ENCUENTROS EN ÁVILA CON PRÁXEDES MATEO SAGASTA, EL ESTADISTA DE LA REVOLUCIÓN LIBERAL (II).
Feb 22 2026

POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA. 

                                                 

El núcleo familiar del presidente Práxedes Mateo-Sagasta que fijó en Ávila su segunda residencia durante casi dos décadas, estuvo formado por Ángela Vidal Herrero, la mujer con quien compartió su vida, y los hijos de ambos, José Mateo-Sagasta Vidal (nac. 1851) y Esperanza Mateo-Sagasta Vidal (nac. 1875). Ángela nació en Medina de Río Seco (Valladolid) en 1836 y se unió a Práxedes desde los años que éste ejercía de Ingeniero de Caminos en Zamora en el periodo 1843-1854.
Entonces, ella estaba casada desde los 15 años con Nicolás Abad Alonso, un militar que le doblaba la edad, por lo que su relación con Sagasta no pudo ser legalizada canónicamente hasta el fallecimiento de aquel el 8 enero de 1885, cuando contaban respectivamente 59 y 48 años.
A partir de 1887, Ávila se convierte en la morada veraniega familiar gracias al empuje de la matriarca Ángela Vidal, quien ese año asiste a la inauguración del Instituto y Escuela Normal de la calle Vallespín (J. Moreno Guijarro, Glorias de Ávila, 1889), y cuya influencia propicia que el Ayuntamiento la reciba con honores en sus visitas (Actas municipales AMAA, 11/09/1889).
Además, la prensa siempre anunciaba su llegada a la ciudad atraída por el gusto que sentía por la población, su gente y el clima sano que se respiraba (La Época, 16/07/1892), al igual que las continuas idas y venida de los Sagasta también son noticia:
«El domingo [22 de julio de 1894] llegó a esta capital la Sra. Dª. Ángela Vidal, esposa del presidente del Consejo de Ministros, acompañada por su hijo D. José Sagasta. Desde hace muchos años acostumbra dicha señora a pasar largas temporadas durante el verano, y algunas veces en invierno, en la casa que aquí posee» (La Época, 26/07/1894).
La crónica de La Época nos describe así el transcurrir de los días de Ángela Vidal en Ávila: «La vida que hace aquí la esposa del presidente es muy tranquila; durante el día apenas sale, y por la noche acuden a su casa algunos que comenzaron siendo amigos particulares y contertulios suyos, y que constituyen hoy la plana mayor del fusionismo [del partido liberal] en esta provincia, y allí se pasa el tiempo entre divertidos juegos de sociedad.
Antes de casarse su hija Esperanza [hacía dos años], era uno de los mayores atractivos que tenían estas tertulias, porque con su candora bondad, su amable trato y su ingeniosa conversación, no solo cautivaba a la gente joven, sino que hacía igualmente las delicias de las personas mayores, cuya compañía buscaba con preferencia. No será difícil que ahora también pase al lado de su madre algunos días antes de dirigirse con su esposo a San Sebastián. Después irá a León, donde reside la familia del Sr. Merino» (La Época, 26/07/1894).
Sobre este particular, también cuenta José Mayoral, «que la esposa de Sagasta estaba relacionada con parte de la buena sociedad de Ávila y su colonia veraniega. En un principio, la acompañaba su hija Esperanza, casada luego con don Fernando Merino, farmacéutico de León. A todas sus amistades reunía en tertulias amenas. Distinguidos eran en ellas el célebre cuentista abulense don José Zahonero y familia. Y bellas señoritas a las que acompañaba cantando al piano ‘pollo’ don Jesús Martín Arribas, hoy director jubilado de Telégrafos de Ávila» (DAV, 11/08/1944).
El hijo, José Sagasta Vidal (1852-1894), pasado un mes de su estancia en Ávila, el 22 de agosto de 1894, muere después de una fatídica enfermedad, siendo enterrado en la localidad jienense de Santiesteban (La Iberia, 22/08/1894). Se había licenciado en derecho y fue Diputado a Cortes en 1881 por el distrito de Almansa (Albacete), en 1886 por el distrito de Baeza (Jaén) y en 1893 por el de Jaén capital. Estuvo casado con Elena Sanjuán Moreno, con quien tuvo una hija, Ángela.
