POR JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA Y DE CARAVACA (MURCIA)
Con más de noventa años, vive su tercera juventud doña Enriqueta Egea Fernández, natural de Murcia y vecina del barrio del Carmen, quien cursó los estudios de Magisterio durante los primeros años de la posguerra en la Escuela Normal de la capital, siendo alumna, entre otras, de Da. Vicenta Berenguer (tan recordada por las mayores de Caravaca, donde falleció con muchos años a las espaldas).
Tras aprobar las oposiciones, obtuvo su primer destino en El Sabinar (a donde llegó para sustituir a Doña Juanita, maestra coja a quien no llegó a conocer), en septiembre de 1947. Lo hizo en el coche de línea que hacía el trayecto a diario entre Caravaca y Nerpio, tras llegar la ciudad, acompañada de su padre, en el desaparecido tren, usando “el Globo” como medio de transporte, entonces, entre la estación del ferrocarril y el centro de la misma.
La ilusión de su primer destino, impidió fijarse a Da. Enriqueta en la lejanía física de El Sabinar y del tiempo invertido en el viaje, así como de las características del lugar donde habría de fijar su residencia. Lo hizo en las dependencias de un viejo casón, que allí llamaban “El Casino”, al final del pueblo, donde permaneció poco tiempo, pues pronto encontró otro lugar más apropiado para sus necesidades personales.
La escuela era un no menos viejo casón, lo que durante mucho tiempo se denominó “escuela unitaria”, a la que asistían niños y adolescentes de ambos sexos y diferente edad y conocimientos. El local carecía de pizarra (encerado) y de aseos dignos (un hoyo para cada sexo hacía las veces). La pizarra la fabricó ella misma en la pared del aula, con pintura verde que adquirió en Murcia, como las tizas para escribir en ella, todo a su costa, claro está. Los alumnos se sentaban en destartalados “bancos de a dos”, con abundantes manchas de tinta de años. No había bolígrafos entonces, y los alumnos mojaban la pluma, para escribir, en tintero de vidrio convenientemente dispuesto en “el banco”, en agujero al efecto. La tinta la compraba ella también en Murcia, o se las ingeniaba para fabricarla con productos que otros compañeros le enseñaron.
Los inviernos eran entonces muy crudos en El Sabinar. Las heladas eran habituales la mayoría de las noches, y aunque no recuerda apenas nevadas que aislasen al pueblo del resto del mundo, el frío intenso era constante. Recuerda con gracia y admiración hacia aquellos alumnos suyos, cómo la mayor parte de ellos acudían al aula cada mañana, con su propio brasero, que sus padres preparaban convenientemente con latas o botes de conserva agujereados, asidos por alambres para evitar quemaduras. En el interior de aquellos botes se depositaban ascuas incandescentes del fuego doméstico encendido a lo largo de todo el período invernal, que allí era muy largo.
Fue Da. Enriqueta quien pidió al ayuntamiento de Moratalla una estufa, de leña o aserrín, para caldear el aula durante los peores días del invierno. El Ayuntamiento acabó enviando la estufa solicitada, pero dos años después de haber partido de El Sabinar Da. Enriqueta.
La lejanía del lugar, que distaba cinco horas desde Murcia en los vehículos de entonces, obligaba a Da. Enriqueta a permanecer en El Sabinar salvo en las vacaciones de Navidad, Semana Sana y verano, a lo largo de los dos años que allí estuvo destinada. Su llegada al pueblo tras las vacaciones, era celebrada por chicos y grandes, que acudían a recibirla a la parada del coche de línea. Llevaba “chuches” para todos, que ella misma adquiría días antes en la confitería murciana de “Alonso” y que consistían generalmente en “Caramelos de Hellín”, “Pastillas de Alonso” y algún que otro chicle, difíciles de encontrar entonces en El Sabinar.
Conocía lo que acontecía en el resto del mundo gracias al periódico “Linea” que a diario recibía “Pascual Talavera, a la llegada del coche de línea ya mencionado
La enseñanza personalizada de la maestra rural, como es el caso de Da. Enriqueta, permitía conocer en profundidad las cualidades y características personales de sus alumnos, que compartía con sus padres, a quienes aconsejaba sobre el futuro de aquellos. Es el caso de la científica Rocío Álvarez López, del sacerdote Francisco García López o el industrial Julián Martínez Sánchez, quienes de no haber sido por Da. Enriqueta la sociedad se habría visto privada de sus servicios a la misma.
El caso de Da. Enriqueta es el de las maestras rurales durante gran parte del pasado siglo XX, de las que tan pocos ejemplos quedan con vida, pero cuyo recuerdo permanece imborrable en las personas de edad avanzada, cuyas primeras letras aprendieron de aquellas, así como también las normas de comportamiento social y de urbanidad que nunca olvidaron.
Hubo otros maestros anteriores y contemporáneos de aquellas (en este caso más abundantes entre los varones), los “maestros ambulantes”, que acudían en bicicleta o a lomos de animales a cortijadas y caseríos desperdigados por el campo y la sierra, pero de ellos me ocuparé en otra ocasión.
Hoy, mi homenaje es a la maestra rural en la persona de Da. Enriqueta, con quien tuve la ocasión de compartir mesa y mantel para la recogida de datos y redacción de este texto, junto a su hermana Pilar, ambas viudas y expertas en composiciones “panochas”, que recitan con agilidad mental y memoria envidiable, poseídas de sano humor, envidia de muchos como yo mismo.
Da. Enriqueta pasó dos cursos escolares en El Sabinar, como he dicho. Luego ejerció la profesión en la enseñanza privada en la “Academia Marco” de la capital, reingresando en el cuerpo después, para pasar el resto de su vida profesional en la pedanía murciana de Los Garres (donde tiene una calle dedicada a su memoria), hasta que le llegó la obligada jubilación laboral en 1994.
FUENTE: https://elnoroestedigital.com/dona-enriqueta-o-el-retrato-de-la-maestra-rural/
