ENCUENTROS EN ÁVILA CON PRÁXEDES MATEO SAGASTA, EL ESTADISTA DE LA REVOLUCIÓN LIBERAL (y V)
Mar 16 2026

POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.

Como colofón a la serie que hemos dedicado a la figura de Práxedes Mateo Sagasta y su estrecha

vinculación con la ciudad de Ávila, nos ocupamos en esta última entrega de la imagen que trascendió de su presencia en la ciudad y del recuerdo recogido en un álbum de la misma con el que fue obsequiado por su amigo Rafael de Sierra. Así mismo, se completa nuestro relato con una breve semblanza biográfica de uno de los personajes más relevantes de la segunda mitad del siglo XIX, el cual tuvo en Ávila su «locus standi», o lugar desde el que asomarse al mundo e interpretarlo, como diría Jorge Sanyana, filósofo y escritor abulense de criazón.
IMAGEN Y SOCIEDAD.
La presencia de Sagasta y su familia en Ávila alcanzó en su época una inusitada proyección pública, lo que convirtió a la ciudad en frecuente referencia cuya imagen servía para ilustrar artículos y reportajes sobre el Jefe del partido liberal o el Presidente del Consejo de Ministros. Así, vemos a Sagasta retratado en su casa del Mercado Grande, en el balneario de Santa Teresa y en la dehesa de Palenciana. Y entre los fotógrafos que se ocuparon de ello figuran los profesionales Christian Franzen y Manuel Asenjo, y los ‘amateurs’ Francisco Atard y Rafael de Sierra Valenzuela.
A dichas imágenes de sociedad se suma el hermoso álbum que formó Rafael de Sierra Valenzuela con el título «A Don Práxedes M. Sagasta. Álbum de fotografía de Ávila. Recuerdo de Rafael de Sierra», formado por 37 retratos de la ciudad monumental. Con todo, este conjunto de imágenes que testimoniaron la estancia de Sagasta en Ávila y aquellas que fijaron en su memoria el esplendor medieval y renacentista de la ciudad compone un curioso y atractivo porfolio.
En un primer momento, nos detenemos en el reportaje que hizo el danés Christian Franzen y Nisser (1864-1923), rey de fotógrafos, cronista gráfico de la alta sociedad y reportero de las más importantes revistas ilustradas de la época. Él retrató “Ávila la casa”, la casa de España que estuvo en Ávila convertida en sede estival de gobierno cuando aquí, en la plaza del Mercado Grande, vivía Práxedes Mateo Sagasta. Y es que «Sagasta en Ávila es Sagasta en Madrid, es el Sagasta de todas partes», dice la crónica ilustrada con fotografías de la casa abulense y sus ocupantes en ambiente familiar.
El amplio reportaje fotográfico realizado entonces por Franzen de la casa abulense de Sagasta y su familia, formada por su hija Esperanza, su yerno Fernando Merino y su nieto Carlitos, faltando la esposa Ángela Vidal que acababa de fallecer meses antes, sirvió para ilustrar el artículo de Gabriel Ricardo España publicado en La Ilustración Española y Americana del 22 de septiembre de 1897.
De aquella visita a Ávila se conservan en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares cinco retratos del reportero Franzen: Uno de medio cuerpo de Sagasta; otro de Sagasta asomado a la galería que mira al Valle Amblés; otro de Sagasta examinando la correspondencia en el comedor habilitado como despacho improvisado; otro en el recibidor de la casa en el que posan Sagasta, su yerno, su nieto y el perro de la familia bajo el retrato de la esposa Ángela Vidal; y otro de Sagasta, el yerno Fernando Merino, la hija Esperanza y el nieto Carlitos en el patio de la casa frente a un gallinero sobre el que vuela un parra. A ellas sumamos una instantánea más del nieto Carlitos en un caballo de cartón.
