POR PEPE MONTESERÍN CORRALES, CRONISTA OFICIAL DE PRAVIA (ASTURIAS).

Si vis, potes me mundare.
Si quieres puedes limpiarme.
(San Marcos, 1, 3)
Estrenamos Salvador en la catedral de Oviedo, o, mejor dicho, el Salvador estrena túnica, manto y cabello dorado, y un texto árabe, escrito de derecha a izquierda, que viene a redundar en su majestad: “Dios es grande”, y a menguarlo un pelín porque Dios, per se, no es que sea grande, es el más grande, subido o no en el Sinaí.
De otra manera, vengo a reflexionar acerca de esta imagen. En muchas leyendas, historias y mitos se produce una salvación, un rescate de nuestro avatar. En el caso de los cristianos, la Pasión de Jesús, su sacrificio, salvó nuestra alma tras la expulsión aquella del Edén mesopotámico.
Este Salvador descalzo, titular de la Catedral, situado a la derecha del presbiterio, sobre el pilar sureste del transepto, con capitel de veneras colgantes; este cosmocrator de piedra caliza blanca, policromada, que porta el globus de los emperadores romanos, con la crucecita añadida, es Cristo resucitado.
Gracias a los patrocinadores de la restauración y a Jesús Puras y Emilia Fernández por volverlo a su ser. Y la consabida frase peregrina: “Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y deja al Señor”. La verdad es que todo lo que actualmente sucede conspira para visitarlo antes de que vuelva a echarnos del paraíso. Ahí está, con su nueva muda, aunque, como decía Santa Teresa, Dios no se muda.
FUENTE: https://www.lne.es/oviedo/opinion/2025/08/11/dios-muda-salvador-120518530.html