A la muerte de José Mateo-Sagasta Vidal, Ávila fue el lugar elegido para el duelo del presidente: «Con el mismo sigilo que salió de Madrid el señor presidente del Consejo de Ministros llega a esta, siendo recibido aquí por escasísimas personas, y continúa viviendo en su casa de esta ciudad retraído, sin recibir visitas de autoridades ni particulares, entregado a su dolor, llorando la reciente perdida que acaba de experimentar, y que le ha dejado muy quebrantado. Su salud no se ha resentido, pero encuéntrase muy abatido» (La Época, 1/09/1894).
Así mismo, incluso años después, Ávila continuó siendo la residencia temporal de la viuda del fallecido José Mateo-Sagasta (DAV, 17/04/1904). Más aún, se da la circunstancia de que su cuñado, Mariano Sanjuán Moreno, fue anunciado como gobernador civil de la provincia (DAV, 23/11/1905).
El último verano de Ángela Vidal de Sagasta en Ávila fue el del año 1896, pues falleció meses después en Madrid. Ese verano, su visita se anunció como siempre: «Entre las muchísimas familias que hay en esta [Ávila], disfrutando de la agradable temperatura que gozamos, se encuentran el jefe del partido liberal, Sr. Sagasta, con su distinguidísima señora Ángela Vidal» (El Liberal, 18/07/1896).
En esas fechas, la reina Cristina escribió a Sagasta una carta autógrafa que llegó por emisario a la casa abulense. En ella, la reina también saludaba a Ángela Vidal: «Siempre le ha hecho tanto bien – dice la Reina – la estancia en Ávila que confío también este año le dará salud como sinceramente lo deseo (Doña María Cristina de Habsburgo, Conde de Romanones, 1933).
Finalmente, la muerte sorprendió a la mujer del presidente en Madrid el 3 de febrero de 1897, lo que se contó así desde Ávila: «Esta tarde se recibió telegrama de Madrid dando cuenta de la muerte de la señora Sagasta. Según mis noticias el alcalde D. Leoncio Cid y Farpón telegrafiará al Sr. Sagasta dándole el más sentido y sincero pésame en nombre de la ciudad de Ávila, por la que tanto se interesaba aquella distinguida señora, llegando a establecer aquí su residencia de verano, y al diputado a Cortes, Sr. Sánchez Albornoz, para que envíe a la casa mortuoria una magnífica corona con esta inscripción: ‘A la excelentísima señora Ángela Vida de Sagasta, el Ayuntamiento de Ávila’».
Así mismo, «el partido liberal [de Ávila], que también la dedica otra lujosa corona, celebrará además solemnes honras fúnebre en la iglesia convento de Carmelitas descalzos de Santa Teresa de cuya imagen era muy devota la señora de Sagasta. Al amanecer doblarán las campanas de las parroquias, y se anunciará al público desde las torres siguiendo la antigua costumbre de tan triste nueva. La noticia de la muerte de la señora doña Ángela Vidal se ha extendido rápidamente, produciendo penosa impresión en cuantos conocían a la infortunada dama» (El Heraldo de Madrid, 4/02/1897).
Al verano siguiente, José Francos Rodríguez, director de El Globo, visita a Sagasta en Ávila, dejándonos estas impresiones: «Se encuentra muy bien de salud. La estancia en Ávila ha contribuido a su completo restablecimiento, y se halla en estado excelente. No ha de prolongarse mucho su permanencia en la ciudad de Santa Teresa, porque en Ávila la temperatura ha descendido mucho, señalando término próximo al verano. Por supuesto que, en el retiro de Ávila, el señor Sagasta atiende a sus altos deberes de jefe de partido y sigue al día los acontecimientos.
