DE MADRIGALEJO AL CIELO. CUANDO EL REY FERNANDO MUERE EN NAVIDADES EN MADRIGALEJO
Dic 31 2025

POR MARÍA GUADALUPE RODRÍGUEZ CEREZO, CRONISTA OFICIAL DE MADRIGALEJO (CÁCERES).

La cronista oficial de Madrigalejo, Guadalupe Rodríguez Cerezo, ha tratado el tema de la muerte del rey Fernando El Católico en sus estudios, por razones obvias y hemos publicado sus investigaciones en el Anuario de Historia y Crónicas Extremeñas, pero son muchos los estudiosos del tema los que, de una u otra forma, han ilustrado este momento que comentamos seguidamente.

Fernando el Católico pasó sus últimas Navidades en tierras extremeñas, en un contexto marcado por el deterioro progresivo de su salud y por un constante desplazamiento que reflejaba tanto inquietud personal como necesidad política. El tema fue tratado con la minuciosidad con la que trabaja Miguel Ángel Ladero Quesada en Los últimos años de Fernando el Católico. 1505-1517.

El monarca eligió Plasencia como residencia invernal por su ubicación protegida en un valle resguardado de los vientos septentrionales. Llegó a la ciudad el 29 de noviembre de 1515, víspera de San Andrés, siendo recibido con los honores que correspondían a su rango, según dejó constancia el cronista Galíndez de Carvajal. Durante su estancia, Plasencia fue escenario de un acontecimiento de relieve dinástico: el enlace matrimonial de su nieta Ana de Aragón, hija del arzobispo de Zaragoza, con Álvaro Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia.

Ana de Aragón no era nieta legítima en sentido dinástico estricto, sino nieta natural de Fernando el Católico, lo que no restó importancia política al enlace. Este matrimonio se inscribe en la política habitual del rey de reforzar alianzas con las principales casas nobiliarias mediante vínculos familiares, aun cuando procedieran de ramas no legítimas. La unión con la casa de Medina Sidonia consolidaba la fidelidad de un linaje clave en Andalucía occidental en un momento delicado de transición sucesoria.

Ana de Aragón pertenecía a una rama natural de la familia real. Era hija de Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza, quien a su vez fue hijo natural de Fernando II de Aragón. Aunque esta condición excluía a Ana de la sucesión dinástica, no restó valor político dentro de las estrategias matrimoniales de la Corona. Los descendientes naturales de los Reyes Católicos ocuparon con frecuencia posiciones relevantes en la jerarquía eclesiástica y nobiliaria, siendo instrumentos de alianza y fidelización de los grandes linajes del reino. El matrimonio de Ana de Aragón con Álvaro Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia, respondió a esta lógica, reforzando los vínculos entre la monarquía y una de las casas nobiliarias más poderosas del sur peninsular.

Por entonces, la salud del rey se hallaba gravemente quebrantada. Padecía afecciones cardíacas, vasculares, respiratorias y renales, manifestadas de forma especialmente visible en la hidropesía. Este estado físico contribuía a un profundo desasosiego que le impedía permanecer largo tiempo en un mismo lugar. Así, apenas una semana después, abandonó Plasencia y se dirigió a Abadía, alegando su deseo de cazar en los dominios de su primo, el duque de Alba. No obstante, aquel retiro tuvo también una dimensión política: en el palacio de Abadía se celebraron reuniones de importancia, entre ellas la firma de la Concordia con Inglaterra el 11 de diciembre, un acuerdo diplomático bilateral entre Fernando el Católico y Enrique VIII de Inglaterra, negociado en un momento clave de reajuste de alianzas europeas tras la muerte de Isabel la Católica y en vísperas de la sucesión de Carlos. Este entendimiento tuvo como finalidad reafirmar la cooperación política y estratégica entre ambas coronas, en un contexto marcado por la inestabilidad italiana, el equilibrio de poderes frente a Francia y la necesidad de garantizar la continuidad de los compromisos previamente adquiridos.

