POR JOSÉ ANTONIO AGÚNDEZ GARCÍA, CRONISTA OFICIAL DE MALPARTIDA DE CÁCERES (CÁCERES)
El pasado martes, día 20, fiesta de los Santos Mártires Fabián y Sebastián, asistimos en la localidad cacereña de Acehúche a la celebración de las Carantoñas, declarada en 2019 Fiesta de Interés Turístico Nacional. Una tradición que hunde sus raíces en lo ancestral, haciéndola única dentro del calendario de festividades extremeñas, y que ha pasado de generación en generación conservando entre los acehucheños y acehucheñas sus propias características y señas de identidad.
Y es que en esta fiesta, tanto los hombres como las mujeres locales guardan con celo su función dentro de la solemnidad. Cuenta la leyenda que Sebastián, militar y centurión romano, fue conducido al martirio en el siglo III por no renunciar a su fe cristiana y apoyar a los seguidores de Cristo. Un martirio doble, pues el emperador Maximiano mandó primero que muriese asaeteado y luego, habiendo superado asombrosamente este primer suplicio, mandó azotarlo hasta morir y fue arrojado su cuerpo a una cloaca.
Pues bien, cuenta también la leyenda que tras recibir una lluvia de flechas o saetas en su primera tortura, fue abandonado a su suerte para que las alimañas y fieras lo encontrasen y devorasen, pero he aquí, que muy al contrario de lo que se esperaba, las fieras lo hallaron y lo protegieron y reverenciaron hasta que la noble Santa Irene localizó al mártir malherido, lo llevó a su casa y sanó sus heridas.
Este suceso perdido en el misterio de los tiempos es lo que llevó a los hombres de Acehúche hace ya muchos siglos a vestirse de fieras el día de la fiesta de San Sebastián, empleando cueros y pieles de animales, cubriendo su cabeza con una máscara de aspecto terrorífico, adornada de colmillos de jabalí, pintura en su boca que representa la sangre y, en las manos, una tarama espinosa y seca de acebúche.
Estas son las Carantoñas. Siempre van por parejas (este año, 35, por lo tanto, 70 carantoñas, que es, según dijeron, récord de vestidos), acompañando al santo en la procesión, y cuando están delante de la imagen muestran su pasmo, reverencia y devoción. Por su parte, las mujeres acehucheñas visten de bayeta o traje de gala de su atuendo típico. Son también muchas y se encargan de numerosas funciones, entre ellas hacer dulces, adornar la iglesia y a su imagen, cantarle y regar de papelines y confetis el recorrido, de ahí su nombre de “regaoras”. En ocasiones, las Carantoñas y las Regaoras cantan típicas tonadas y bailes tradicionales en un singular cortejo que recuerda las escenas y el baile de la famosa película “La Bella y la Bestia”.
Mientras, el tamborilero ameniza la procesión con su flauta y tambor y una partida de “tiraores” locales disparan sus salvas al aire anunciando que Sebastián está en la calle. Tras su salida del templo, cuya plaza está cubierta de romero, el desfile se dirige a la casa del mayordomo (hogaño a la residencia de ancianos de Acehúche, pues han sido sus trabajadoras las que han asumido esta función), donde una de ellas echó la “loa”, pregón de alabanza al santo en la que se pidió y agradeció su protección. Luego, ya no dio tiempo a contemplar el rito de la Vaca-Tora ni a compartir con los amables acehucheños sus ricos dulces. No hubo tiempo para más. La fiesta reúne cada vez más gente, por lo que pudimos compartir saludos con un buen ramillete de malpartideños, con muchos conocidos, y varios compañeros y amigos cronistas. Volveremos.
