POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, CRONISTA OFICIAL DE REAL SITIO DE SAN ILDEFONSO (SEGOVIA).
El género negro ofrece en los últimos años un variopinto número de variantes. Desde el ‘noir nórdico’, ambientado en unos escenarios de hielos y auroras boreales, en los cuales el asesinato parece una consecuencia fatal del paisaje, hasta el ‘cozy crime’, que nos lleva a unas escenografías benignas, apacibles y amablemente costumbristas donde cualquier forma de violencia parece imposible. Desde el ‘noir’ medieval al futurista; desde el ‘neo-noir’, que es una renovación del ‘hard-boiled’ surgido en los años 20 en lo que se refiere a brutalidad explícita y a abundancia de sangre, hasta la ‘comedia negra’ que nos ha dado obras de referencia como ‘Wilt’, la hilarante joya que el inglés Tom Sharpe publicó a mediados de los 70, o, por citar un ejemplo más reciente, como ‘Todos en mi familia han matado a alguien’, parodia que el australiano Benjamin Stevenson publicó en 2022. La nueva novela de Eduardo Mendoza se sitúa en esta última modalidad del género negro en la que ya aterrizó con su anterior entrega narrativa, ‘Tres enigmas para la organización’, en 2024.
‘La intriga del funeral inconveniente’ parte, como indica su título, de un funeral en el tanatorio barcelonés de Sants. Un aspirante a periodista, Ramoncito Valenzuela, que es, con todo derecho, el verdadero protagonista de la novela, redacta una crónica extravagante en el más puro estilo ‘mendoziano’ y con frases de una jugosa elocuencia: «Ayer tuvo lugar el sepelio de un fulano que apareció asesinado anteayer en su miserable domicilio». O «…dado el bajo nivel económico y moral del interfecto, la ceremonia se celebró en un rincón del parking».
Al novato redactor, esa colorista nota de prensa le cuesta el despido inmediato del diario, entre otras razones por la alusión a las circunstancias poco naturales de esa muerte, que reclaman una investigación cuando «la intención de la policía era echar tierra al asunto». En las siguientes páginas se nos traza un perfil biográfico de Ramoncito que nos advierte de que estamos ante un ‘noir’ satírico o una sátira del ‘noir’ definitivamente ajena a los parámetros realistas, empezando por el hecho de que nuestro joven héroe tiene solo diecisiete años, edad que no le impide tomar la decisión de recuperar su inverosímil puesto laboral investigando por su cuenta y riesgo el enigma que se esconde tras ese cadáver. Es dicha aventura la que realmente constituye la trama argumental del libro. Una trama en la que va desfilando una sugerente fauna humana absolutamente disparatada.
‘La intriga del funeral inconveniente’. Eduardo Mendoza. Ed: Seix Barral, 256 páginas, 19, 85 euros (ebook 12,34)
A la visita que le hace a Francisco de Sales Alibey, el empleado de la funeraria que se hizo cargo del esperpéntico y extraño protocolo que rodeó al funeral propiamente dicho, se suma Titina, la hija de este, que contacta a escondidas con Ramoncito bajo el absurdo nombre de Gucci y que no tiene el menor inconveniente en explicarle que su padre pertenece a una organización secreta. Y a ambos personajes les siguen Cándida, la hermana del muerto, o Juan Ignacio Rodríguez Jarana, el exinspector jubilado apodado el Tigre Malo, que tuvo una intervención oral un tanto ridícula durante el sepelio y entre cuyos méritos de su vida profesional se cuenta el de haberse sabido introducir en un colectivo de travestis haciéndose pasar por uno de ellos.
