POR MANUEL GONZÁLEZ RAMÍREZ, CRONISTA DE ZACATECAS (MÉXICO)
Esta fotografía de la Torre Eiffel en construcción fue tomada en 1888, el mismo año que nació el poeta zacatecano Ramón López Velarde.
Un año antes de la Exposición Universal de París, para la que fue creada, la Torre Eiffel se alzaba con un tercio de su altura. Se convertiría en el edificio más alto del mundo.
El color original de la Torre Eiffel durante su construcción en 1888 se llamaba «Rojo Veneciano», como se muestra en la fotografía, aplicado en el taller antes de su montaje in situ.
La torre fue diseñada por Maurice Koechlin y Émile Nouguier, pero el nombre lo tomó de su constructor, el ingeniero Alexandre Gustave Eiffel, aunque inicialmente fue bautizada como “La tour de 300 mètres” (“La torre de 300 metros”).
Fue construida en dos años, dos meses y cinco días, y en su momento generó cierta controversia entre los artistas de la época, que la veían como un “monstruo de hierro”. JAZ
¿Y, hoy en día qué representa esa torre? Mil cosas…
Y el hecho de ser una estructura de color rojo en su proceso de montaje, eso me hizo recordar el tono del suelo zacatecano que plasmó el poeta jerezano en la primera estrofa de su poema dedicado a la ciudad de Zacatecas:
LA BIZARRA CAPITAL DE MI ESTADO
He de encomiar en verso sincerista
la capital bizarra
de mi Estado, que es un
cielo cruel y una tierra colorada.
Una frialdad unánime
en el ambiente, y unas recatadas
señoritas con rostro de manzana,
ilustraciones prófugas
De las cajas de pasas.
Católicos de Pedro el Ermitaño
y jacobinos de época terciaria.
(Y se odian los unos a los otros
con buena fe.)
Una típica montaña
que, fingiendo un corcel que se encabrita,
al dorso lleva una capilla, alzada
al Patrocinio de la Virgen.
Altas
y bajas del terreno, que son siempre
una broma pesada.
Y una Catedral, y una campana
mayor que cuando suena, simultánea
con el primer clarín del primer gallo,
en las avemarías, me da lástima
que no la escuche el Papa.
Porque la cristiandad entonces clama
cual si fuese su queja mas urgida
la vibración metálica,
y al concurrir ese clamor concéntrico
del bronce, en el ánima del ánima,
se siente que las aguas
del bautismo nos corren por los huesos
y otra vez nos penetran y nos lavan.
FUENTE: https://www.facebook.com/maguito.96
