POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
A veces, para viajar en el tiempo, no hace falta que se alineen los astros ni que inventemos imposibles artefactos de ficción. Basta con cruzar el umbral de ciertos edificios de nuestra Murcia, donde el aire todavía huele al noble empeño de aquellos hombres que quisieron traer la modernidad de la mano de la ciencia. Uno de esos templos de la memoria, santo y seña de nuestra historia viva, es el Instituto de Educación Secundaria Alfonso X el Sabio.
Heredero directo de aquel Instituto Provincial de Segunda Enseñanza fundado en el ya lejano año de 1837, este centro es mucho más que un lugar donde se imparte magisterio. Es una prodigiosa caja de sorpresas. Tras sus muros se custodia un museo, un santuario que encierra colecciones que ya quisieran para sí muchas capitales europeas: desde un imponente quebrantahuesos o restos de mamuts hasta legajos que conservan las firmas de alumnos tan preclaros como el mismísimo Premio Nobel José Echegaray o el genial inventor Juan de la Cierva.
Pero si hay un rincón en este lugar que a uno le eriza la piel, ese es el gabinete donde descansan, mudos pero preñados de historias, antiguos instrumentos de Física y Química. Son los cachivaches de la ciencia decimonónica. Y al mirarlos, resulta imposible no evocar la figura venerable de don Olayo Díaz Jiménez.
Don Olayo, aquel sabio nacido en Almadén que llegó a Murcia en 1863 huyendo de las tragedias familiares y buscando el consuelo de esta tierra templada, no tardó en convertirse en una de las mentes más preclaras de la sociedad murciana de finales del siglo XIX.
Catedrático de Física y Química y profesor en la Universidad Libre de Murcia, fue un hombre que polemizó sobre el darwinismo en las páginas de ‘El Semanario Murciano’ y que, por encima de todo, creía en la experimentación como la única vía para ensanchar el conocimiento.
Entre las vitrinas del museo, relucen todavía los latones pulidos, los cristales soplados a mano y las maderas nobles de los instrumentos que él mismo ordenó comprar, cuidar y catalogar. Se conserva, casi milagrosamente, la imponente máquina eléctrica de Ramsden, fechada en 1873, con su gran disco de vidrio dispuesto a generar las chispas que arrancaban exclamaciones de asombro entre los alumnos. O el prodigioso microteléfono de Bell, que llegó al instituto en 1878, apenas dos años después de haber sido patentado en los Estados Unidos, comunicando las dependencias del centro y demostrando que Murcia, cuando quería, no iba a la zaga del progreso mundial.
Pasear por el MusaX, que así lo conocen algunos, es tropezar con el telégrafo de Morse, con las primeras y fantasmagóricas máquinas de rayos X de Röntgen de 1897, o con las linternas mágicas que anticiparon la llegada del cinematógrafo. Cada pieza es un poema a la curiosidad humana, un testigo mudo de la dedicación de un profesorado que, con presupuestos exiguos y toneladas de entusiasmo, convirtió a este rincón del Segura en un faro de la ciencia en España.
Y es que en este rincón bendito, la ciencia decimonónica no solo servía para desentrañar las leyes de la física, sino también para medir los rigores de nuestra propia geografía. No en vano, el observatorio meteorológico del instituto, el más antiguo de la provincia y ligado a la propia cátedra de Física, fue testigo de excepción del implacable clima murciano.
Cuentan las crónicas que fue precisamente bajo el cielo de un asfixiante julio de finales del siglo XIX —en aquellos veranos de fuego donde el Segura languidecía y la huerta buscaba el aire como un pez fuera del agua— cuando los termómetros expuestos al sol llegaron a rozar la inverosímil y casi mítica cifra de los 65 grados. Una temperatura de auténtico infierno que don Olayo Díaz y sus sucesores anotaron con precisión de cirujano en los partes oficiales, dejando constancia para la posteridad de que en esta Murcia nuestra, cuando el verano se empeña en apretar, el mercurio no conoce la piedad ni entiende de medias tintas.
Don Olayo Díaz se marchó para siempre en 1885, pero su legado no se diluyó en las brumas del olvido gracias al empeño del instituto por conservar sus tesoros. Hoy, cuando caminamos apurados por la Avenida Don Juan de Borbón, conviene recordar que a solo unos metros, protegidos del mundanal ruido, los viejos aparatos del profesor siguen esperando, relucientes, la mirada curiosa de las nuevas generaciones. Pasen y vean. Porque en Murcia, la historia y la ciencia también se guardan en las aulas de un instituto.
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