POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)
Con frecuencia, las procesiones de Semana Santa, eran motivo de altercados y desórdenes; así como de “actos irreverentes”. En todas estas circunstancias, se daba el común denominador de la falta de seriedad y escaso recogimiento; influenciados por los cambios de itinerario, del desfile procesional, por las calles, de unos años a otros.
Todos estos desmanes, habían sido tenidos en cuenta por el Obispo de la Diócesis y, por medio de sus vicarios, envió un escrito al cura párroco de la locaidad. Miguel Tomás Abenza qué, a su vez, se lo hizo saber al Alcalde; en el que se incluían varias Pragmáticas Reales, Autos del Buen Gobierno de los Corregidores; así como diversas Órdenes del Obispo y sus Vicarios.
En la misiva enviada al señor Cura del pueblo, el día anterior del comienzo de los desfiles procesionales de la Semana Santa del año 1787, se hacía hincapié en un decreto en el que instaba a todas las autoridades, civiles y religiosas, a que pusieran todos los medios a su alcance, con el fin de evitar, durante los desfiles procesionales de Semana Santa, que se mezclaran entre los fieles penitentes, “bebedores y maleantes”.
En la misma carta hacía constar el Señor Obispo qué, con esa misma fecha, había enviado un escrito al Gobernador Civil, con la finalidad de que dispusiera todas las Providencias necesarias para evitar que se produjeran tales desmanes.
El párroco de la localidad Miguel Tomás, contestó al Obispo y, a los agentes de seguridad, enviados por el Gobernador, indicándoles qué, él, no podía controlar dicha eventualidad y abogaba por la supresión de las procesiones, como único remedio para evitar tales desórdenes y abusos.
De todas formas, si tuvieran que prevenirme de cualquier otra eventualidad, tengan a bien enviármela por medio de un ‘propio’, ya que solo deseo el mayor acierto en las decisiones que tomemos y qué, conduzcan al recogimiento y se eviten actos vandálicos.
Ante la previsión de algún altercado, de orden público, el Gobernador envió a unos ayudantes, con el fin de que vigilase los desfiles procesionales, apostados en las bocacalles cercanas a la iglesia, ordenando que las distintas imágenes, entrasen en el recinto sagrado, con toda celeridad.
La vigilancia en las puertas de la iglesia parroquial era exhaustiva, obligando a los feligreses a disolver la procesión. Afortunadamente, los temores no se cumplieron y, por consiguiente, nada anómalo ocurrió; ya que, por parte de las autoridades civiles y religiosas, se puso todo el celo posible, con la inestimable ayuda de los Mayordomos de las Cofradías y los fieles que componían el desfile procesional.
Dichas medidas consiguieron el efecto deseado y las procesiones de esa Semana Santa, hicieron todo su recorrido con absoluta normalidad. De esta forma, se evitaron los desórdenes de años anteriores en los que, al cundir el pánico, los costaleros, con sus tronos sobre los hombros, tuvieron que huir, en desbandada, por las calles aledañas y regresar, a la iglesia, de forma precipitada.
El cura y el corregidor, del pueblo, comunicaron al Obispo de la Diócesis y al Gobernador Civil dichos acontecimientos; tal como ocurrieron.