Para Fernando, ya gravemente enfermo, la concordia respondía a una doble lógica: asegurar la estabilidad exterior de la Monarquía Hispánica en su tramo final de gobierno y facilitar una transición ordenada hacia el reinado de su nieto. Aunque no se trató de un gran tratado solemne, su importancia radica en que evidencia que, incluso en sus últimos meses, Fernando siguió interviniendo activamente en la política internacional, utilizando la diplomacia como instrumento de equilibrio. La firma del acuerdo en Abadía, lejos de las grandes cortes europeas, subraya además el carácter itinerante del poder regio en la época y desmonta la imagen de un monarca retirado o políticamente inactivo en sus últimos días. En suma, la Concordia con Inglaterra del 11 de diciembre de 1515 debe entenderse como un acto de continuidad política, más orientado a consolidar relaciones y evitar rupturas que a inaugurar nuevas alianzas y como una muestra de la lucidez política de Fernando El Católico hasta el final de su vida.

También en aquellos días tiene lugar el primer encuentro entre Fernando y Adriano de Utrecht, embajador de su nieto Carlos. Este primer encuentro entre ellos se produjo en el contexto de las negociaciones diplomáticas entre la Corte española y los Países Bajos, vinculadas a la herencia de los Reyes Católicos y la futura sucesión de Carlos. Adriano de Utrecht había sido enviado por Maximiliano de Austria y la familia Habsburgo, -Carlos era un niño-, para estrechar vínculos y preparar la llegada de Carlos a los dominios españoles. En términos históricos, este encuentro fue formal y cargado de protocolo. Adriano, como embajador, debía rendir honores al rey Fernando y presentar formalmente la voluntad de su sobrino Carlos de mantener la alianza familiar y política. Es probable que incluyera intercambio de cartas, regalos protocolarios y conversaciones sobre la educación y gobierno futuro del joven Carlos que sería I de España y V de Alemania. La actitud de Fernando era calculadora; él era consciente de la importancia de los Habsburgo en Europa y buscaba asegurar un equilibrio de poder favorable a España. La escena tiene lugar en un salón bien iluminado por la luz de las antorchas, reflejada en los frescos que narraban las gestas de los Reyes Católicos. Fernando, impecable en su hábito regio, esperaba con gesto sereno pero atento. Sus ojos, expertos en medir intenciones, se posaron en la figura que entraba por la puerta que era la de un hombre alto, de porte distinguido, vestido con lujosos ropajes flamencos, que avanzaba con paso seguro pero respetuoso.

Era Adriano de Utrecht, enviado por su joven nieto, Carlos, futuro heredero de la corona. Al llegar frente a Fernando, Adriano hizo una reverencia. “Majestad —dijo con voz firme—, vengo en nombre de Su Alteza el príncipe Carlos, para expresar su lealtad y su deseo de mantener la alianza y los vínculos que su familia ha cultivado con la corona de Castilla y Aragón.” Fernando lo estudió un instante, evaluando cada palabra y cada gesto. Luego, con voz medida, respondió: “Embajador Adriano, es un honor recibir noticias de mi nieto. España ha sido siempre cuidadosa con sus pactos y la familia tiene un peso que no podemos ignorar. Me alegra que Carlos reconozca la importancia de nuestras tierras y de nuestra herencia.” Se produjo un intercambio de regalos protocolarios: un cofre con finas sedas flamencas de parte de Adriano y un delicado bordado castellano entregado por Fernando. La conversación giró hacia la educación de Carlos, su futuro gobierno y las alianzas con otros reinos europeos. Fernando, consciente de que su nieto representaba un futuro político crucial, mostró prudencia y cada respuesta era medida, cada elogio contenido. Al finalizar la audiencia, Adriano inclinó la cabeza y dijo: “Majestad, vuestra sabiduría guía la Corona. Espero que el joven Carlos pueda aprender de vos y continuar vuestra obra con justicia y fortaleza.” Fernando sonrió ligeramente, un gesto apenas perceptible: “Que así sea. España necesitará hombres con visión y prudencia y toda ayuda que contribuya a ello será bienvenida.” El encuentro, aunque breve, sentó las bases de la relación futura entre Fernando y Carlos; y marcó la pauta de la diplomacia que Adriano de Utrecht ejercería durante años como mediador entre la Corona española y la familia Habsburgo.