Entre esa galería de personajes, entre los que no falta un misterioso asistente al funeral ataviado con una gabardina, un sombrero de ala ancha y unas gafas de sol, que es uno de los enigmas del texto, el argumento se desliza hacia un secuestro, una corrupta trama financiera y una chapucera conjura criminal en la que tampoco falta un tal Rialles y Rialles, especulador en bancarrota cuyo suegro acude a las altas reuniones del Banco Central Europeo vestido de nazareno, o un impagable monseñor Gorostiza, miembro de la Comisión Episcopal en la diócesis barcelonesa, que aun degradado de su puesto, tendrá un papel estelar en las últimas páginas.
‘La intriga del funeral inconveniente’ es un texto fiel a la clásica receta estructural de planteamiento, nudo y desenlace. Pero tiene una novedosa clave en el histriónico relieve gráfico que adquieren todas las situaciones, los propios personajes y la incontinencia verbal que muestran estos cada vez que toman la palabra. Diríase que se mueven entre la sinceridad sorprendente y la locuacidad más temeraria. Así, por ejemplo, el padre de Ramoncito dice de sí mismo algo que no suelen decir los padres normales: «…soy inepto, holgazán y sinvergüenza…». No solo la crónica periodística que desata la desquiciada acción narrativa peca de explícita en esta novela.
Hay ocasiones en las que la historia de una novela es, en sí misma, otra novela. Un nieto hereda de su abuela varias obras inéditas y decide salvarlas del olvido. Edmund de Waal logró que la mejor creación de su abuela Elisabeth viera la luz en 2013, 22 años después de su muerte. Un póstumo reconocimiento a quien a lo largo de su vida vio rechazadas sus cinco novelas. «¿Por qué hago semejante esfuerzo y pongo a prueba mi resistencia y mi energía para escribir este libro que nadie leerá?», se preguntaba. Por suerte no ha sido así y nos encontramos ante una obra maravillosa que hoy podemos disfrutar por primera vez en español.
Transcurre entre marzo de 1954 y la primavera de 1955 en una Austria devastada tras la II Guerra Mundial, inmersa en una compleja desnazificación y próxima a recuperar su independencia. A esta ciudad comienzan a regresar exiliados como Kuno Adler, un científico judio, el oportunista Theopil Kanakis, una joven aristócrata nacida en Estados Unidos y dos príncipes arruinados. Elisabeth de Waal, una judía vienesa procedente de una familia rica y culta, se instaló en el Reino Unido tras el Anschluss (la anexión de Austria por parte de la Alemania nazi en 1938) y volvió para intentar recuperar propiedades y localizar colecciones de arte de su familia. ¿Qué encuentra uno al regresar al lugar del que huyó? Uno de los puntos fuertes del relato es el paralelismo entre la reconstrucción de Viena y de sus personajes.
Martín Caparrós publicó ‘Todo por la patria’ en 2018. Y, con esa irreverente incursión en el género negro, impregnada de costumbrismo bonaerense y de un humor refrescante, nació Andrés Rivarola, el Pibe, un héroe antiheroico que no moriría con aquella primera y rocambolesca intriga criminal sino que protagonizaría toda una serie policíaca titulada ‘Los tanguitos de Rivarola’. Y es que una de las habilidades de este irredento aventurero urbano, conocedor de todos los antros de billares de Buenos Aires, medio periodista, medio detective, es la de escribir unas letras de tangos que sintonizan con el fervor que ese género despertaba en la Argentina de 1933, escenario en el que está ambientado el libro, recuperado por Gutenberg.
Sobre el país planeaban la Gran Depresión del 29 y el golpe de Estado del 30 con el que Uriburu derrocó a Irigoyen. En ese marco, Bernabé Ferreiyra, el mítico jugador del River Plate, se esfuma tras una discusión sobre su contrato. Su desaparición coincide con el asesinato de la hija de un oligarca próximo a la ultraderechista Liga Patriótica, y Riverola, que es amigo de quien abastecía de cocaína al célebre futbolista, tratará de descubrir si hay un nexo entre ambos hechos, lo que le llevará a sumergirse en una trama de corrupción. Caparrós nos ofrece una novela genuinamente argentina en la que no falta ningún tópico nacional, desde los tangos a los boliches, desde el fútbol al propio Jorge Luis Borges, con quien el Pibe rivalizará por el amor de una pelirroja.
