“EL AMIGO MANSO”, DE DON BENITO PÉREZ GALDÓS,
Mar 09 2026

POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES-ARRIONDAS (ASTURIAS).


El personaje central de la novela “El amigo Manso” forma parte de esas figuras del universo literario creado por Benito Pérez Galdós (1843-1920) en su memorable ciclo de novelas españolas.

Galdós recrea a su personaje Máximo Manso como un asturiano -nacido en Cangas de Onís- que vive en Madrid, catedrático de Filosofía, el cual encarna la postura contemplativa ante la vida, un ejemplo de rectitud, comprensión y tolerancia. Un profesor célibe, misógino y siempre solitario.

En un fragmento del capítulo dos -de los cincuenta que componen el libro- Galdós pone en boca de Máximo Manso esta declaración:

“Soy asturiano. Nací en Cangas de Onís, en la Puerta de Covadonga y del monte de Auseba. La nacionalidad española y yo somos hermanos, pues ambos nacimos al amparo de aquellas eminentes montañas, cubiertas de verdor todo el año, en invierno encaperuzadas de nieve, con sus faldas alfombradas de yerba, sus alturas llenas de robles y castaños, que se encorvan como si estuvieran trepando por la pendiente arriba; con sus profundas, laberínticas y misteriosas cavidades selváticas, formadas de espeso monte, por donde se pasean los osos, y sus empinadas cresterías de roca, pedestal de las nubes.

Mi padre, farmacéutico del pueblo, era gran cazador y conocía palmo a palmo todo el país, desde Ribadesella a Ponga y Tarna, y desde las Arriondas a los Urrieles.

Cuando yo tuve edad para resistir el cansancio de estas expediciones, nos llevaba consigo a mi hermano José María y a mí. Subimos a los Puertos Altos, anduvimos por Cabrales y Peñamellera, y en la grandiosa Liébana nos paseamos por las nubes.

Solo o acompañado por los chicos de mi edad iba muchas tardes a San Pedro de Villanueva, en cuyas piedras está esculpida la historia, tan breve como triste, de aquel rey que fue comido por un oso.

Yo trepaba por las corroídas columnas del pórtico bizantino y miraba de cerca las figuras atónitas del Padre Eterno y de los santos, toscas esculturas impregnadas de no sé qué pavor religioso. Me abrazaba con ellas y, ayudado de otros muchachos traviesos, les pintaba con betún los ojos y los bigotes, con lo cual las hacía más espantadas.
Nos reíamos con esto; pero cuando volvía yo a mi casa me acordaba de las figuras retocadas por mí y me dormía con miedo de ellas y con ellas soñaba. Veía en mi sueño las manos chatas y simétricas, los pies como palmetas, las contorsiones de cuerpos, los ojos saltándose del casco, y me ponía a gritar y no me callaba hasta que mi madre no me llevaba a dormir con ella.

Yo no hacía lo que otros chicos perversos, que con un fuerte canto le quitaban la nariz a un apóstol o los dedos al Padre Eterno, y arrancaban los rabillos de los dragones de las gárgolas o ponían letreros indecentes encima de las lápidas votivas, cuyas sabias leyendas no entendíamos.

Para jugar a la pelota preferíamos siempre el pórtico bizantino a los demás muros del pobre convento, porque nos parecía que el Padre Eterno y su Corte nos devolvían la pelota con más presteza.

El muchacho que capitaneaba entonces la cuadrilla es hoy una de las personas más respetables de Asturias y preside, ¡oh, ironías de la vida! la comisión de Monumentos”.

Y continúa Galdós poniendo en boca del cangués Máximo Manso la impresión tan profunda que siempre le causó la melancolía y amenidad de los valles asturianos, de la grandeza de las moles y cavidades, cuyos ecos repiten el primer balbucir de la historia patria, los pintorescos ríos, el triste lago Nol (así le llama exactamente, y no Enol), y dice sentir en su masa encefálica los capiteles que reproducen la terrible historia de aquel rey comido por un oso.
Añade Benito Pérez Galdós en boca de Máximo estas reflexiones:

“Cuando yo hacía travesuras, mi padre me amenazaba con que vendría un oso a comerme, como al señor Favila, y muchas noches tuve pesadillas y veía desfilar por delante de mí las espantables figuras de los capiteles.
Por nada del mundo me internaba solo en el monte; y aun hoy siempre que veo un oso me figuro por breve instante que soy rey; y también si acierto a ver un rey, me parece que hay en mí algo de oso”.

A nadie nos cabe la menor duda que Galdós habrá visitado más de una vez este lugar de San Pedro de Villanueva antes de escribir “El amigo Manso” en el año 1882, pues de todos es conocida la relación de Galdós con nuestro concejo de Parres, ya que del pueblo de Bodes era Lorenza Cobián González, uno de sus grandes amores y su pareja durante muchos años

Lorenza había nacido un 21 de mayo de 1851 en la casa familiar denominada El Gayán, hija de Tomás Cobián y de Josefa González.

El Gayán -en la parroquia de Sto. Tomás- está situado en la falda sur de la cordillera del Sueve.
Como ya comenté en otros artículos sobre Galdós, este conoció a Lorenza en Santander, donde la joven pasaba largas temporadas con unos familiares.

Cuentan que Pérez Galdós se burló de ella porque no le conocía ni a él, ni a ninguno de sus libros, pero que pronto iniciarían una relación que se prolongó varios años. La pareja tuvo un primer hijo que falleció al poco de nacer y, el 12 de enero de 1891, Lorenza dio a luz a María Pérez Galdós Cobián.

La parraguesa no fue la única mujer en la vida del dramaturgo, al que se le conocen varias relaciones más, pero Galdós llegó a pedirle matrimonio. Ella, muy adelantada para la época, rechazó la propuesta porque opinaba que cuando uno se casaba se perdía la ilusión. Eso no impidió que la hija de ambos fuera reconocida por el escritor como única heredera, además de ocuparse de su educación.

Aunque no vivieron bajo el mismo techo, coincidieron durante años en sus vacaciones en Santander y también en Parres, en compañía de otros escritores ligados a Asturias como José María de Pereda y Leopoldo Alas Clarín.
Fueron años felices pero -cuando Lorenza contaba 55 años- cayó en una gran depresión mental que la llevó al suicidio.

Lorenza fue detenida por intentar arrojarse sobre la vía al paso del tren en la estación de Príncipe Pío, en Madrid, pero consiguió su desgraciado final ahorcándose en el calabozo del Gobierno Civil de la capital de España el 26 de julio de 1906.

FUENTE:https://www.facebook.com/franciscojose.rozadamartinez

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