EL PRIEGUENSE MIGUEL FERNÁNDEZ CABALLERO DE GRANADA
Oct 17 2022

POR RAFAEL REQUEREY BALLESTEROS, CRONISTA OFICIAL DE ALMENDINILLA (CÓRDOBA)

Aclaración: esta historia la confirman algunos estudiosos. En cambio, otros la niegan o la ponen en duda.

INo siempre fui llamada como Isabel de Granada. Este nombre me lo impuso la reina Isabel I de Castilla, que actuó como mi madrina en mi bautizo, allá por el año de 1499, cuando abracé la fe católica. Asimismo, la reina de Castilla, otorgó una rica dote al convento de Santa Clara el mismo año que tomé los hábitos, en 1505, en Santiago de Compostela, en el convento de Santa Clara.

Mi lugar de nacimiento fue la bella y culta Granada, en mi Al Ándalus bendito. Soy hija de Boabdil “el Chico” y de Morayma.

El matrimonio de mis padres fue una verdadera historia de amor. Mi madre era hija de Ali Athar, señor de Loja y comerciante de especias, que pasó a ser general e incondicional aliado de mi padre Boabdil.

El matrimonio se celebró por el rito islámico en la Alhambra de Granada, en el año 1479. A los nueve meses nació mi hermano Ahmed y a continuación Yusuf, doce meses después, y a finales de 1482 la que esto testifica.

Inmediatamente después de la boda, mi padre, Boabdil, inició las hostilidades contra mi abuelo Muley Hacen para derrocarlo, instigado por mi abuela Aixa que vivía en abierta confrontación y rivalidad con Soraya, la cristiana conversa que quería que mi abuelo nombrara herederos a los hijos tenidos con él.

Mi madre atesoraba en su persona dos títulos de gran abolengo: reina de Granada y reina de La Alpujarra (Morayma I).

Algunos dicen que la vida que soportó Morayma fue de continuo sufrimiento. Y es verdad. Por eso también se la nombra como “la pena de Morayma”, pero Morayma fue bastante más que su pena. Fue el gran amor  y el único consuelo de Boabdil. Mi madre era una mujer guapísima de grandes ojos negros, pelo moreno y delicadas curvas. Desde que se casó tuvo que soportar y sufrir el hurto, desde temprana edad, de sus tres hijos, tomados como rehenes a cambio de la libertad de Boabdil cuando cayó preso de los castellanos en las batallas de Lucena en 1483, y de Loja, 1486. La muerte de Aliatar fue un duro golpe para mi madre. Fuimos liberados 1493 por los católicos reyes. 

Morayma se fue apagando poco a poco, como un cabo de vela, hasta morir. Falleció en 1493, antes del 28 de agosto. Boabdil ordenó que fuera trasladada a la nueva rauda que había construido alrededor de la mezquita de Mondújar en 1494.

Morayma dejó testamento escrito. Mandaba que la mitad de sus bienes debían ir a la mezquita y dejó asentado que dichos bienes y heredades fueran partidos en dos partes: una para sus deudos y otra para el alfaquir de la mezquita. 

El último rey moro de Granada partió para el exilio, nunca más volvería a Al Ándalus y tampoco tomaría otra esposa. Se instaló en Fez bajo la protección del sultán y falleció en el año 1533.

Llegada la hora de partir al exilio le comuniqué a Boabdil que me quedaba en Granada al amparo de la reina Isabel. Fue entonces cuando mi padre me entregó el collar de perlas grandes blancas y el broche con un rubí del tamaño de una almendra, engarzado en oro y brillantes.

Pero cuando a lo largo del año 1494 yo apuntaba buenas formas de mujer, rondando los quince años, el rey Fernando comenzó a posar sus ojos en mí más de lo que el pudor y el recato permiten. Yo sabía de su cumplida fama de mujeriego. Al principio lo rehuía, pero él me dedicaba en cualquier momento un requiebro, unas palabras gentiles, una invitación a una comida reservada a los notables para que tocara el laúd y cantara canciones moriscas. Y ocurrió lo que tenía que pasar: quedé preñada. En los primeros meses de mi preñez el rey me consolaba diciéndome que tendríamos un hijo, cuyo destino sería ser el príncipe del Reino de la Nueva Granada.