Su correspondencia es grandísima, numerosos los telegramas que diariamente recibe y bastante frecuentes las visitas de personajes políticos, de correligionarios cariñosos y de amigos particulares. Ayer sin ir más lejos, entre otras personas, sentáronse a su mesa para almorzar, el obispo de Sión, el padre Puebla, prior de los dominicos, y el eminente doctor Nicolás Escobar, de quien recogemos las impresiones satisfactorias que acerca del estado de salud del jefe de los liberales hemos transcrito» (El Globo ,5/09/1897).
La hija de Sagasta, Esperanza Mateo-Sagasta Vidal (1875-1925), se casó con Fernando Merino Villarino (1859-1929), un influyente propietario leonés, licenciado en farmacia, empresario y diputado liberal de peso dentro del partido que fue un íntimo confidente de Sagasta e intermediario para los contactos con Cánovas.
Y a la vez que la boda es noticia de sociedad, la prensa también anuncia que ese día «la señora de Sagasta saldrá para Ávila» en busca de la posterior tranquilidad y sosiego (El Demócrata, 10/07/1892). Del matrimonio nacieron dos hijos: Práxedes, que falleció a los quince meses (El Correo, 16/02/1895), y Carlitos, a quien encontramos en Ávila con su abuelo al recordar la siguiente anécdota:
«Estábamos una tarde del pasado verano [de 1896] en el jardín de la casa que tiene en Ávila el señor Sagasta. Éste se hallaba sentado en un banco de madera, que se sostenía en equilibrio gracias a su hija [Esperanza], que permanecía junto a él. Impensadamente se separó ésta, perdió el banco el contrapeso que le mantenía derecho, y se fue don Práxedes de espalda, con gran susto de todos nosotros, menos de él mismo, que declaró ingenuamente “haberse caído despacio”.
Carlitos, que no puede nunca contener su risa, soltó una carcajada alegre y retozona. El abuelo se sintió ofendido, y le preguntaba después con el tono más cariñoso del mundo: -¿Te ríes porque tu abuelito se ha caído? Había transcurrido más de una hora, se habían tratado muchos asuntos distintos, y aún el bueno de D. Práxedes lleno de inquietud, interrumpía la conversación para dirigirse al niño e interrogarle con dulzura: -¿Te ríes porque tu abuelito se caído?» (Blanco y Negro, 4/11/1897).
Igualmente, la presencia en Ávila del matrimonio Merino-Sagasta se hace notar en su participación en la vida social y religiosa de la ciudad: «Profesó en el convento de Gracia la novicia Sor Emilia Hillán, Hija del que fue celoso e inteligente Administrador de Hacienda en esta provincia, Sr. Illán. Fueron padrinos de la profesa, D. Fernando Merino y su distinguida señora doña Esperanza Sagasta. Ofició el señor Dean de esta catedral, don Isidro Castelo, que dirigió una breve plática a la nueva religiosa. Los asistentes al acto fueron obsequiados con dulces y vinos» (DAV, 4/10/1899).
Por lo demás, la presencia de la familia de Sagasta en Ávila sigue siendo habitual y también noticia en los ecos de sociedad: «Todas las tardes [el expresidente del Consejo] sale de Paseo con el Sr. Merino, su yerno» (Nuevo Mundo, 25/07/1900). «En la madrugada de hoy, y acompañado de su distinguida esposa, llegó a esta capital Fernando Merino, exsubcecretario del ministerio de Gobernación» (DAV, 5/10/900).
De la misma manera, en años sucesivos, vuelve a ser noticia la llegada del hijo político del Sr. Sagasta, D. Fernando Merino (DAV, 25/07/1901), y de su distinguida familia (DAV, 9/10/1902), lo que se produce incluso años después de la muerte del presidente (DAV,13/05/1907), a la vez que se reseña la presencia y tránsito por la estación del Sr. Merino cuando ocupaba el cargo de director del Banco de España (DAV, 3/08/1910), al que luego sumó el de ministro de la Gobernación y gobernador de Madrid, o la distinción como hijo predilecto de León.
BALNEARIO DE SANTA TERESA.
