CRÓNICA NEGRA DEL SIGLO XIX (PRIMERA PARTE)
POR JOSE LUIS ARAGON PANES, CRONISTA OFICIAL DE CHICLANA DE LA FRONTERA (CÁDIZ).
La crónica negra, es un subgénero periodístico-literario que surgió a mediados de la centuria del diecinueve –coincide con el impulso de la prensa moderna– y que desde entonces no pasa desapercibido para numerosos lectores, tanto en España y en el resto del mundo globalizado. Es una crónica social de gran variedad de sucesos y delitos: crímenes y homicidios, robos, terrorismo, accidentes de todo tipo.
En la prensa histórica relativa a Chiclana hallamos el primero de ellos, el 14 de marzo de 1836. Es llamativo, no solo por cruel, sino porque el homicida A. C. quizá haya sido el último ejecutado en una plaza pública de Chiclana. Unos meses antes se había introducido en la casa de un cosechero de vinos de la villa y lo mató «con la mayor crueldad por robarle». La indignación entre los vecinos fue tremenda. La Guardia Nacional –policía anterior a la Guardia Civil– que lo había detenido lo trasladó a la cárcel pública y de allí, para evitar un asalto ciudadano, lo trasladaron a Cádiz. Juzgado por el juez de primera instancia del partido de Chiclana, fue condenado a pena de muerte en garrote vil. La sentencia la confirmó la Real Audiencia Territorial «con la cualidad de que ha de ser ejecutada en la villa de Chiclana, pueblo de la naturaleza del reo y donde cometió el atroz delito», decía el corresponsal del periódico «El Español». Días antes lo condujeron a la cárcel de Chiclana bajo una fuerte escolta de la Guardia Nacional «para que expíe en un cadalso su crimen á la vista del pueblo que lo presenció. Es de advertir [añadía el corresponsal] que los ancianos de Chiclana no recuerdan haber conocido otra ejecución en aquella villa».
En 1842, el jefe superior del gobierno –actual subdelegado del Gobierno–, Riesch, la primera autoridad civil y política de Cádiz, fue «asesinado vil y horrorosamente» como consecuencia de un duelo a pistola en los pinares de la villa, por un periodista de «El Globo». Ambos habían mantenido un enfrentamiento en distintos artículos y cartas entre uno y otro en el periódico hasta llegar al funesto final. Antes de acudir a la cita había dejado interinamente el cargo; él disparó primero y erró; el periodista no quiso aprovechar la ventaja, pero el jefe superior insistió que le disparase: la bala le atravesó el corazón. Como los duelos estaban reprobados por la moral y las leyes, se consideró un asesinato. El periodista huyó a esconderse en un barco del muelle de Cádiz y su periódico asaltado por los partidarios de la primera autoridad provincial.
Desde hacía tiempo, un bandido (T. G.) apodado El Calvo, tenía atemorizada a la comarca. Después de cometer numerosos delitos, fue capturado y cuando lo llevaban a Chiclana, al pasar por la cuesta de La Lobita, el furgón-carromato fue asaltado por cuatro miembros embozados de su partida con la intención de rescatarlo de las manos de los carabineros. No pudieron conseguirlo, porque el sargento de carabineros, Pascual Bermejo, jefe la fuerza armada, mandó hacer fuego contra los forajidos. En la refriega murió El Calvo; los asaltantes fueron perseguidos y huyeron hacia los pinares de Chiclana. Ya nunca más se supo de aquella banda. Era, octubre de 1842.
Tres años más tarde, sucedió en la villa un homicidio que la prensa, no sabemos el porqué, tal vez no llegó a desvelarse el final del asunto, lo publicaba «El Español» el 8 de diciembre de 1845. Un sacerdote de Chiclana, después de oír en confesión a uno de sus feligreses «bajo sigilo de confesión sacramental se le había dicho estaba enterrado un cadáver en Cañadillas Altas, junto á un sitio donde se había hecho un horno de carbón». El presbítero acudió al alcalde, y sin decir el nombre del confesado, le relató el hecho. Aquella misma noche, la primera autoridad constitucional dispuso entonces, que «se practicasen las diligencias oportunas para comprobar la veracidad de la confesión. Trasladados miembros de las fuerzas de orden pública y los peritos forenses al citado lugar encontraron «en una fosa cubierta [añadía el corresponsal del periódico «El Español»] un cuerpo humano que se dice ser de un carbonero conocido por el apodo de Cona, que siempre vivía en los campos. De la inspección verificada por los facultativos, aparece que el Cona debió perecer como unos diez y seis días antes, y de modo violento por resultas de repetidos golpes contundentes en su cráneo. Se instruye la competente sumaria en averiguación del autor ó autores de tan bárbaro delito». El caso quedó sin resolver.
Un caso distinto de muerte sucedió en 1872. El desplome de un tejado en construcción de una bodega dejando siete heridos menos graves, dos graves y un fallecido, conmocionó a los chiclaneros unos días antes de festejarse el día de la patrona. Acudió al rescate la Guardia Civil, presentándose rápidamente el juez para abrir diligencias.
