POR LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN CRONISTA OFICIAL DE CARTAGENA (MURCIA) .
Durante casi noventa años este documento ha permanecido custodiado entre los fondos del actual Centro Documental de la Memoria Histórica. Se trata de la Causa nº 2 instruida con motivo de la rebelión militar en las distintas dependencias de la Base Naval de Cartagena
Existen documentos que cambian la manera de entender la historia. Este es uno de ellos. Durante casi noventa años ha permanecido custodiado entre los fondos del actual Centro Documental de la Memoria Histórica, en Salamanca. Se trata de la Causa nº 2 instruida con motivo de la rebelión militar en las distintas dependencias de la Base Naval de Cartagena, integrada en la Sección Político-Social de la documentación del Tribunal Popular de Cartagena. Un expediente de trece folios que forma parte de las cerca de ochenta cajas documentales conservadas sobre Cartagena durante la Guerra Civil Española (1936-1939) y que constituye una fuente de información primaria de un valor extraordinario. No habla de oídas, no interpreta los hechos décadas después ni construye un relato retrospectivo. Fue redactado apenas nueve días después del fracaso de la sublevación militar en la ciudad, cuando los protagonistas seguían vistiendo el uniforme y el olor de la pólvora aún impregnaba el Arsenal.
Su lectura resulta especialmente oportuna en 2026, cuando Cartagena conmemora el 300º aniversario del Arsenal Militar, una de las grandes obras de la ingeniería ilustrada española y una instalación que, durante tres siglos, ha sido escenario de algunos de los acontecimientos más trascendentales de la historia naval de España. Entre ellos ocupa un lugar destacado el intento de sublevación de julio de 1936, un episodio que pudo cambiar no solo el destino de Cartagena, sino también el de toda la Guerra Civil.
El expediente fue instruido por el auxiliar primero de Artillería Carlos Baladrón, actuando como secretario el auxiliar de Infantería de Marina Felipe Correa Pujol. Ambos reconstruyeron los acontecimientos a partir de las declaraciones de decenas de militares que habían vivido aquellas horas decisivas. La inmediatez de los testimonios convierte este documento en una fotografía casi instantánea de uno de los momentos más delicados de la historia contemporánea de Cartagena.
La investigación comienza situándonos en la tarde del 18 de julio de 1936. Según el informe, el auxiliar primero José Andrés Lillo, encargado accidentalmente del personal del Cuerpo Auxiliar de la Armada, observó movimientos poco habituales entre distintos oficiales. Aquella misma tarde el teniente de navío Pablo Bueno, ordenó formar las compañías del Arsenal, distribuyendo municiones y organizando un cañón de desembarco en la explanada de armas. Oficialmente todo respondía a un ejercicio de seguridad. En realidad, el expediente sostiene que aquellas maniobras formaban parte del intento de incorporar la Base Naval al golpe militar iniciado ese mismo día.
Las declaraciones dibujan una atmósfera de enorme tensión. Mientras algunos mandos aseguraban desconocer el verdadero alcance de las órdenes, otros afirmaban haber comprendido que la operación perseguía el control absoluto del Arsenal. Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos cambió de forma inesperada. El documento describe cómo diversos mandos permanecieron fieles al Gobierno de la República y comenzaron a neutralizar la conspiración. Especial importancia tuvo la actuación de la dotación del destructor ‘Lazaga’, cuyo comandante terminó respaldando la legalidad republicana. A bordo del buque se produjo incluso la destitución de algunos oficiales comprometidos con el levantamiento, mientras el resto de la tripulación aseguraba el control de la situación. Aquella decisión resultó decisiva para impedir que el Arsenal cayera en manos de los sublevados.
1. La dotación del destructor ‘Lazaga’ fue clave para que no triunfara la sublevación. 2. Puerta del Arsenal, en julio de 1936..
Uno de los aspectos más llamativos del expediente es el protagonismo que adquieren marineros, auxiliares y suboficiales. Nombres como José Andrés Lillo, Pedro Arroyo, Ángel Cano, José Meca, José Ibáñez o José Guillén aparecen desempeñando funciones esenciales para mantener la disciplina, asegurar los depósitos de armas y garantizar la vigilancia de unas instalaciones estratégicas en unos momentos de máxima incertidumbre. Frente a la visión tradicional centrada únicamente en generales y almirantes, este documento devuelve el protagonismo a quienes sostuvieron el funcionamiento cotidiano del Arsenal fundamentalmente personal subalterno del mismo.
Especialmente revelador resulta también el clima de confusión que transmiten las declaraciones. Numerosos testigos afirman haber recibido órdenes contradictorias, desconocer el objetivo real de las formaciones militares o creer que simplemente participaban en medidas preventivas de seguridad. Esa mezcla de incertidumbre, rumores y decisiones improvisadas refleja con enorme fidelidad la realidad vivida durante las primeras horas de la Guerra Civil.
Tras analizar decenas de declaraciones, el instructor llegó a una conclusión inequívoca: existían indicios suficientes para considerar que varios jefes y oficiales habían participado o colaborado en un delito de rebelión contra el Gobierno legítimamente constituido. El informe proponía la continuación de las actuaciones judiciales contra los presuntos responsables, dejando constancia de que otros militares habían impedido con su actuación que la sublevación triunfara en Cartagena.
La trascendencia de aquel fracaso resulta difícil de exagerar. Si el Arsenal hubiera pasado a manos de los sublevados, la República habría perdido su principal base naval en el Mediterráneo apenas iniciada la contienda y seguramente el golpe de estado hubiera triunfado en apenas unos días. Cartagena se convirtió, por el contrario, en el gran bastión de la Marina republicana durante buena parte de la guerra, modificando el equilibrio estratégico en el litoral mediterráneo durante la prolongada guerra.
Pero este artículo pretende reivindicar también otra realidad frecuentemente olvidada: el extraordinario valor de los archivos históricos. Sin la conservación de este sumario en el Centro Documental de la Memoria Histórica en Salamanca, una parte esencial de la historia de Cartagena permanecería oculta. Son estos documentos originales, escritos por quienes vivieron los acontecimientos y preservados durante décadas en un archivo de titularidad nacional, los que permiten separar los hechos de las interpretaciones y reconstruir el pasado con el rigor que exige la investigación histórica.
Porque, al fin y al cabo, la Historia no solo se escribe en los libros. También permanece esperando, silenciosa, entre los legajos de un archivo, hasta que alguien vuelve a abrirlos para descubrir que, hace casi noventa años, el destino de España y el de la propia guerra, se decidió en apenas unas horas dentro del tricentenario Arsenal de Cartagena.