En el año de 1896, una extraordinaria novedad para la atrayente colonia veraniega de Ávila lo constituyó la puesta en marcha del Balneario de Santa Teresa en la vecina localidad de Martiherrero, cuya mención siempre sale a colación en las noticias y entrevistas protagonizadas por Sagasta: «Distante unos cuatro kilómetros de la ciudad, concurren todas las tardes infinidad de carruajes, conduciendo muchas familias forasteras, las cuales admiran lo mucho que se ha hecho en el poco tiempo que ha transcurrido desde que fueron declaradas oficiales.
Su hospedería está casi concluida, y los cuartos de baños, estufas, inhalaciones, etc., están a falta de pequeños detalles para poderse habitar. La buena calidad de las aguas, las cuales aparecen comparadas con el informe dado por los químicos con las de Panticosa y Uberuaga de Ubilla; los vastos, inmensos jardines y el hermoso clima, harán que pronto sea uno de los balnearios más favorecidos por el público. El 1º de Agosto se verificará la inauguración oficial, a la que asistirán las autoridades. El obispo bendecirá el balneario» (El Liberal, 18/07/1896).
A propósito de la inauguración del balneario, el famoso periodista y poeta de la generación del 98, Ricardo José Catarinéu y López Grado, compuso un largo poema con el título Las aguas de Revenga, algunos de los verso alusivos a Sagasta dicen así:
«¡Si el mismo Sagasta veo / que a Revenga viene ya / y que suele este paseo / repetir,… / A adonde Sagasta va / ¡ya lo creo / que cualquiera puede ir! …. Sagasta la bebe ya, / y con este dato basta. / ¿Quién no ha oído que Sagasta / sabe bien dónde va?» (Madrid Cómico, 1/08/1896)
Finalmente, la inauguración del balneario con la bendición del obispo de Ávila se llevó a cabo el 10 de agosto de 1896, con asistencia de autoridades políticas y religiosas, representantes médicos y de la prensa nacional, siendo un auténtico acontecimiento para la ciudad. La fuente llamada de Santa Teresa que presidía el recinto ajardinado del balneario se transformó en un improvisado altar con la imagen de la Santa, rodeado de otras dos, la del Carmen y la de la Concepción que la esposa de Sagasta, Ángela Vidal, había regalado para la futura capilla del balneario (Melchor Cantín y Lorca, El Imparcial, 13/08/1896).
A dicha inauguración no pudieron asistir Sagasta ni su esposa, que se encontraba enferma, haciéndolo en su nombre su sobrino, el joven Sr. Escolar (La Correspondencia, 14/08/1896), también ha escrito Hortensia Chamorro Villanueva (“El antiguo balneario de Santa Teresa”, Cuadernos abulenses, 53/2024).
A partir de entonces, Sagasta empezó a «tomar inhalaciones en el balneario de Santa Teresa, por consejo de los médicos. Todos los días hace el paseo de Ávila a aquel punto. La animación aquí y en el balneario es extraordinaria. Hay muchos veraneantes madrileños» (El Correo, 26/07/1897). Y así, por consejo de los facultativos, comenzó con un tratamiento hidromineral (La Correspondencia, 28/07/1897).
Es lo mismo que dice el escritor y farmacéutico de Navaluenga (Ávila), José Luis Urreiztieta Bacigalupe: «Cuando le preguntaron a Sagasta una vez en Madrid, dónde pensaba veranear, contestó: Voy a Ávila una corta temporada, pero lo hago exclusivamente para tomar las aguas del Balneario de Sata Teresa que me sientan muy bien. Por miedo al calor no saldría de Madrid, porque siempre he creído que el verano madrileño no tiene más defecto que hay días demasiado frescos» (DAV, 2/03/1976).
El paso de Sagasta por el balneario de Santa Teresa será a partir de entonces noticia frecuente en la prensa diaria (DAV, 11/08/1899), y así lo escribe Gabriel Ricardo España: «Famoso por sus aguas nitrogenadas y por ser excelente estación climatológica de altura.
Sagasta acude a él con puntualidad, y toma diariamente las inhalaciones, bajo la dirección del doctor Fernández de la Campa. Allí charla con todo el mundo; mejor dicho, todo el mundo charla con él. Unas veces escucha de verdad: otras parece que escucha. D. Práxedes pasa en el balneario un par de horas todas las tardes… Al caer el sol vuelve en el coche a su casa de Ávila, donde ni se hace política ni se habla siquiera de ella» (Blanco y Negro, 9/09/1899).
