POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
Sus manos han dado forma al esplendor floral de la Semana Santa de Murcia durante décadas. Fernando Ríos, el florista de cabecera de las cofradías, es un auténtico maestro heredero de una tradición familiar que ya va por la cuarta generación, un artesano que no trabaja con pinceles, sino con la propia naturaleza.
De la huerta a la globalización
El estilo de los adornos ha cambiado drásticamente. «Cuando yo empecé a trabajar, se tenía lo que se tenía», recuerda Ríos, aludiendo a una época en la que el consumo de flores era local, con claveles, calas y margaritas de los huertos cercanos. Los arreglos se montaban con alambre sobre paja, una técnica que podía dañar los tronos.
La evolución llevó a la esponja en los años 70 y, más recientemente, a una tendencia «muy andaluza» de exponer los pasos el día anterior. Esto obliga a buscar flores con poca demanda de agua, como las Hortensias Vintage, las Orquídeas Cymbidium o los Santurios, para que el arreglo no sufra. Hoy, gracias a la globalización, «tenemos prácticamente todas las flores existentes en el mundo», señala el experto.
El equilibrio es la clave
Para Fernando Ríos, un trono es una pieza arquitectónica y las flores deben trabajar a su favor. Su técnica busca un conjunto «asímetrico, pero equilibrado», donde el arreglo floral acompaña el movimiento de la imagen y nunca le resta protagonismo. Su máxima es clara: «Que sea la mejor decoración es la que no se nota».
Que sea la mejor decoración es la que no se nota»
Una flor para cada devoción
Cada imagen requiere un tratamiento distinto. Para un crucificado, Ríos opta por flores «pesadas, redondas y de color oscuro», como el clavel granate o los iris azules. Una dolorosa, en cambio, pide la delicadeza del blanco y el rosa, con flores como las calas o las orquídeas. Finalmente, para un nazareno, se decanta por colores «oscuros y pesados», como el granate o tonalidades casi negras.
Pero los secretos de la Semana Santa no solo florecen en los tronos, sino también en antiguas leyendas. Una de las más sagradas rodea a la cofradía del Santo Sepulcro y a la iglesia de San Bartolomé, donde se dice que se oculta un tesoro de poder incalculable.
La leyenda narra que, en un lugar secreto del templo, se esconde un cofre de cedro. En su interior, según cuentan, hay tierra del Calvario y un pergamino firmado por Alfonso X el Sabio que otorga a Murcia «protección eterna». Dicho cofre solo se hace visible durante cinco minutos, justo cuando el Cristo del Sepulcro cruza el umbral en la noche del Viernes Santo.
Un antiguo sacristán llegó a verlo, bañado en una luz dorada, pero una voz le detuvo antes de que pudiera tocarlo. «Este tesoro no es para manos humanas, sino para el consuelo de la ciudad», le susurró. Un misterio que pervive y que recuerda que el mayor tesoro es la fe que se renueva cada año.
