POR ADELA TARIFA, CRONISTA OFICIAL DE CARBONEROS (JAÉN)


El pasado mes de Julio, por deferencia de CRONISTA OFICIAL, FRANCISCO SALA, asistí a algunos conciertos del Certamen Internacional de Habaneras y Polifonía de la ciudad de Torrevieja. Es un espectáculo grandioso de luz, sonido, color, y de hermandad. Allí los continentes se unen en el lenguaje universal de la música. Allí el Español, nuestra lengua oficial, tan vapuleadas por sus progenitores, pierde complejos por unos días. Allí, por unas horas, se llega a creer que es cierto que la música amansa a las fieras, y que nos volvemos sensatos cuando se trata de cantar al mar y al amor. Pero eso es flor de un día. Un espejismo nada más. Porque solo traspasar el auditorio donde se celebra el evento, la primera conversación con amigos, frente a una horchata de chufa de la terraza veraniega, nos devuelve a la realidad. Y la realidad es que en la comunidad Valenciana, como en otras con lengua propia, el idioma es un punto de conflicto. Por ejemplo, si usted es profesor y no parla valenciano, nunca obtendrá plaza en esta parte de España, aunque sea el primero de su promoción y haya nacido para ser Maestro. Allí, como en otras regiones de España, cuenta menos ser un gran profesional de lo que se tercie, o ser incapaz de corromperse por un puñado de euros, que expresarse en valenciano. Esa es la realidad. O sea vale mas un tonto-pillo valenciano parlante que un sabio honrado que no sepas esta lengua. El mundo al revés. Aunque hay casos peores.
Pensaba una en estas cosas, cuando le vino a la cabeza la imagen de Carlos Cano cantando aquella copla en la que estrechaba lazos entre Cádiz y La Habana, que emociona. Como emocionan las habaneras que escribió el gran compositor de Torrevieja Ricardo Lafuente, caso de su “Habanera salada”. Porque si la historia no se hubiera escrito con renglones torcidos, Cuba sería aún la hermana joven de España, ya que como española nació en tiempos de Cristóbal Colon; cuando gobernaban España Isabel y Fernando, reyes empeñados en unir lo que ahora nos urge separar. Al menos en Cuba perdura el castellano, un idioma que en boca de los cubanos suena a música. Esa fue una de las herencias que la madre patria legó a este país, llamado ayer “la perla del Caribe” y convertido hoy en lugar pobre y sin democracia. Pero volvamos a las habaneras de Torrevieja. Me gustó mucho un coro juvenil catalán, de Granollers por más señas. Obtuvieron el premio del público y alguno más. Por supuesto interpretaron habaneras en castellano, cosa que no habrá gustado a su gran jefe Arturo Mas. Porque con la actual política lingüística sería impensable que este certamen internacional de Torrevieja tuviera como escenario una ciudad catalana, salvo que se eliminara el idioma oficial español del escenario. Ellos se lo pierden, porque eventos como este, reconocido como de interés internacional, y que ya se patrocina para ser declarado Patrimonio de la Humanidad, atraen turismo de calidad y riqueza a la tierra. Pero estos nacionalistas rancios prefieren repartir pobreza a dar su brazo a torcer en lo de la lengua. Así les va.
Son las habaneras canciones nostálgicas que hablan de ausencias y despedidas. Que huelen a sal; que evocan noches de luna llena y tardes de olas y brisa. Son coplas del mar que nacieron en Cuba en la primera mitad del siglo XIX. Aunque solo se conoce a un cubano que las compusiera, Ignacio Cervantes y destacará en ello un vasco, Sebastian Iradiel, autor de “La paloma”. Son poemas sencillos y a la vez profundos que arrancan de un lugar que Colón bautizó una vez como “La Isla Juana”, en honor al heredero, el príncipe Juan, del que dice la leyenda murió de amores antes de reinar y dejó herido para siempre el corazón de su madre la reina Isabel.
A mi las habaneras me devuelven a las noches de una juventud lejana, cuando a la luz de la luna los mozos enamorados rondaban en el pueblo a las chicas la noche de san Juan. Por eso volver a Torrevieja para escuchar habaneras rejuvenece un poco. Por eso mi papelera y yo les recomendamos una visita a este certamen el primer Julio que tengan mustia el alma. Y si no la tienen, también.