POR LEOCADIO REDONDO ESPINA. CRONISTA OFICIAL DE NAVA (ASTURIAS)
Allá por los primeros sesenta del pasado siglo, los domingos de invierno por la tarde, solíamos la mocedad de Cecea subir en el tren hasta Nava, a donde llegábamos sobre las tres, y luego, desde la estación, bajar y hacer un alto en el bar Florida, por ejemplo, hasta la hora del cine, que empezaba a las cuatro.
Y si a pesar de ser invierno hacía buena tarde, podíamos tomar un poco el sol en la “pasarela del alcalde” -que acercaba a Dominganes-, y desde ella contemplar la corriente del Viao, que, tras asomar bajo el puente de La Cocina, discurría con calma, pasando bajo nosotros, en su trayecto hacia el Cantábrico allá por Ribadesella.
De modo que a las cuatro, con el abrigo o la gabardina doblados sobre el regazo, y sentados cómodamente, con la espalda bien apoyada en el respaldo de la butaca, quedábamos -yo por lo menos-, en disposición de entrar, en cuanto se apagaba la luz, en ese mundo encantado, mágico, luminosos, colorido y poblado de estrellas rutilantes. (Pero no solo, porque, con menos brillo, ahí estaban, por ejemplo, Walter Brennan, el tullido y cascarrabias ayudante de John Wayne que soplaba la armónica en “Rio Bravo”, y figuró en tantas películas, o Thelma Ritter, que lo mismo acompañaba a Kim Novak en “La ventana indiscreta” o a Marilyn en “Vidas rebeldes” que hacía de gruñona e imprescindible gobernanta en las comedias de teléfono blanco, con la colorista y sonriente Doris Day y un apuesto y siempre bien peinado Rock Hudson).
Ya al descanso, sobre las cinco, a uno se le encogía un poco el ánimo al asomarse brevemente al exterior y comprobar el cambio habido en el tiempo, pero esa sensación se olvidaba pronto al reingresar al calorín confortable de la sala, y volver a engancharse en la historia de turno, y a reírse, si tocaba, con las andanzas de Cantinflas, aunque luego te dejaran un regusto amargo, o, ya con seriedad, intentar analizar y comprender el profundo muestrario sobre las debilidades humanas que nos planteaba John Huston en “El tesoro de Sierra Madre”, pongo por caso.
Así que el impacto definitivo surgía cuando, pasadas las seis, y terminada la función, dejábamos la especie de ñerín cálidu y afayaizu que era el salón del Marisina, al que habíamos entrado cuando todavía era de día, y, con la cabeza llena de imágenes, nos encontrábamos de golpe, al salir al exterior, con que era noche cerrada, eso por un lado, y, por otro con que, encima, hacía un frío de los de arrugar el focicu, con el aire cargado de la humedad que propiciaba la cercanía del río. De modo que, de repente, toda la luz, y la magia, y el colorido, y el confort, entraban en colisión con la prosaica realidad.
(Podríamos hablar del profundo invierno con fundamento porque, como los antiguos recordarán, entonces xelaba, y lo hacía a conciencia y a menudo, y xelaes había que duraban varios días. Y casi todos los años nevaba, y a veces más de una vez).
En fin, cosas de otros tiempos, pero la misma cuestión de fondo; la vida como ejercicio permanente de adaptación a las circunstancias.
FUENTE; Publicada en La Nueva España Lunes, 20 enero 2025, página 9.