Tal fue el éxito del reportaje de Franzen, que las fotografías tomadas en Ávila fueron después reproducidas con gran difusión en las revistas ilustradas de la época. Así, la imagen de Sagasta en el comedor de su casa abulense ocupa toda la portada de La Ilustración Española y Americana del 22/09/1897, insertada también en El Gráfico del 29/06/1904; el retrato del nieto Carlitos fue publicado en la revista Blanco y Negro del 4/11/1897; la imagen de Sagasta en la galería frente al Amblés también ilustró el diario ABC del 8/01/1901; y el magnífico retrato de medio cuerpo apareció en La Ilustración Española el 8/01/1903 y en Blanco y Negro el 17/01/1903. Por lo demás, todas las fotos del reportaje abulense fueron publicadas en las revistas Por esos mundos (1/01/1902) y Nuevo Mundo (10/01/1903).
La importancia para Ávila de tal difusión radica en la promoción de la ciudad como lugar de referencia en la vida de Sagasta, lo que se produjo a través de las revistas reseñadas que editaban cientos de miles ejemplares, llegando casi al millón la suma de todas ellas.
Así, como reportero gráfico de sociedad, con ribetes cortesanos, políticos y culturales, las fotografías y reportajes de Franzen se publican en las revistas ilustradas de la época, lo que demuestra una frenética e intensa actividad que le llevó a fotografiar a los ocupantes del Palacio real y de las casas señoriales y palaciegas madrileñas en las que posan con las mejores galas.
Cuando Franzen retrata a Sagasta en Ávila ya es un fotógrafo profesional consagrado y en estas fechas se anuncia con el siguiente reclamo de su estudio madrileño sito en la calle Príncipe 11, donde trabajan una docena de colaboradores y auxiliares: «Franzen: Fotografía artística, ampliaciones, pinturas al óleo y acuarela, platinotipia, esmaltes, fotografía sobre madera y metal, retratos y grupos artísticos, instantáneas de niños, especialidad en fotografías e interiores de noche».
Entre las numerosas celebridades que retrató Franzen en los salones de Madrid, encontramos algunos nombres aristocráticos relacionados con Ávila donde sus linajes tuvieron propiedades, como son el marqués de Cerralbo, los duques de Valencia, el marqués de Navamorcuende, la duquesa de Montellano, los marqueses de la Romana y los duques de la Conquista (Los salones de Madrid, Montecristo, 1898). A ellos sumamos una larga lista de dirigentes políticos y cargos públicos, en la que cabe citar a Francisco Silvela (1843-1905), quien fue diputado por Ávila, ministro y presidente del Consejo de Ministros (Blanco y Negro, 3/06/1905).
Otro fotógrafo que retrató los hábitos de Sagasta en Ávila fue Manuel Asenjo, fotógrafo del diario ABC y de la revista Blanco y Negro, quien lo hizo de la estancia de don Práxedes en el Balneario de Santa Teresa en Martiherrero. El reportaje de cuatro fotografías sirvió para ilustrar el artículo de Gabriel Ricardo España sobre la vida apacible de Sagasta en Ávila, captando entonces el recibimiento afable de que es objeto cada tarde en el balneario, donde todos los agüistas le saludan y acompañan en escenas que llevan por título: «Llegada al balneario», «Paseando el agua», «Grupo de familia» y «Despedida para Ávila» (Blanco y Negro, 9/09/1899).
Por otra parte, la prensa gráfica también se hizo eco de los reportajes del ‘amateur’ Francisco Atard, un funcionario del Gobierno civil que retrató a Sagasta en el patio de su casa y junto al antiguo diputado Eduardo Gómez Sigura, el doctor Llenderozas y el diputado a Cortes por Ávila Nicolás Sánchez-Albornoz Hurtado, imágenes publicadas en la revista Nuevo Mundo” del 27 de agosto de1896. Y lo mismo ocurrió con la foto de la casa de Sagasta en Ávila y el retrato que le hizo el aficionado Rafael de Sierra en la dehesa de Palenciana, imágenes publicadas en Nuevo Mundo el 25/07/1900, y que también reprodujo Blanco y Negro el 17/01/1903.
ÁLBUM DE ÁVILA.
