DIA DE TODOS LOS SANTOS
POR AGUSTIN DE LAS HERAS, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIÉLAGOS (MADRID).
Un día como hoy, siendo el día uno un día tan especial, después de una semana trágica en la historia de España, sólo puedo traer aquí las palabras del primer capítulo de mi último libro «Crónicas de la Villa de Valdepielagos»
La muerte. El día de todos los Santos
«Homo sum, humani nihil a me alienum puto» (Hombre soy, nada humano me es ajeno)» PUBLIO TERENCIO
Relativizar la vida es algo ajeno para quien piensa que lo malo sólo les ocurre a los demás. Quizás sea mejor vivir en la ignorancia, no digo que no, pero al menos vivir los instantes. Pero hay otra forma de relativizar la vida y es relativizar la muerte. Todos los años en el Día de Todos los Santos me viene un recuerdo. Desde que acompañaba a mi madre a La Almudena, en Madrid, veía cómo, según cruzabas el umbral de las puertas de hierro y zonas delimitadas que constituían osarios olvidados eras consciente que la vida había pasado para mucha gente. Más que en los nombres me fijaba en las fechas. Y pensaba que el intervalo entre el nacimiento y el óbito fue una vida cualquiera, como las nuestras. Una vida de alguien que no pensaba morir, que fue hija, hijo, madre o padre, que fue amado o no, pero que sin duda amó, que tuvo sus pensamientos y sus deseos y que sin duda soñó. Y todo aquello ocurrió entre dos fechas. Y si en algún momento a alguien importó, su único recuerdo ahora es la suerte de tener una lápida por un tiempo hasta que sea olvido de generaciones que también morirán. En mi camino me fijaba en decesos acaecidos en los años 30 del siglo pasado, antes de 1914, y pensaba que no llegaron a conocer la Gran Guerra, como así la llamaba mi abuelo. Y avanzando por filas y más filas, intuías personas que murieron durante nuestra guerra incivil y otros que murieron de las enfermedades y hambres de los 40. Luego, los que no llegaron a ver cómo el hombre llegaba la luna y según avanzabas, avanzaba la historia. Era un niño en aquellas visitas junto a mi madre y desconocía que en aquellas vallas del cementerio fueron fusiladas muchas personas incluyendo a un alcalde de la villa de Valdepiélagos, Valentín Gil Moreno, con 44 años.
Un cementerio te muestra la poca huella que dejamos. Y la relatividad de quien somos más cerca de la nada que de un algo. Los cementerios de las ciudades son fríos y anónimos porque quienes reposan al lado es muy posible que nunca se conocieran, es más, que nunca pisaran los mismos lugares. Pero ya en el nombre va algún cambio. Valdepielagos tiene su cementerio a la entrada o a la salida, según vayamos o vengamos. Pero para la mayoría de los mayores no es cementerio, sino camposanto.
En una ladera que cae hacia la carretera las tumbas se colocan en hileras. Pero aquí los apellidos se repiten y se mezclan. En las primeras filas está enterrada mi abuela Antonia Frutos Gil, que murió en 1932, al poco de nacer mi padre. Estos apellidos se irán repitiendo más arriba. Porque aquí la historia va ladera arriba. Por encima están mis bisabuelos Agustín y Ceferina. Y más alto, por los 70, está la tumba de mi abuelo Emigdio de las Heras Pascual, y los apellidos se repiten muy cerca. No lejos está la de su hermano Casimiro. Y en las lápidas las fechas se van acercando a los 80 y 90. Aquí tengo uno de esos recuerdos en una niebla. Una conversación extraña entre mi madre y un hermano de mi tío Emilio, que le llamaban Nanete. Entre cañas y bromas le decía que tenían que hacer más tumbas e ir ladera arriba. Y entre risas le dijo que si quería una para ella. Recuerdo esa conversación como si la estuviera viendo. Y los «no me seas» o «que mala leche» se cruzaron. Pues, muy cerca de aquello Nanete murió de repente y poco después mi madre. Y sus apellidos también se grabaron en mármol, Martínez Aroca ella, y González Gil él. Por eso cuando voy al pueblo me fijo en esa ladera que aun fría por el destino no es tan fría como en las ciudades. Allí, amigos, vecinos y familiares están eternamente juntos, rodeados del olor de árboles de membrillos y frente a la eternidad de algún olivo, formando una biblioteca de vidas. Cada año sigo yendo a este lugar y mi paseo me lleva a tumbas nuevas de aquellos que hemos perdido recientemente. Y sin duda el dolor tampoco me será ajeno porque me traerá su recuerdo. Levantando la mirada una hilera, cuando esté frente a la tumba de mi madre, me llevará a donde descansa Anatolio. Y le recordaré como un amigo al que no pude vivir suficientemente. Como tampoco pude vivir a Ángeles, la mujer de Pedro, y lo lamento. Ni a Alicia que nos dejó un vacío que ningún cronista podrá nunca llenar. Lo que sí sé es que mientras seáis recordados ninguno habrá muerto. Y en mí siempre existirá vuestra memoria.