Tras unos días, el rey se trasladó a Galisteo y, posteriormente, regresó a Plasencia con la intención de pasar allí las fiestas navideñas. El día de Navidad lo celebró en la ciudad del Jerte, aunque ya con la determinación de emprender un nuevo viaje hacia el sur. Se había anunciado que su itinerario incluiría Sevilla y Granada, con una parada previa en el Monasterio de Guadalupe, donde debía presidir la asamblea de la Orden de Calatrava para designar sucesor al recientemente fallecido comendador mayor, Gutierre de Padilla.

El continuo malestar físico y anímico del monarca hacía imposible una estancia prolongada. Por ello, el 28 de diciembre, Fernando abandonó Plasencia en dirección a Trujillo, acompañado por un reducido séquito de confianza, mientras el resto de la comitiva tomaba camino directo hacia Guadalupe.

Las crónicas indican que el avance del rey fue lento. Su delicado estado obligaba a transportarlo en andas y el trayecto se prolongó durante varias jornadas. Cruzó el Tajo por el Puente del Cardenal, atravesando paisajes que, en otras circunstancias, habrían despertado su conocida afición por la caza, especialmente en los Montes de Montfragüe, aunque en esta ocasión solo pudo disfrutar de ellos como espectador fatigado.

El 2 de enero, el monarca hizo noche en Jaraicejo, y al día siguiente partió hacia Trujillo, donde las autoridades locales habían preparado con esmero su acogida. Se aseguraron provisiones abundantes —carne, pan, aves, capones, perdices y terneros— y organizaron un recibimiento conforme al protocolo: caballeros y regidores vestidos de seda y terciopelo, escribanos con capuces de paño, y una cuidadosa puesta en escena pensada para honrar al soberano. Incluso se dispuso la adquisición de seis toros bravos para ser lidiados el día de la festividad de los Reyes Magos.

De este modo, Fernando el Católico celebró su última Navidad en Extremadura, pasando el 25 de diciembre en Plasencia y la Epifanía en Trujillo, mientras recorría los caminos de la región aquejado por una enfermedad que minaba tanto su cuerpo como su espíritu. El humanista Pedro Mártir de Anglería reflejó este estado de ánimo al escribir que el rey vagaba incansablemente, como si buscara su propio final. La frase “vagaba incansablemente, como si buscara su propio final” no debe entenderse solo de manera literal. Describe varios aspectos. Por una parte, cansancio físico y enfermedad pues Fernando ya estaba su la vejez, con achaques y los esfuerzos constantes por mantener la estabilidad de sus reinos y de su familia en el escenario político europeo lo minaban sin lugar a dudas. Por otra parte está su preocupación política, el rey seguía muy activo en asuntos diplomáticos, incluyendo la preparación de la sucesión de su nieto Carlos y la consolidación del dominio español. Su “vagabundear” también refleja una mente inquieta, incapaz de detenerse ante la magnitud de sus responsabilidades.

A todo lo cual se acompaña una lógica reflexión existencial y la imagen que Pedro Mártir ofrece es casi poética, un Fernando que aparece como un hombre que camina sin descanso, consciente de que se acerca el final de su vida y que quizá busca comprender o aceptar ese destino, queriendo hacer cuantas más cosas mejor antes de morir. En conjunto, el comentario del cronista subraya la mezcla de poder, fatiga y melancolía que acompañó a Fernando en sus últimos años, lo que humaniza a un monarca que muchas veces aparece solo como figura política.

Tras los festejos, la comitiva prosiguió hasta Abertura, donde el rey permaneció varios días y desde donde despachó, el 13 de enero, una carta al Concejo de Trujillo relativa a las obras de su fortaleza. Poco después, reanudó el viaje y alcanzó Madrigalejo, donde su estado se agravó de manera irreversible.