Fijar la ciudad en imágenes y obsequiar las mismas al Presidente de Gobierno, quien veraneaba y tenía casa en la plaza del Mercado Grande de Ávila, fue una forma de ofrecer esta tierra al resto de España. Y esto fue lo que debió pensar el fotógrafo “amateur” Rafael de Sierra Valenzuela (Adra-Almería, 1847 – Alija del Infantado. León, 1929), cuando confeccionó el álbum que ya referimos titulado «A Don Práxedes M. Sagasta. Álbum de fotografías de Ávila. Recuerdo de Rafael de Sierra», formado por treinta y siete vistas de la ciudad monumental.
Entre las fotografías figuran los siguientes títulos: 1) Monumento de Santa Teresa en la Plaza del Alcázar. 2) Vista panorámica de la población y de los Cuatro Postes. 3) Vista desde donde se abarca mayor extensión de muralla. 4) Iglesia de San Segundo. La primera que se construyó en Ávila. 5) Fachada de la Casa del Conde de Polentinos donde está instalada la Academia de Administración Militar. 6) Patio central de la Academia.
7) Iglesia de San Vicente. Pórtico. 😎 Iglesia de San Vicente. Ábside y Pórtico. 9) Iglesia de San Vicente. Pórtico y un trozo de la fachada principal. 10) Iglesia de San Vicente. Puerta principal. 11) Catedral. Fachada y Puerta principal. 12) Catedral. Patio del Claustro. 13) Catedral. Fachada y Puerta lateral. 14) Iglesia de San Pedro. Fachada y Puerta principal. Y 15) Iglesia de San Pedro. Puerta lateral.
Y siguen:
16) Espadaña sobre el muro de la Cárcel. 17) Iglesia de Santa Teresa. 18) Paseo central de San Antonio. 19) Casa de los Marqueses de la laguna. Hoy Audiencia provincial. 20) Casa de los Marqueses de la laguna y Puerta de la Audiencia provincial. 21) Torreón de Oñate y casa de los Condes de Superunda. 22) Casa antigua de Cerralbo, hoy de las Siervas de Mª y Torreón de Oñate. 23) Casa y torreón de la Viuda de Aboín. 24) Torre e Iglesia de San Martín. 25) Puerta de Rastro y Mirador de la Casa del Duque de Abrantes extramuros. 26) Casa del Duque de Abrantes y Puerta del Rastro, intramuros.
27) Puerta del derruido Hospital de Santa Escolástica, tomada de frente. 28) Puerta del derruido Hospital de Santa Escolástica, tomada de costado. 29) Derruida Iglesia de San Francisco. Ábside. 30) Puerta del Alcázar y Castillo y Cubo del mismo nombre. 31) Muralla. Cortina de poniente y Puerta del Espejo. 32) Muralla medio día y Puente sobre el Río Adaja. 33) Muralla. Castillo de San Segundo. 34) Muralla. Castillos y Puerta de San Vicente. 35) Muralla. Grupos de Castillos de Poniente y Mediodía. 36) Muralla. Castillos y Puerta del Alcázar. Y 37) Muralla grupos de Castillos en la cortina del Mediodía.
A la vista de las fotografías incluidas en el citado álbum, el territorio histórico compuesto por Rafael de Sierra con especial sensibilidad artística comprobamos que en él se incluyen varias panorámicas de la ciudad amurallada tomadas desde los Cuatro Postes y el Cerro de San Mateo, los lienzos norte y sur, poniente y mediodía de la muralla, las puertas del Alcázar, del Rastro y de San Vicente, la plaza del Mercado Grande y La Palomilla, las fachadas y claustro de la catedral, las iglesias de San Vicente, de San Pedro, de Santa Teresa y de San Francisco, las ermitas de San Segundo y de San Martín, la portada del antiguo hospital de Santa Escolástica, el paseo de San Antonio, y los palacios renacentistas de los nobles La Laguna (Audiencia Provincial), Polentinos (Academia de Administración Militar), Oñate, Superunda, Cerralbo (Casa de las Siervas de María), Aboín y Abrantes.
