexión y reivindicación de la libertad artística apenas se ha producido, como venimos denunciando en Mundoclasico.com desde nuestra fundación hace treinta años.
Durante mucho tiempo los encargos de la Semana de Música Religiosa de Cuenca se atuvieron a esos criterios de censura estética del franquismo, lo cual no se contradice con que en seis décadas se hayan estrenado obras de muy diversa calidad e incluso algún plagio vergonzoso. Por eso considero un acontecimiento que el actual director de la SMR, Andoni Sierra, haya decidido hacer un encargo a Jesús Villa-Rojo, un extraordinario compositor que hace cincuenta y cuatro años irrumpió en la vida musical española con unas propuestas novedosas que incumplían radicalmente las consignas del catecismo vanguardista, con las que sólo aparentemente compartía la utopía de la música como sonido en estado puro.
Un caminar en la paz y en la lírica, que en su itinerario, queda suspendido y enaltecido por la belleza que ilumina a los instrumentos poco recordados y utilizados: chalumeau, corno di bassetto, oboe de amor, fagot, chirimías imaginarias y violas, que mantienen un bajo continuo y permanente, con la profundidad del violonchelo, junto a las voces de soprano y contratenor.
[…] mi ocupación principal ha sido instrumentar las expresiones musicales en función de los sonidos y sus timbres, que mi sentido compositivo inspiraba junto a los definidos matices de los diapasones contrastantes entre sí.
Para quienes hace cincuenta años seguimos con atención la carrera creativa de Villa-Rojo, las Canciones del alma en paz nos retrotraen a las utopías iniciales del compositor, «componer música alejada de los convencionalismos que han impuesto criterios faltos de profundidad musical», y la reivindicación de su propia condición de virtuoso – investigador de su instrumento, el clarinete.
Los procedimientos y recursos utilizados en Canciones del alma en paz estaban ya presentes en muchas de las músicas de Villa-Rojo de finales de la década de 1970, especialmente la fascinación por las sonoridades construídas con un exquisito ensamblaje de armonías, ataques y timbres que, presentadas en forma de glosas y variaciones, evocaban el ideal sonoro de los órganos ibéricos históricos.
Fundación Eutherpe
En este caso el catalizador fue la poesía de San Juan de la Cruz, en la que resulta imposible distinguir entre los éxtasis místico y erótico. Villa-Rojo consigue transportar las imágenes verbales del poeta a lo musical creando una simbiosis sonora perfecta entre las voces y las maderas, que transcurre sobre el paisaje sonoro – bajo continuo de las cuerdas, objetivo alcanzado sin figuras por la soprano Celia Alcedo y parcialmente por Carlos Mena, más atento a su lucimiento personal que a la belleza de la obra. La veteranía del PluralEnsemble demostró ser un grado en la implicación con que sus componentes atendieron los detalles más mínimos de Canciones del alma en paz, bajo la minuciosa dirección de Fabián Panisello, quien evidenció su absoluta fe en la obra.
Johann Sebastian Bach abrió y cerró el concierto en arreglos de Kurtag, Tarnopolski y Webern. En primer lugar se proyectó el no por conocido menos fascinante vídeo de György y Marta Kurtag tocando a cuatro manos en un piano vertical el preludio coral Das Alte Jahr vergangen ist BWV 614 en una íntima, emotiva e hipnótica versión doméstica que contrasta con el brillante arreglo orquestal que realizó Tarnopolski en 2022, espléndidamente interpretado por el PluralEnsemble.
Con esta muy favorable impresión en la memoria me sentí defraudado con la deficiente ejecución del Ricercar a 6 BWV 1079 de Bach / Webern, un completo despropósito del principio al final, mal medido, con instrumentos mal afinados y un desarrollo confuso. Probablemente Panisello tomó como referencia -acríticamente- la vieja grabación fonográfica de Pierre Boulez, que dista mucho tanto de la partitura como del estilo de Webern.
Dos obras para Canto Noh
No se me alcanzan los motivos de la inclusión en la segunda parte del programa de dos obras protagonizadas por el Canto Noh, característico del teatro japonés homónimo: la escena dramática Euridice (2018) de Bruno Dozza (1962), para voz Noh y violonchelo, sobre un poema de Rainer Maria Rilke, y Change (2024-2025) [nota 1] de Fabián Panisello (1963), una muy extensa pieza de teatro musical para barítono, voz Noh, conjunto y electrónica.
En Euridice, Dozza combina inteligentemente las retóricas del recitativo Noh japonés y del drama musical primitivo. David Apellaniz acompañó con gusto y savoir faire a la espléndida Ryoko Aoki.
Change es una larga y monótona narración sobre el cambio climático, que expone en detalle datos cuantitativos y cualitativos actualizados. Panisello ha demostrado reiteradamente ser un compositor competente que conoce bien los procedimientos tradicionales del serialismo y postserialismo, pero en esta ocasión el interés del discurso musical queda muy por debajo del interés científico, político y vital del grave problema del cambio climático. Más bien la música ejerce de ruido que distrae la atención de la cuestión central.
Palau de la Música Catalana
Change fue con diferencia la obra más larga del programa -algunos espectadores fueron abandonando la sala durante la interpretación- e intuyo que el cansancio de los instrumentistas propició la debacle del Ricercare Bach que cerraba el concierto. Probablemente hubiera sido preferible colocar esta obra en otro programa y otro recinto que ofreciera mayor intimidad. En todo caso parece poco decoroso que el director del grupo aprovechara la ocasión del estreno de Canciones del alma en paz, encargo de la 63 SMR de Cuenca, para colar ‘de rondón’ su propia obra, de duración desmesurada y destinada por encargo a otro tipo de festival, el Kontakte 2027 de Berlín.
FUENTE:https://www.mundoclasico.com/articulo/47439/canciones-del-alma-en-paz
