POR FRANCISCO PUCH JUAREZ, CRONISTA OFICIAL DE VALDESIMONTE (SEGOVIA)

Acababa de publicar El Adelantado de Segovia mi escrito titulado ´El Huerto del Tío Caín´, cuando una llamada telefónica me saca del lecho a las ocho de la mañana para decirme: ´eres un mamón´; era mi buen amigo Antonio Horcajo que como se acuesta pronto, con las del alba ya está despierto, y piensa que los que trasnochamos debemos de estar tan despiertos como él a las seis de la mañana.
Le respondo: no sé a qué viene eso, me puedes llamar mamón y lo que te dé la gana porque como buen amigo te lo consiento pero lo que no puedes hacer es llamar al teléfono de un jubilado a tan intempestivas horas matutinas, explícate.
Acabo de leer tu escrito sobre el Huerto del Tío Caín, me ha gustado tal como lo explicas pero se te ha olvidado una palabra clave en ese tipo de actividad, eso que narras se llama dar un ´baque´.
En efecto mi amigo Antonio tiene mucha razón, porque la chavalería de entonces, utilizábamos ese vocablo, para designar la acción de colarnos en terreno ajeno y llevarnos los frutos que pudiéramos coger. ´Vamos a dar un baque´, decíamos
Y me viene a las mientes cómo, cuando íbamos a bañarnos al bodón del Molino
pasábamos por algunas de aquellas tierras en las que podíamos baquear, la primera era la huerta de los Misioneros, en cuyo rincón del final de la misma había unos frutales cuyas ramas vencidas por el peso de sus frutos se inclinaban sobre la tapia de manera verdaderamente tentadora, ¿quién se resistía a auparse sobre los hombros del amigo que te acompañaba, para arrancarle al árbol un par de manzanas o un par de peras?. Los curas entretenidos en sus rezos ni se iban a dar cuenta del pequeño baque.
Poco más adelante pasábamos por un melonar, cuyo dueño solía pasar la noche estrellada del verano bajo una especie de cabaña construida por él mismo con pajas y ramaje, en la que arropado en una manta de Bernardos para protegerse del relente de la madrugada, se quedaba vigilando para que los chavales no nos lleváramos algún melón o sandía, pero siempre encontrábamos el resquicio para poder baquear, aprovechando el sopor de su siesta, para lo cual siempre alguno de los chavales se quedaba vigilando para dar el queo si se despertaba el susodicho.
Poco después del melonar teníamos un campo de cebada cuyas espigas, verdes aún, ofrecían tentadoras sus frescos y jugosos granos para deleite de nuestras gargantas, y cuyos altos tallos semejaban un ondulado mar de verdor al ser acunados por el viento.
Si nuestro camino era por el barrio de San Lorenzo en el que existían varias huertas, siempre encontrábamos algún membrillo, pera, o manzana que poder baquear.
Y recuerdo cierta ocasión en la que dando un paseo jugando al aro, llegamos hasta la finca de El Terminillo, entonces propiedad del Obispado de Segovia, cuyos almendros dejaban caer sus almendrucos fuera de la tapia de la finca, y aquello fue tentador, porque engolosinados y no conformes con los que se caían de los árboles, trepamos por la tapia, nos colamos en la finca con tan mala fortuna que nos sorprendió el guardés que, apuntándonos con su escopeta, nos condujo a los tres o cuatro amigos que enredados estuvimos en esta hazaña, a una gran nave, en la que había montones de almendrucos y en la que nos retuvo durante algo más de dos horas.
Aquella hazaña salió bien porque cuando llegó su hijo que nos conocía, le dijo: ´padre, suéltelos y deles unos almendrucos, que ya hablaré yo mañana con sus padres´. El guardés perdonó nuestra travesura, y nos dio suelta, pero dando cuenta del hecho a nuestros padres.
Y viene a cuento el que haya narrado estas pequeñas cosas sin importancia, por el reproche de mi amigo Antonio al no haber utilizado la palabra ´baque´, cuando se da la circunstancia de que ni siquiera en el diccionario de la Real Academia Española existe tal vocablo, o al menos no con la acepción que nosotros le dábamos. Hay que ver la que has liado majo.