Por otro lado, varias de las fotografías incluidas en el citado álbum también sirvieron en 1896 para ilustrar publicaciones locales de la época, como el Estudio Histórico de Ávila y su territorio, de Enrique Ballesteros, la Guía de Ávila, de Antonio Blázquez y Delgado Aguilera, y el número extraordinario de El Eco de la Verdad dedicado a Santa Teresa el 15 de octubre. Igual que algunas otras vistas, como las ruinas de Iglesia de San Francisco y la portada del antiguo hospital de Santa Escolástica, se incluyeron en la guía Monumentos de Ávila. Guía para visitar la Ciudad de Ávila, publicada en 1900 por Fabriciano Romanillos y Fernando Cid con la colaboración artística del también fotógrafo aficionado Ángel Redondo de Zúñiga.
Corría el año 1896, y el jefe de las filas liberales esperaba en Ávila su turno para asumir de nuevo la presidencia del Consejo de Ministros, cuando su amigo Rafael de Sierra, quien pasaba por una etapa de cesantía como alto funcionario a su regreso de Filipinas, se aficionó a la práctica fotográfica, siendo el álbum dedicado a Sagasta el mejor testimonio de esta singular actividad.
Rafael de Sierra recorrió Ávila en tiempos de cesantía como funcionario militante en el partido liberal, momentos que aprovechaba para dedicarse a su afición por la fotografía. Sagasta fue su principal mentor en su carrera como alto funcionario, y también fue uno de sus asiduos compañeros de ocio, como prueban varios retratos del político y su familia que Sierra le hizo en Ávila cuando se acercaba desde Madrid, donde residía después de abandonar en 1893 el cargo de gobernador civil en Filipinas por una enfermedad tropical. En 1902, Rafael de Sierra se establece en Ávila al ser nombrado Delegado de Hacienda, cargo en el que permaneció hasta su traslado a Santander el 15 de septiembre del año siguiente.
En cuanto a la carrera administrativa de Rafael de Sierra, ésta se inicia en julio de 1869 en el Gobierno Civil de Sevilla, donde fue distinguido con la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia, de aquí pasó por los de Palma de Mallorca y Almería en calidad de oficial, luego, en 1881 es nombrado subgobernador de Marchena (Sevilla), dos años más tarde ocupa la secretaría del Gobierno Civil y en el mismo puesto en La Coruña y Málaga.
En 1888, siendo interventor de Hacienda de Navarra, es nombrado gobernador civil de las provincias filipinas de Tayabas y Camarines del Sur y de La Laguna, puesto en el que cesa a finales de septiembre de 1893 debido a una grave enfermedad.
Después de varios años de residencia en Madrid sin destino, época en la que frecuenta Ávila, pasa a ocupar la jefatura de negociado del Ministerio de la Gobernación en 1899, y a partir de 1900 es nombrado, sucesivamente, delegado de la Junta de Obras del Puerto de Sevilla, gobernador civil de Huesca, delegado de Hacienda en Ávila, Santander, Cuenca y Orense, y delegado del Gobierno en la Junta de Obras del puerto de Ceuta.
En 1911, Rafael de Sierra da por finalizada su carrera administrativa, después de contraer matrimonio con la rica heredera Adelina Gómez (1850-1922), con quien comparte el “título” de señores de Ozaniego (Alija del Infantado –León) donde dejó su impronta en obras de beneficencia y en bellas fotografías de escenas campestres y retratos familiares, lo que ha publicado Antonio López Romero en el libro titulado ‘Rafael Sierra Valenzuela y Adelina Gómez Villaboa, de Adra hasta Alija del Infantado pasando por Filipinas’ (2014).
SEMBLANZA ‘IN MEMORIAM’.
A raíz de la muerte de Sagasta, la prensa se prodigó en reportajes y artículos que reconstruían su biografía, todos ellos ilustrados con las fotografías y retratos de su presencia en Ávila, tal y como ya hemos reseñado, lo que ahora nos lleva a acercarnos brevemente al personaje y su faceta pública como gobernante con el fin de contextualizar todo cuanto hemos escrito y engrandecer así su raigambre abulense.