Pocos personajes históricos hay más lastrados por su propia leyenda que Juana I (1479-1555), conocida como «la loca», reina de Castilla de 1504 a 1555, y de Aragón y Navarra desde 1516 hasta 1555; pero que vivió encerrada en Tordesillas desde 1506, esto es, bastante más de la mitad de su vida. En esta biografía que se presenta como definitiva, el historiador Eduardo Juárez Valero rescata la figura de Juana de Castilla de los tópicos románticos que han sepultado al personaje para devolverle su verdadera dimensión política y humana.
A través de una investigación rigurosa, basada en buena parte en documentación inédita, el autor demuestra que la supuesta demencia de la reina no fue un hecho clínico estable, sino un instrumento político orquestado por su marido, Felipe el Hermoso; su padre, Fernando el Católico, y su hijo, Carlos I, para apartarla del poder. Juárez Valero argumenta que este este último gobernó sobre una «ficción jurídica» durante casi todo su reinado, ya que Juana siguió siendo la reina ‘de iure’ hasta su muerte, tras su encierro en vida, que el libro describe al detalle. Se trató de una estructura carcelaria diseñada para silenciar a una soberana que, lejos de ser pasiva, mantuvo una resistencia firme y lucidez, como demostró al negarse a ser manipulada por los comuneros. Un libro contundente que desmonta leyendas y restaura la imagen de una mujer notable, víctima de las maquinaciones de su propio linaje.
‘Los años gloriosos’ se acaban. No solo las aventuras y desventuras de la familia Pelletier en esos cuatro libros que, agrupados bajo este título genérico, ha ido narrando Pierre Lemaitre; se acabaron, se supone, para los y las francesas. En breve, a finales de los años sesenta, todo daría un vuelco y ya esta familia, y tantas otras, tendrían que acostumbrarse a una sociedad diferente, en constante cambio rápido. Por eso a mucha gente en Francia, de cierta edad y memoria, le gusta pensar en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial y hasta los mediados sesenta como eso, los años gloriosos.
Son los años del desarrollo del capitalismo. De las obras faraónicas. Del acceso a la educación y a los negocios de otras personas, de otros estratos sociales. Es lo que parece representar un nuevo personaje, Manuel, el descendiente de exiliados españoles que trabaja en el campo francés y podría dar con la fórmula para liberarse del yugo del arrendatario y de la empresa lechera. Pero resulta que es la época, al mismo tiempo, en la que aún hay una clase de poder que se mantiene, el de esa burguesía que consigue meter el hocico en todas partes y diversificar sus ingresos porque se conocen entre ellos y entre ellos se ‘ayudan’; es lo que van a hacer Geneviève y Jean, esa extraña pareja que vive en la mentira y que destroza a sus hijos -Colette y Philippe-y a quien se pone por delante.
Pueden resultar graciosos, esperpénticos (la lucha a muerte de Geneviève y el pobre gato Joseph es divertidísima y nos lleva casi a historietas de tebeo), es el dúo de rasgos exagerados en todo, en lo físico y lo moral, que relajan la narración… Pero son de pena estos dos y, a la vez que desengrasan la lectura con sus opiniones tontas y su aparentar, dejan patente su incapacidad para amar, para respetar, para entender que ya la vida no es lo que fue. Y que hasta la hermana soltera que metió la pata en lo sentimental -la solterona, vaya- se merece algo mejor que sus migajas.
François es nuestra mente preclara, el que piensa en la justicia (o más bien en lo que es justo) por encima de todo. El periodista escritor que busca la verdad en su familia como la ha buscado en otros ámbitos. A él se le debe la resolución, por fin, de los muchos asesinatos de mujeres que nadie más que él ha conectado hasta ahora. Total, solo eran jovencitas de provincias.
