ENTREVISTA A JULIÁN HURTADO DE MOLINA DELGADO, CRONISTA OFICIAL DE CÓRDOBA Y EL CARPIO (CÓRDOBA).

De dónde le viene su pasión por los castillos? ¿Qué le evocan a usted?. Desde niño me sentí fascinado por los castillos. Recuerdo una anécdota entrañable: siendo pequeño, vi en una librería un castillo de juguete que me enamoró a primera vista. Lo pedí para Reyes y fue el epicentro de mis juegos infantiles. Esa experiencia se convirtió en una semilla que germinó en una pasión duradera. Con el tiempo, esa curiosidad infantil se transformó en una inquietud más profunda por la historia, la arquitectura y la función de los castillos en la sociedad.
-¿Tiene algún castillo favorito o con un valor especial para usted?.
Es difícil elegir uno solo. Cada castillo tiene su carácter y su historia. El de Baños de la Encina, en Jaén, es impresionante por ser uno de los más antiguos y mejor conservados de Europa. En Córdoba, sin duda destacaría Belalcázar, con la torre del homenaje más alta de España. El de Almodóvar del Río es probablemente el más emblemático y conocido por el público. Y luego están joyas más discretas pero igual de valiosas, como el castillo de Priego o el de Montilla, que han vivido importantes procesos de recuperación.
-¿Qué elementos debe tener una fortaleza para considerarse castillo?
Un castillo, para ser considerado como tal, debe cumplir una función defensiva. Es decir, no basta con que tenga una torre o una muralla: debe ser una estructura pensada para la protección. Lo habitual es que tenga una muralla almenada, con parapetos, almenas y merlones. También es fundamental la existencia de una torre -la del homenaje, en muchos casos- que servía como último reducto defensivo. Además, debía haber al menos una puerta principal y, si era posible, una poterna para salidas discretas. Si el castillo era además residencial, debía tener estancias nobles, cuerpo de guardia, almacenes o incluso dependencias señoriales.
-¿Qué épocas fueron más relevantes para la construcción de castillos aquí?
En la historia de Córdoba, y que se puede extender a la de la Península Ibérica, destacan tres etapas fundamentales para la construcción de castillos. Primero, la época romana, aunque no fueron castillos como los que imaginamos, sí que establecieron sistemas defensivos. Luego, la etapa andalusí fue muy fértil, especialmente en zonas fronterizas como el Reino Nazarí. Finalmente, tras la reconquista cristiana, se vivió una auténtica eclosión de construcciones militares entre los siglos XIII y XV, con fortificaciones que protegían la nueva organización territorial.
-¿Y qué civilizaciones han sido las más beneficiosas y las más perjudiciales para la vida de los castillos?
Las civilizaciones que más aportaron a la construcción y consolidación de castillos fueron la romana, andalusí y cristiana medieval. Cada una a su manera desarrolló estructuras defensivas adaptadas a su tiempo y tecnología. Por contra, los peores momentos llegaron con la modernidad: a partir del siglo XVI, muchos castillos fueron abandonados o demolidos por considerarse inútiles. De los siglos XVI al XX, los castillos sufrieron un abandono masivo. No fue hasta bien entrado el siglo XX cuando empezó a surgir cierta sensibilidad patrimonial por ellos.
-¿Qué valores históricos o culturales del esplendor de las fortalezas le gustaría traer al presente?
Me quedo con el concepto de protección comunitaria: los castillos no eran solo refugios para los nobles, sino lugares donde se resguardaba toda la población en caso de ataque. También rescataría la importancia que se daba al arte. En muchos castillos se contrataba a los mejores escultores, arquitectos y artesanos para embellecerlos. Eran centros de poder, sí, pero también de cultura. Un ejemplo claro es el castillo de Vélez Blanco, cuyo patio fue desmontado piedra a piedra y llevado al Metropolitano de Nueva York. Ese amor por lo artístico y lo simbólico debería inspirarnos hoy.
-¿Qué valor tienen los castillos de Córdoba hoy día? ¿Qué retos enfrentan?