Así, adentrados en su biografía, diremos que Práxedes Mateo Sagasta fue Ingeniero de caminos, canales y puertos y jefe del Partido Liberal-Progresita, y que a lo largo de su larga carrera política de medio siglo fue diputado a Cortes desde 1854, ocupó las carteras ministeriales de Gobernación, de Fomento y de Estado, y desempeñó la presidencia del Consejo de Ministros en siete legislaturas discontinuas sumando unos trece años en el cargo, la primera vez con Amadeo de Saboya y la última con Alfonso XIII, turnándose, principalmente, con Cánovas. Con todo, en su personalidad se agolpan las tres grandes corrientes que marcaron su tiempo: la fe en la técnica, el impulso romántico y el liberalismo progresista.
Como hemos podido comprobar, Sagasta fue una de las figuras capitales de la España del siglo XIX, un político cuya trayectoria atravesó revoluciones, guerras civiles, cambios dinásticos y el traumático final del Imperio. Nació el 21 de julio de 1825 en Torrecilla de Cameros (Rioja), donde su padre estaba desterrado por su participación en el Trienio Liberal. En 1830, gracias a la amnistía otorgada con motivo de la boda de Fernando VII, la familia, Mateo Sagasta, dedicada a la actividad comercial, volvió a establecerse en Logroño, capital de La Rioja.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, que cursaron estudios de Derecho como antesala de la carrera política, Sagasta optó por la formación técnica. Se graduó en la Escuela de Ingenieros de Caminos, donde coincidió con quien más tarde sería el célebre dramaturgo y premio Nobel José Echegaray. En 1849 concluyó la carrera como número uno de una promoción de apenas ocho alumnos, un dato que revela tanto su talento como la exigencia de aquellos estudios.
Su primera etapa profesional estuvo marcada por una intensa actividad como ingeniero. Destinado a Zamora, impulsó proyectos de infraestructuras que resultaban estratégicos para el desarrollo regional. Dirigió la construcción de carreteras que enlazaban la capital zamorana con Salamanca y Valladolid, y abordó los tramos más complejos de la vía que conectaba las comarcas zamoranas con el puerto de Vigo, alternativa clave para la salida de trigos y harinas que hasta entonces se exportaban principalmente por Santander.
Así mismo, Sagasta participó en el diseño e inicio del ferrocarril de Valladolid a Burgos, pieza fundamental de la futura línea del Norte, uno de los grandes ejes ferroviarios españoles. En 1853 ascendió a ingeniero primero del Cuerpo, con un sueldo anual de 12.000 reales, confirmando una carrera técnica que parecía destinada a consolidarse.
Por otro lado, en este tiempo, su vida privada vivió entonces un episodio que añadió un matiz romántico a su biografía. Sagasta mantuvo una relación con Ángela Vidal Herrera, casada contra su voluntad con el comandante Nicolás Abad. La joven abandonó a su marido para unirse al ingeniero, lo que provocó un notable escándalo en la sociedad zamorana.
La pareja hubo de alejarse temporalmente, mientras el esposo, lejos de buscar represalias, optó por apartarse discretamente. Sagasta y Ángela formaron un hogar sólido y estable, aunque no pudieron legalizar su unión hasta más de treinta años después, el 18 de febrero de 1885, tras el fallecimiento de Nicolás Abad en Valladolid. Tuvieron dos hijos: José (nac. 1851) y Esperanza (nac. 1875).
También de forma paralela, Sagasta se adentra con creciente intensidad en la política. Desde joven abrazó el progresismo y combatió el monopolio del poder que desde 1843 ejercía el Partido Moderado, lo que le llevó en 1854 a presidir la Junta Revolucionaria en el contexto de la Vicalvarada, pronunciamiento militar comandado por O’Donnell. Ese mismo año obtuvo su primera acta de diputado en Cortes por Zamora.