La guerra en Argelia (no le dieron ese nombre, pero ahí está) y la cantidad de soldaditos sacrificados. El desalojo de viviendas obreras en aras del urbanismo de un París en crecimiento. El despertar sexual del sobrino adolescente. La nostalgia por el país que se abandonó hace tiempo. Todo cabe en esta novela de estilo folletinesco, decimonónico, que demuestra que la narración clásica no ha muerto. Solo hay que saber qué contar y cómo hacerlo.
Jonathan Coe avanza en el proyecto de novelar la historia contemporánea de Inglaterra desde la irrupción del ‘thatcherismo’ al Brexit. En su anterior novela, ‘Bournville’, llegó hasta el discurso de Isabel II al comienzo del confinamiento. Fue una mala jugada de la historia que el colofón natural de aquel libro sucediese justo después de su publicación. Me refiero a la muerte de la Reina y a las colas para despedirla en Westminster. El episodio aparece ahora en ‘Las pruebas de mi inocencia’, cuya línea temporal principal transcurre durante el brevísimo gobierno de Liz Truss.
El propósito de Coe es en esta ocasión abordar la transformación del conservadurismo inglés en un extremismo populista. Para hacerlo, esquiva la sátira y opta por algo más travieso y elegante. También más arriesgado. Consiste en transformar el escenario político en una trama de misterio y la novela en una muñeca rusa de manuscritos. Todo comienza con la visita de Christopher Swann, un periodista de izquierdas, a la casa de Joanna, una vieja amiga de sus tiempos en Cambridge. Swann llega acompañado de su hija veinteañera y comenta que piensa asistir a la convención de un ‘think tank’ ultraconservador que se celebra en una casa de campo señorial. En otro momento de su visita, el periodista comenta con Phyl -la hija de Joanna- el peculiar amor inglés por las novelas de «crímenes agradables» protagonizadas por detectives extravagantes.
Poco después, la estancia de Swann en la convención derechista se transforma exactamente en una de esas novelas. Intuimos que es Phyl quien la escribe. Incluye un asesinato y una investigadora a punto de jubilarse tan perspicaz como hedonista. El segundo giro de la novela tiene que ver con el papel que juega en la investigación un libro sobre el Cambridge de los ochenta escrito por un íntimo amigo de Swann y Joanna. Fue en el ambiente elitista de la universidad donde se pusieron las bases del movimiento ideológico detrás del ‘Brexit’ y gobiernos como el de Truss. Al instante, lo que el lector tiene entre manos son esas memorias de campus. El tercer giro del libro consiste en transformarse en un «ensayo de autoficción» escrito por las hijas de Swann y Joanna, dos ‘millennials’ sin futuro. El salto mortal es por tanto triple y de resultado desigual. La novela de detectives funciona muy bien. Las otras dos no lo hacen tanto. Coe las hilvana en cualquier caso con enorme solvencia. El conjunto está repleto de sutiles conexiones, juegos internos y un sentido del humor que incluye la autoparodia (en la narración de Cambridge hay un estudiante letraherido apellidado Cope). La sensación final es extraña. Está relacionada con ver a un escritor tan dotado para la naturalidad como el inglés enlazando piruetas.
Ser objetivo cuando se lee sobre Gaza es, en sí mismo, una ficción. Hay lugares donde la distancia crítica se resquebraja antes incluso de abrir el libro. ‘El librero de Gaza’ pertenece a ese tipo de obras que nos obliga a reconocer nuestros propios límites. Rachid Benzine, dramaturgo nacido en Marruecos y criado en Francia, construye una obra breve, pero de gran densidad moral y simbólica. Lejos de ser un publirreportaje o un melodrama geopolítico, opta por una historia mínima, casi susurrada, donde la literatura se convierte en un acto de resistencia frente a la devastación.