VERANEO EN ÁVILA.
A propósito de la estancia en Ávila de Sagasta en el verano de 1896, acompañado de su distinguidísima señora Ángel Vidal y disfrutando del agradable clima de la ciudad, el periódico El Liberal destaca, además de ello, los aspectos lúdicos de la vida cotidiana abulense, lo que sirve para ilustrar el ambiente vacacional que se respira en el mes de julio:
«Si es verdad que las diversiones no son muchas, tampoco escasean, dada la situación en que se encuentra el Ayuntamiento, el cual está haciendo en la actualidad obras de importancia para la población como son un mercado de hierro, cubierto de inmejorables condiciones, y la traída de aguas, elemento imprescindible para la vida de un pueblo.
Los jueves y domingos dos bandas de música dan conciertos en los paseos de San Antonio y Alcázar; los sábados hay reuniones de confianza en el hermoso salón del Círculo del Recreo, y en el resto de la semana reúne mucha gente el notable cuadro dramático que actúa en el teatro Principal, bajo la dirección del Sr. León, ejecutando piececitas que son muy aplaudidas por el público» (El Liberal, 18/07/1896).
Sobre la actuación de la banda de música, Adolfo Yáñez recoge la anécdota de que «en cierta ocasión, la orquesta de nuestro municipio hacía sonar sin demasiada brillantez algunas piezas musicales frente al lugar que él habitaba. El ruido que le llegaba era ensordecedor, pues el templete de los esforzados intérpretes se hallaba a escasos metros de los veinte balcones que, desde el domicilio familiar, se abrían a la plaza. Alguien de su entorno le preguntó si «aquello» le gustaba. Él, sin dejar de leer la prensa, respondió. «Calla e intenta disfrutar. Al año que viene lo harán peor”» (Revista cultural, 43/2003).
Tal y como nos lo cuenta Gabriel R. España, «Sagasta de ordinario habla poco: no mantiene diálogos animados; deja que conversen sus contertulios, mira con fijeza al que lleva la voz, y escucha benévolamente cuanto dice, aunque diga los mayores desatinos o exponga las opiniones más contrarias a su manera de ser. Esta calma, sostenida largo tiempo, hace pensar con frecuencia sí realmente escucha o sólo aparenta hacerlo, mientras su pensamiento se entrega a discurrir en asuntos propios, y es de creer que muchas veces suceda lo segundo por el siguiente episodio que nos ha referido el reputado médico y literato, doctor D. Ángel Pulido Fernández», y quien años más tarde fue senador:
«En cierta ocasión le estaba dando una jaqueca un insoportable charlatán, y creyendo D. Pablo Cruz, su discreto secretario particular, que ya se propasaba mucho más de lo conveniente el discursante alentado por la resignada complacencia que hallaba, le dijo: —No siga usted, porque es inútil; no le oye. — ¡Cómo! — exclamó sorprendido el impertinente hablador. —Si, mírele usted bien, y verá que no le escucha; está aislado. Exacto o no este episodio, añadía el doctor Pulido, seguro es que Sagasta se aísla muchas veces cuando tiene delante habladores incansables que le fastidian con sus tontas relaciones» (La Ilustración Española, 22/09/1897).
Estamos en el verano de 1897 y Sagasta, fiel a sus costumbres, disfruta de la vida apacible de Ávila. La crónica de estos días nos la cuenta el periodista y diputado José Gutiérrez Abascal (Kasabal): «Donde más tranquilidad reina este verano es en la histórica ciudad de Ávila, la de los Caballeros.