Su talento oratorio brilló en las Cortes Constituyentes de 1855, donde destacó como uno de los diputados más prometedores de su generación, haciéndolo por ejemplo en la defensa de trazado de la línea del Ferrocarril del Norte por Ávila. Tras la frustración constitucional de 1856 que provocó el cierre de las Cortes se convirtió en una de las voces más firmes de la oposición progresista abanderada por el general Prim, nuevo jefe del Partido Progresista, junto a Olózaga.
En 1857 fue nombrado ingeniero en Toledo, aunque nunca llegó a ocupar la plaza. Prefirió permanecer en Madrid como profesor en la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas y, sobre todo, como periodista combativo en el diario La Iberia, cabecera del progresismo más avanzado que había sido fundado por Calvo Asensio en 1854, del que con el tiempo llegó a ser director y copropietario, convertido en altavoz de las ideas liberales que precedieron a la Revolución de 1868.
Aquellos años consolidaron su perfil de conspirador incansable. Participó en el pronunciamiento del general Prim en Villarejo de Salvanés y en la sublevación del cuartel de San Gil en 1866, llegando incluso a combatir en las barricadas. Fracasada la intentona, fue condenado a muerte y se vio obligado a exiliarse en París. La amenaza del garrote vil no frenó su actividad; en la capital francesa reforzó contactos con otros opositores al régimen isabelino y preparó el terreno para el cambio político que se avecinaba.
Bajo el liderazgo del general Prim, Sagasta participó activamente en los movimientos que desembocarían en la Revolución de 1868, la llamada “Gloriosa”, que puso fin al reinado de Isabel II, y se convirtió en uno de los lugartenientes de Prim, junto a Ruiz Zorrilla.
El triunfo de la Revolución de 1868, “La Gloriosa”, que provocó el exilio a Isabel II, permitió el regreso de Sagasta.
Su protagonismo fue inmediato: asumió primero el Ministerio de Gobernación y después la cartera de Estado, hasta el asesinato del general Prim, el 27 de diciembre de 1870. Entonces apoyó el proyecto de “democracia coronada” defendido por Prim y plasmado en la Constitución de 1869: soberanía nacional, sufragio universal masculino, libertad de cultos y reconocimiento amplio de derechos individuales. Sin embargo, la decisión de descartar la dinastía histórica y ofrecer la Corona a la Casa de Saboya resultó un movimiento arriesgado.
La llegada al trono de Amadeo I coincidió con el asesinato de Prim en 1870, dejando al nuevo monarca sin su principal sostén político. Sagasta se salvó por escasos minutos del atentado en la madrileña calle del Turco, al abandonar el carruaje antes del ataque. Con la llegada de Amadeo de Saboya al trono, el progresismo se fracturó.
Manuel Ruiz Zorrilla lideró el Partido Radical, mientras Sagasta encabezó el Partido Liberal Democrático, más pragmático en sus planteamientos. El 21 de diciembre de 1871 alcanzó por primera vez la presidencia del Consejo de Ministros y, tras ganar las elecciones en abril de 1872, trató de sostener un régimen asediado por conflictos internos.
La inestabilidad política el momento, unida a la Tercera Guerra Carlista y a la insurrección en Cuba, debilitó el reinado de Amadeo I, que abdicó en 1873, dando paso a la Primera República, durante la cual Sagasta permaneció en un discreto segundo plano, regresando tras el golpe del general Pavía en enero de 1874.
Ese mismo año volvió a presidir el Gobierno. El golpe del general Pavía y el posterior régimen del general Serrano precedieron al pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto, que restauró la monarquía en la persona de Alfonso XII, proyecto largamente preparado por Cánovas del Castillo. Sagasta aceptó integrarse en el nuevo sistema, siempre que pudiera defender los principios de 1869. Así nació el llamado “sistema de turno”, basado en la alternancia pactada entre conservadores y liberales, con Sagasta como jefe indiscutible de estos últimos.
Tras una primera experiencia de gobierno, su liderazgo quedó consolidado dentro del Partido Liberal Fusionista que integró a diversas corrientes liberales y posibilistas. Desde el poder, impulsó reformas clave: libertad de asociación y reunión, reapertura de medios suspendidos, libertad de cátedra e imprenta, reorganización financiera y administrativa.