El punto de partida es sencillo: entre los escombros de Gaza, un librero intenta mantener vivo su oficio y, con él, la posibilidad de pensar, leer y transmitir memoria. A través de su conversación con un periodista, reconstruye su vida: los campos de refugiados de su juventud, la universidad, la cárcel y la creación de su pequeña librería. La prosa de Benzine es sobria y depurada, con un tono casi meditativo. A veces peca de dar predominio a la explicación sobre la narración. Al cerrar el libro queda una sensación extraña. No es esperanza, tampoco desesperanza. Es algo más incómodo: la certeza de que los libros, esos objetos aparentemente inútiles en tiempos de guerra, pueden ser lo único que impida que la destrucción sea total. Porque quizá la verdadera pregunta que plantea Benzine no es cómo se sobrevive entre ruinas, sino qué merece ser salvado cuando todo se derrumba.
Patxi Irurzun va conformando una carrera literaria en la que hay un poco de todo, diarios íntimos, relatos, libros de viajes y ficciones sobre el rock radical vasco, como la trilogía que acaba de culminar en la editorial Pamiela. En este último libro toca una de las teclas que mejor le suenan: la autobiografía antisolemne. En ‘Lacha’, subtitulado ‘Los tímidos siempre tenemos frío’, recopila una serie de capítulos vitales con la vergüenza como eje vertebrador. Una vergüenza que en Navarra se llama así, «lacha», y que tiene algo también de rasgo local que apenas se oculta nueve días al año: lo que duran los Sanfermines. O cuando hay alcohol de por medio, porque en la nebulosa de la juventud el concurso de claretes, cervezas o kalimotxos obraban el milagro de aniquilar ese lastre interior.
Irurzun emplea un tono ligero y añade dosis de autoironía, como cuando habla de su «personalidad sinsorga y pasmada» o señala que «ser tímido es no atreverse a decir que no», lo que da pie a escenas hilarantes. Pero también hay una clave más honda en lo tocante al deporte escolar y la dificultad que para un chaval tímido conlleva enfrentarse a tantos elementos hostiles. Un combate que, mal gestionado, puede volverse en tu contra. Es la condena de los tímidos, una «sensación de aplastamiento, de aniquilamiento, de mancha imborrable». Algo que el término vergüenza no acaba de definir y que este libro, con su título tan bien puesto, ha venido a subsanar.
Cuando la Guerra Fría enfrentó a los antiguos aliados contra Hitler, los estadounidenses repararon alarmados en que apenas sabían nada del nuevo rival soviético. Ansiosos por remediar esa carencia, no dudaron en reclutar a expertos provenientes del régimen nazi, que en su mayoría antepusieron su anticomunismo visceral e instinto de supervivencia y pasaron a trabajar para los nuevos amos. Reinhard Gehlen llegó a dirigir los servicios de inteligencia de la República Federal Alemana y avivó la paranoia sobre la amenaza roja (en gran parte por convicción y también para darse importancia), pero su manga ancha hacia los criminales de guerra favoreció paradójicamente la infiltración soviética que lo haría caer en 1968.
Hay muchas paradojas en este documentado libro: a falta de satélites y vigilancia sistemática de las comunicaciones, el espionaje dependía en alto grado del factor humano, con personajes de lealtad y eficiencia cambiante. El Mosad no tuvo empacho en recurrir al legendario nazi Otto Skorzeny (refugiado en el Madrid de Franco) para torpedear el programa de misiles egipcio, y se centró en la amenaza actual frente a la caza de genocidas como el siniestro Alois Brunner (oculto en Damasco y al que acabó quitándose de en medio el régimen sirio). En las poco edificantes trayectorias de esos mercenarios y traficantes se entrecruzan atentados, cartas bombas y secuestros; pero las teclas más socorridas fueron casi siempre el dinero y la vanidad.
FUENTE:https://www.elcorreo.com/culturas/territorios/mujeres-fernando-aramburu-20260411185912-nt_amp.html