En el recinto que cierran aquellas fuerte murallas, testigos de tan importantísimos sucesos, a la grata sombra de aquellos blasonados palacios, donde vivieron infanzones de poder y prestigio, y de aquello humildes conventos que ha hecho célebres la gran figura de la insigne doctora de la Iglesia, que escribió en ellos sus rústicas y admirables obras, pasa tranquilamente los meses del estío el jefe ilustre del partido liberal, al que vuelven con ansiedad los ojos en estos difíciles momentos…
De seguro que si al Sr. Sagasta se le dejara seguir sus aficiones preferiría la apacible vida que hace ahora en Ávila a la que le espera en los salones de la presidencia del Consejo de Ministros y el famoso banco azul de nuestro Parlamento. Pero no hay nada que más contraríe las inclinaciones de los hombres que la política» (La Ilustración Ibérica, 4/10/1897).
También los paseos vespertinos alimentan el espíritu de Sagasta, tal y como deducimos de la reseña de Kasabal: «Se levanta temprano para purificar sus pulmones con las refrigerantes brisas matinales, y duerme la siesta, que es el mejor de los tónicos para los excitados nervios… Después de la siesta el higiénico paseo, sin apresuramientos ni pereza, no por el arenado sendero de artificial jardín, sino por la vereda alfombrada de plantas olorosas que conduce a la cristalina fuente que brota a la sombra de frondosos árboles, o a la empinada loma, a la que llegan sin obstáculo los aires sanos que orean y purifican el ambiente. Allí se espera el toque melancólico de la campana que dice al hombre que ha desaparecido un día más de su agitada vida y que evoca la grata memoria de los seres queridos que se fueron para no volver; y cuando el sol ya ha descendido hacia el ocaso se regresa al hogar querido, al mismo tiempo que el labrador que vuelve de su trabajo, y se encienden las luces que han de alumbrar la velada, que será breve, pues no sorprenderán las once fuera del lecho» (La Ilustración Ibérica, 4/10/1897).
Entre otras de las numerosas anécdotas que se cuentan de Sagasta en Ávila, el periodista escritor y político, Teodoro Baró y Sureda, reseña en La Ilustración Artística del 18 de octubre de 1897 alguna de ellas: «Una noche de verano se apeó en Avila del expreso en que iba para San Sebastián, y al bajar del vagón para saludar a los amigos, puso justo el pie en falso y cayó, aunque de pie, entre el estribo y el andén. En otra ocasión, paseando con unos bañistas por una carretera, se vieron acometidos por una vaca brava, y su sangre fría evitó el peligro. Y cuando ocurrió la sorpresa del castillo de San Julián de Cartagena, Sánchez Pastor, subsecretario de Gobernación, fue a darle la noticia, y como estaba acostado hubo que despertarle. Al enterarse exclamó: ¡Qué país!»
Otra vez, «siendo presidente del Consejo se le ve en Avila gustando del bienestar que halla al sentarse solo en la galería de su casa para contemplar el Guadarrama. Una mañana notó que los pollos que había en el huerto no tenían comida, y avisó para que se la dieran. Bajaron una gran cazuela en la que todos los pollos pudieron meter a la vez el pico y saciarse, y un amigo le dijo: – ¡Lástima que no tenga usted para el partido una cazuela tan grande como para los pollos, porque si todos comieran no habría disgustados!» (La Ilustración Artística, 18/10/1897).
Siguiendo de nuevo a Gabriel R. España en el reportaje que publicó en la revista Blanco y Negro del 2 de septiembre de 1899, sabemos que «la vida que hace Sagasta durante el verano abulense «es reposada, de beatífica tranquilidad. Se ha propuesto no pensar en nada serio, grave, que le preocupe, y lo ha conseguido». Como ejemplo de aquella desconexión del mundanal ruido político el periodista añade: «Contemplaba asomado al mirador de su casa a un infeliz pordiosero que valíase para andar de dos muletas.
Un amigo y devoto correligionario, observando aquella actitud serena, pensativa y cavilosa del jefe, exclamó como queriendo halagar su amor propio. -¡Lo que estará discurriendo ahora D. Práxedes! Daría cualquier cosa por saberlo. Después de breve pausa, explicó el mismo Sagasta la profundidad de sus meditaciones. -Estoy calculando, dijo, el número de cojos que habrá en Ávila» (BN, 2/09/1899).