Los señores de Priego, Pedro Fernández de Córdoba y su esposa, gente de total confianza del rey, fueron elegidos para que me cuidaran y se hicieran cargo de mi hijo. Di a luz a mediados de 1495 en Priego, en la casa de los señores de esa villa. Alumbré a un niño al que pusieron, por mandato del rey, Miguel Fernández Caballero de Granada. El rey Fernando creó el marquesado del mismo nombre en la persona de don Pedro, como agradecimiento a su lealtad. Reconoció a nuestro hijo Miguel como propio y natural y le dio carta de noble al otorgarle el título honorífico de Príncipe del Reino de la Nueva Granada. 

Regresé al séquito de la reina Isabel a finales del año 1495.  Fue en esos días cuando alcancé la determinación de tomar las aguas del bautismo. La reina Isabel I de Castilla me amadrinó otorgándome el nombre de Isabel de Granada. 

Los reyes se trasladaron a Medina del Campo, falleciendo la reina en esa ciudad el año de 1504 y se anunció que debía ingresar en el Convento de Santa Clara de Santiago de Compostela.

En el convento recibía noticias de lo difícil que resultaba posicionar a mi hijo en la corte, puesto que suscitaba recelo por causa de su origen y procedencia. Ante estos impedimentos, el obispo de Córdoba, en 1516, lo introdujo en la corte de Francisco I de Francia como bibliotecario real. 

El rey Fernando “el Católico” armó caballero a mi hijo. Además, mi hijo condujo los esponsales del conde de feria Lorenzo III Suárez de Figueroa con Catalina hija de sus tutores don Pedro Fernández de Córdoba y doña Elvira Enríquez de Luna. Después trabó amistad en París con Francesco Melivi, secretario de Leonardo da Vinci y, a la muerte del maestro, se trasladó con Francesco a la villa de Adda de Vaprio en Milán, para ordenar los papeles del sabio Leonardo. 

En 1520 don Miguel ejercía como secretario de Nicolás Maquiavelo. Hay quien dice que “El príncipe” está inspirado en los relatos que sobre el rey Fernando II de Aragón le contaba mi hijo a Maquiavelo.

En 1522 el emperador Carlos V lo envío como su embajador a la boda de María de Austria con Luis II Jagellon de Hungría, celebrada el 13 de enero de ese año. Adriano de Utrecht, el 30 de agosto 1522, lo nombra su secretario, función que siguió desempeñando en el Vaticano cuando el de Utrecht fue nombrado papa bajo el nombre de Adriano VI, que falleció el 14 de septiembre de 1523.

A Luis II Jagellon de Hungría le había causado una honda impresión, por eso cuando murió Adriano VI, lo reclamó a su lado. Miguel aceptó la invitación, presentándose ante el rey antes de que finalizara el año 1523. Cinco años anduvo don Miguel por tierras húngaras, hasta el año 1528, que regresó a Priego. En Hungría formó parte del Consejo Real, fue nombrado voivoda de Transilvania, y capitán general de las tropas de retaguardia en la guerra contra Solimán “el Magnífico.”

El único y último encuentro con mi hijo se produjo en la primavera de 1527. Me encontré con un mozo bien formado, de mediana estatura, ojos y pelo negros, barba abundante y bien pulida, y semblante complaciente. En el centro de la habitación estaba mi hijo visiblemente nervioso. Tras unos instantes de duda, nos abrazamos los dos. Fue un abrazo largo y hondo en el que los dos lo rompimos en un desconsolado llanto. Nuestras lágrimas enjugaban tantas penas y tristezas padecidas. Lloramos por los muchos que se fueron, por nuestra religión y cultura perdidas, por el fin del Reino de Granada. El encuentro se prolongó hasta el anochecer. Volví a pensar en lo grande que hubiera sido el reino si hubiéramos cabido todos juntos: cristianos, musulmanes, judíos y paganos.

En enero de 1528 llegó un correo enviado por mi hijo para anunciarme que contraía nupcias con Ángeles Fernández Enríquez, hija de su preceptor que fue Pedro Fernández de Córdoba. El matrimonio se celebraría el 28 de febrero de ese año.

Esto es lo último que sé de mi hijo cuando estoy redactando mis últimas voluntades. Es el año 1549.

FUENTE: EL CRONISTA

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