EL GENERAL DE DIVISIÓN, JOSÉ PASCUAL DE ZAYAS Y SU RELACIÓN CON CHICLANA
Mar 12 2026

POR JOSE LUIS ARAGON PANES, CRONISTA OFICIAL DE CHICLANA DE LA FRONTERA (CÁDIZ).

Zayas no es un apellido común en Chiclana. Solo dos militares con el apellido Zayas se entrecruzan en nuestra historia local: el homenajeado el pasado viernes por la Asociación Batalla de La Barrosa, el general de división José Pascual Zayas Chacón y el teniente Juan Alonso Zayas, segundo al mando del destacamento español en el sitio de Baler comandado por nuestro héroe de Filipinas, Enrique de las Morenas.
La significancia de José Pascual Zayas Chacón (1772-1829) en la historia de España va más allá de los sentidos de la época en la que vivió. Pero, a pesar de ser uno de los generales de división mejor valorados de la Guerra de la Independencia, ha caído en el olvido de los héroes de la patria. Al preguntarnos qué fue lo que pasó con un militar de «valor acreditado, aplicación bastante, capacidad mucha, conducta regular y que sirvió sobresalientemente en campaña», encontramos la respuesta en las palabras que en 1876 escribió el político y escritor, Patricio de la Escosura: «El general D. José de Zayas, perfecto caballero, excelente soldado, hombre de gran mundo, y que por haber honrado y valerosamente preservado a Madrid del saqueo con que le amenazaban las furiosas, indisciplinadas y fanáticas hordas [realistas] incurrió en el odio implacable del rey Fernando».
Zayas Nació en La Habana en una familia distinguida de la isla. Fue enviado a la península a la edad de seis años y con tan solo once ingresó de cadete en le Regimiento de Infantería de Asturias. Su figura se alarga como un ciprés en la Guerra de la Independencia. En marzo 1810, el año de la ocupación francesa en Chiclana, llega a Cádiz. No permanecerá ocioso. Su unidad se ejercitará en maniobras y nuevas tácticas, de las que él es un experto, sobre todo en caballería. También escribe. Zayas forma parte de las reuniones del Estado Mayor para la preparación de la maniobra envolvente que se proyecta con el objetivo de romper el asedio a las islas gaditanas. Tendría un papel predominante en la acción del 3 al 4 de marzo del primer cruce del puente de barcas, su retirada y el cruce definitivo al día siguiente participando en la acción sobre Cerromolino y caño Alcornocal. Tras el cruce de Graham a la Isla, la Regencia, ante la polémica, nombra a Zayas comandante en jefe de las fuerzas españolas.
Más tarde estará en otras batallas: Albuera, Sagunto… y finalmente en Valencia donde cae prisionero. Puesto en libertad intervino entre la Regencia y Fernando VII sobre el Tratado de Valençay, pero deserta de la misión y se presenta como disponible: la conceden la Gran Cruz de San Fernando y el mando del Ejército de la Derecha con el que entra en Francia por Cataluña. Finalizada la guerra, Zayas, renuncia al cargo de virrey del Perú. Su convencimiento de que España necesitaba un cambio régimen político más justo, con más libertad, le llevó en julio de 1820, a las filas liberales como diputado por La Habana. Pagó cara su vena liberal.
«El 7 de julio de 1822 se encargó de la defensa de palacio e impidió la comunicación de los rebeldes con el monarca. Capitán general de Madrid en marzo de 1823, se encargó de dispersar las fuerzas facciosas de Bessières. Hecha la entrega formal al duque de Angulema, se dirigió con su columna hacia Andalucía y, después de la capitulación de Cádiz, pidió y obtuvo su cuartel para Chiclana. Reinstaurado el absolutismo, la Junta Superior de Purificaciones le despojó de empleo, sueldo y condecoraciones».
Al final de su vida, repudiado por el Gobierno absolutista de un rey que no fue merecedor de sus súbditos, volvió a Chiclana esperando embarcar para América. Su pobreza –ya desposeído de todo– se lo impidió. Falleció, soltero, a la edad de 57 años, de un ataque al corazón en la villa chiclanera, el jueves 4 de junio de 1829 –según descubrió el investigador local Jesús Romero Montalbán–, tras haber vivido la última parte de su vida entre enfermedades –la gota una de ellas– y miseria mundana. Sus restos mortales fueron enterrados con «oficio de honras enteras y la asistencia de la Comunidad de San Agustín», quedaron en el cementerio de El Ejido. Quedó inscrito en el libro de fallecimientos de la parroquia de san Juan Bautista con el tratamiento de Excelentísimo Señor.
Ahora, los descendientes de aquellos chiclaneros que a buen seguro –la mayoría de ellos– no sabían quién era aquel vecino, le rendimos homenaje y, de alguna manera, pagamos una deuda histórica de un hombre de honor que, tal día como un 5 de marzo de hace 215 años, luchó por nuestra libertad, por su país, y por un rey que, por rencor, le condenó a la miseria y al ostracismo. El destino, no obstante, quiso que un real decreto del 2 de agosto de 1840, le devolviera sus cargos y los honores recibidos durante toda su vida.

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