Incapaz de continuar, fue acogido en la Casa de Santa María, dependencia del Monasterio de Guadalupe destinada a la administración de sus extensas posesiones en la localidad. Allí pasó sus últimos días, dictó un nuevo testamento en la tarde del 22 de enero de 1516 y falleció en la madrugada del día siguiente, 23 de enero, festividad de San Ildefonso. El testamento de Fernando el Católico refleja tanto su preocupación por el orden sucesorio como su deseo de proteger los intereses de su familia y la estabilidad de sus reinos. Aunque el texto completo no se conserva de manera íntegra en todas sus versiones, los historiadores han registrado los puntos más importantes:

Confirmación de la sucesión de su nieto Carlos. Fernando aseguraba que Carlos I heredara todos sus reinos (Castilla, Aragón, y territorios asociados), dejando clara la unión de las coronas bajo su nieto y evitando disputas entre familiares y nobles.

Protección de la reina viuda y derechos de sus hijas. Mandaba que Juana, su hija, fuera protegida, a pesar de su enfermedad mental y que se respetaran sus derechos como reina titular de Castilla. Se cuidaba de que la administración del reino fuera estable mientras Carlos llegaba a España.

Instrucciones sobre bienes y posesiones. Dejaba indicaciones sobre la gestión de sus propiedades, fundaciones religiosas, monasterios y donaciones caritativas, asegurando la continuidad de su obra en instituciones como Guadalupe.

Cuestiones religiosas y piadosas. Expresaba su devoción, pidiendo misas y oraciones por su alma, así como que su cuerpo fuera enterrado según la tradición religiosa, mostrando su vinculación con el Monasterio de Guadalupe, donde había pasado sus últimos días.

Provisiones legales y administrativas. Nombraba personas de confianza para velar por el cumplimiento de sus disposiciones, con especial cuidado de no dejar vacíos de poder que pudieran generar conflictos tras su muerte.

En conjunto, el testamento reflejaba a un Fernando ya consciente del fin de su vida, que buscaba asegurar la continuidad dinástica, la unidad de sus reinos y la estabilidad de su familia, incluso ante los desafíos de la herencia de Juana y la llegada de Carlos a la corona.

Sin saberlo, Fernando el Católico había celebrado en Extremadura no solo su última Navidad, sino también el último tramo de un reinado decisivo para la historia de España; y fuentes de primera línea como son las crónicas de Galíndez de Carvajal, Pedro Mártir de Anglería; y, también, estudios modernos de referencia, como los de Ladero Quesada o Calderón Ortega, garantizan con un alto grado de fiabilidad el conocimiento de lo sucedido.

No obstante, conviene recordar que las crónicas coetáneas, especialmente las de humanistas cercanos a la corte, no son neutrales pues su tendencia a subrayar el carácter errante y casi obsesivo del rey en sus últimos años puede responder tanto a la realidad física del monarca como a una construcción literaria destinada a reforzar la imagen de un soberano incansable hasta el final.

Se subraya la dimensión simbólica de la Navidad de 1515, que no se trata solo de una festividad religiosa, sino de un momento cargado de significado político y personal. La elección de Plasencia, los encuentros diplomáticos en Abadía y la preparación minuciosa de la recepción en Trujillo revelan que, pese a su grave estado de salud, Fernando seguía ejerciendo activamente la autoridad y cuidando la escenografía del poder. En este sentido, las crónicas desmontan la idea de un rey retirado o pasivo en sus últimos meses.

Puede señalarse como límite interpretativo la dificultad de separar el desasosiego anímico del monarca de una estrategia consciente de gobierno. El continuo movimiento pudo ser tanto una huida del sufrimiento físico como una forma de mantener el control sobre territorios clave y de preparar la transición dinástica en favor de su nieto Carlos. La escasez de testimonios directos del propio rey obliga a manejar estas hipótesis con cautela.

Desde una perspectiva narrativa, hay que equilibrar el rigor histórico con un tono evocador, integrando el paisaje extremeño y los rituales de acogida urbana como elementos que humanizan la figura del monarca. La última Navidad del rey en el marco de la Extremadura de comienzos del siglo XVI, contribuye a descentralizar el relato tradicional del final de su reinado y a mostrar cómo los espacios periféricos también fueron escenarios decisivos de la historia política y personal del monarca.

FUENTE:https://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/5718676/madrigalejo-cielo-fernando-muere-navidades

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