En otro momento, «la familiaridad con que Sagasta a todos recibe y trata, proporciónale simpatías entre los números veraneante de Santa Teresa. Se había formado un corro alrededor de una de esas básculas automáticas que pesan echando una moneda de diez céntimos. -D. Práxedes, ahora le toca a usted. -No, de ninguna manera. Como estoy tan delgado y hay por aquí periodistas, van a decir en seguida, y con razón que soy hombre de poco peso (BN, 2/09/1899).
En 1900, como es habitual, el jefe del partido liberal veranea en Ávila, anunciándose así el viaje desde Madrid: «Hoy ha salido para Ávila el jefe del partido liberal, Sr. Sagasta, acompañado de su distinguida familia, habiendo sido objeto de una afectuosa y cariñosa despedida por parte de numerosos amigos y correligionarios» (DAV, 14/07/1900). Días después, la prensa reseña su fiesta de su cumpleaños, la cual celebra en Ávila, y que «con tal motivo, ayer por la noche se le obsequió con una serenata» (DAV, 21/07/1900).
En esas fechas, había llegado a Ávila «huyendo del calor y de las indiscreciones políticas, el respetable jefe de los liberales, quien se ha refugiado en ciudad de las murallas, en Ávila de los Caballeros. En el Mercado grande se alza la magnífica casa propiedad del Sr. Sagasta, en la cual habita, rodeado de su familia y de media docena de amigos íntimos. -¡Esta es otra vida!­ dice’ don Práxedes. -Aquí no sufrimos el bochorno que en la Corte ‘nos agobia; las noticias llegan más tranquilas y las discusiones no son apasionadas».
«En efecto, el Sr. Sagasta disfruta en aquel retiro de un plácido sosiego muy en armonía, con su carácter», y es que «la vida que hace en Ávila el expresidente del Consejo, es metódica y saludable para la materia. Todas las tardes sale de Paseo con el Sr. Merino (su yerno) o con algunos amigos y se dirige hacia los campos de la Palenciana». «También visita con frecuencia el balneario de Santa Teresa, en el cual se hospeda generalmente la numerosa colonia madrileña» (Nuevo Mundo, 25/07/1900). Sin embargo, ese sosiego’ se vio alterado el 21 de julio de 1900 con motivo de su santo.
El día de la onomástica, centenares de cartas y telegramas llegaron a Ávila saludando al ilustre hombre público, y numerosos, amigos se presentaron a reiterarle su adhesión. «Uno de éstos no pudo contener su curiosidad, y le preguntó: – ¿Ha leído usted don Práxedes el artículo que El Heraldo le dedicó el día de su viaje? Y Sagasta parece que contestó sonriéndose: -Sí, por cierto; lo he leído con gusto… Está muy bien hecho e inspirado en patrióticos sentimientos. En su día mostraremos al país que el partido liberal se halla unido y animado de espíritu reformista».
Después, «durante la hora de la tertulia, los amigos del Sr. Sagasta comentan los telegramas que se reciben en Ávila, con las noticias del día. En la actualidad los gravísimos sucesos de China, son objeto de atención, y el Sr. Sagasta se duele de aquellas carnicerías que han de provocar un trastorno que tal vez alcance a toda Europa» (N.M., 25/07/1900).
Finalmente, cuenta el escritor y farmacéutico de Navaluenga, José Luis Urreiztieta Bacigalupe, que «Sagasta en algunas ocasiones asistió a la tertulia que se celebraba en la botica del licenciado Lapuente, sita bajo los soportales del Mercado Grande… Esta era una tertulia conservadora, pese a lo cual asistía Sagasta con entera libertad, pues sabía que sus componentes eran personas de sólida formación y estaban dotados de una gran tolerancia.
Durante el verano se sumaban a las tertulias algunos veraneantes de relieve, como el poeta Antonio Grilo y el Sr. Cavestany. Mi amigo y compañero Lapuente, me cuenta que… cuando asistía el jefe liberal, escuchaba a todos con complacencia o por el contario mostraba su disconformidad sin cortapisas, pero, al parecer con los que se mostraba su disconformidad inflexible era con ciertos recitales poéticos, si estos se prolongaban excesivamente» (DAV, 2/03/1976).

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