Los castillos son testimonio vivo de nuestra historia, de la identidad de nuestros pueblos. Su valor es cultural, educativo, patrimonial y turístico. No obstante, muchos aún no se han incorporado activamente a la vida cultural. El gran reto es ese: dotarlos de una función en el presente, transformarlos en espacios útiles para la comunidad. Hay que seguir trabajando porque los castillos deben ser centros culturales vivos que fomenten el encuentro y el aprendizaje.
-¿Qué papel juegan los castillos en la educación y el turismo en la actualidad?
Juegan -y deben seguir jugando- un papel fundamental. Desde el Instituto Andaluz de los Castillos desarrollamos materiales didácticos, rutas temáticas, actividades escolares y yincanas. Hemos editado cuadernos para estudiantes y recortables para que los más pequeños aprendan jugando. Nuestra labor pedagógica es tan importante como la investigadora. Y en cuanto al turismo, hay un gran potencial. Los castillos permiten crear una red de turismo cultural que complemente el turismo de sol y playa, apostando por el conocimiento del territorio y su historia.
-¿Qué castillos de Córdoba considera mejor aprovechados? ¿Y cuáles están infrautilizados o son poco conocidos todavía?
El castillo de Almodóvar del Río es un ejemplo excelente de gestión y divulgación. También Montilla y Priego han hecho grandes avances. En cambio, muchos castillos del norte de la provincia -como Santa Eufemia, Belmez o los de la antigua encomienda de Calatrava- son casi desconocidos, pese a su importancia histórica. Necesitan que los apoyemos más porque están en zonas de difícil acceso o muy deteriorados, y eso ha dificultado su puesta en valor. Es necesario redoblar esfuerzos para integrar estos castillos en rutas culturales y planes educativos y turísticos.
-¿Qué opina de la gestión pública o privada de las distintas fortalezas que hay en territorio cordobés?
Ambas pueden ser válidas, siempre que se salvaguarde el interés público. La Ley del Patrimonio de Andalucía ya recoge que incluso los bienes privados deben ofrecer acceso, aunque sea limitado. Un buen ejemplo es la torre de Garci Méndez en El Carpio, propiedad de la Casa de Alba pero gestionada por el ayuntamiento mediante un convenio. Se ha restaurado con rigor y se abre al público. Tal fórmula mixta garantiza la propiedad, la conservación y el acceso de la ciudadanía.
-¿Qué usos considera más adecuados para los castillos hoy?
Usos culturales, educativos y sociales. Los castillos deben ser espacios vivos: pueden acoger conciertos, exposiciones, representaciones teatrales, visitas escolares, seminarios o ferias. Tienen un potencial enorme si se los concibe como parte del tejido cultural y no como meras ruinas. Incluso los más deteriorados pueden integrarse en rutas o actividades interpretativas. Es cuestión de voluntad, creatividad y coordinación institucional.»Me quedo con su concepto de protección comunitaria y la importancia que daban al arte».
-¿Nos habla del Instituto Andaluz de los Castillos?
El Instituto tiene sede en Córdoba, pero trabajamos en toda Andalucía. Nuestra misión pivota sobre la base de tres pilares: investigación, divulgación y educación. Publicamos libros, organizamos congresos, hacemos materiales pedagógicos y colaboramos con administraciones. Estamos impulsando un museo de maquetas con unas 300 piezas, donadas por un coleccionista. Se busca un lugar adecuado para exponerlas y que sirva como centro de referencia para la historia de los castillos andaluces.
-¿Qué mensaje dejaría a las futuras generaciones sobre los castillos?
Que los conozcan, los estudien, los visiten y los valoren. No se puede amar lo que no se conoce. Los castillos son una puerta abierta a nuestro pasado, pero también una herramienta para construir un futuro más consciente y culturalmente rico. Representan la historia, el arte, la defensa, la vida comunitaria. Y pueden ser clave para el desarrollo turístico y educativo de muchos municipios. Cuidarlos es una responsabilidad de todos.