Su máxima —“No hay orden sin libertad ni libertad sin orden”— sintetizaba un ideario que buscaba estabilidad sin renunciar a avances democráticos. A la muerte de Alfonso XII en 1885, el Pacto de El Pardo entre Cánovas y Sagasta garantizó la estabilidad durante la regencia de María Cristina. Sagasta asumió el poder y protagonizó su etapa más fecunda. El sistema, con claros rasgos caciquiles, proporcionó sin embargo una estabilidad desconocida en décadas anteriores: se liquidaron las guerras carlistas, se afianzó la Constitución de 1876 y se impulsó el desarrollo económico y de infraestructuras.
Entre 1886 y 1890, etapa en la que pasaba temporadas en Ávila, Sagasta impulsó una amplia obra legislativa: la Ley de Asociaciones (1887), la restauración del juicio por jurado (1888), la promulgación del Código Civil (1889) y la implantación definitiva del sufragio universal masculino (1890). Fue la etapa de mayor democratización del régimen de la Restauración.
No obstante, los años siguientes estuvieron marcados por crecientes conflictos: Incremento del movimiento obrero —con la fundación del PSOE en 1879 y la UGT en 1888; terrorismo anarquista en Barcelona, auge de los regionalismos y la cuestión cubana. La negativa a respaldar el proyecto autonomista de Antonio Maura para Cuba se revelaría como un error estratégico. En 1895 dimitió tras tensiones con el estamento militar.
Y tras el asesinato de Cánovas en 1897, Sagasta volvió al poder. Retiró al general Weyler de Cuba y promovió una autonomía amplia para la isla, diseñada por Segismundo Moret. Pero la intervención de Estados Unidos, precipitada por la explosión del acorazado Maine, condujo a la guerra hispano-estadounidense.
Las derrotas navales en Cavite y Santiago de Cuba sellaron el destino colonial. El Tratado de París de 1898 supuso la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Como jefe del Gobierno, Sagasta hubo de asumir la derrota y gestionar el retorno de miles de soldados enfermos y desmoralizados. Muchos cargaron sobre sus espaldas la responsabilidad del desastre, aunque la política colonial había sido compartida por todo el arco parlamentario.
A pesar del impacto del ‘Desastre del 98’, Sagasta regresó al poder en 1901. Su último gobierno intentó recuperar el impulso reformista, con un programa de tono anticlerical y preocupación por la enseñanza. Impulsó medidas de secularización, reforzó la enseñanza pública y trató de delimitar con mayor claridad las relaciones entre Iglesia y Estado. En 1902 se proclamó la mayoría de edad de Alfonso XIII, cerrándose simbólicamente un ciclo político que él mismo había inaugurado dieciséis años antes con el nacimiento del monarca.
En diciembre de ese año abandonó definitivamente la política, y el 5 de enero de 1903 falleció en Madrid a causa de un catarro bronquial. Fue enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres de la Basílica de Atocha y su muerte provocó muestras de pesar en numerosas ciudades.
Más allá de simpatías o discrepancias ideológicas, Sagasta dejó la huella de un político tenaz, capaz de evolucionar desde su carácter revolucionario fogoso al estadista pragmático. Su figura quedó asociada para siempre a la arquitectura política de la Restauración y a una época decisiva de la historia contemporánea de España. Su capacidad de diálogo y su talante conciliador complementaron el perfil doctrinario del conservador Manuel Cánovas del Castillo. Si a este se le admiraba, como escribió Azorín, a Sagasta se le quería.
Finalmente, añadimo que entre las distinciones que le fueron concedidas figuran las de caballero del Toisón de Oro en 1891; miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales desde 1897; Gran Cruz de la Orden Nacional de la Legión de Honor; Gran Cruz de la Orden de Carlos III; Gran Cruz de la Orden de la Torre y la Espada; Gran Cruz de la Orden de la Concepción de Villaviciosa; y Gran Cruz de la Orden de los Santos Mauricio y Lázaro del Santo Sepulcro de Jerusalén.

FUENTE:https://www.facebook.com/jmsanchidrian1234

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